A los terroristas se les puede matar

Las informaciones sobre los atentados de Cataluña repiten que se contabilizan 16 muertos. Y tanto los medios de comunicación dominantes como los representantes de las instituciones dan por buena esta cifra. Los cinco hombres abatidos en Cambrils y Younes Abouyaaqoub, el que se suponía que conducía la furgoneta que atropelló a las personas en Las Ramblas de Barcelona, tiroteado por los Mossos d’Esquadra en Subirats a 50 kilómetros de Barcelona, no entran en la cuenta.

No sé si es porque no se consideran muertos o porque no se consideran personas. El relato de los hechos transmitido por los medios de comunicación diríase propio de una película del Oeste. Los malos han vencido a los buenos.

El Mundo escribe: Un único agente de los Mossos d’Esquadra, ya bautizado  como el héroe de Cambrils, logró evitar con su puntería una nueva masacre el jueves como la sucedida pocas horas antes en La Rambla de Barcelona. Él solo abatió con sus disparos a cuatro de los cinco terroristas muertos en Cambrils…  

“El segundo control de los Mossos consiguió cerrar el paso con dos coches patrulla al Audi A3, que volcó en una violenta maniobra y fue a parar al lado el Club Náutico, junto al dique. Los cinco terroristas salieron del vehículo con cuchillos de grandes dimensiones y un hacha, además de supuestos cinturones explosivos que no llevaban carga. Fue entonces cuando iniciaron los ataques con arma blanca a las personas que se encontraban en la zona- una resultó herida en la cara- y fueron tiroteados por un agente de los Mossos. Cuatro de los terroristas murieron en el acto por sus disparos…

“El quinto se dirigió en dirección a la avenida de la Diputación. Fue interceptado frente a un McDonald’s. Alguno de los testigos asegura que se escondió en una marquesina de autobús e intentó fingir que esperaba allí. Al ser descubierto, salió a la carretera, y pese a las reiteradas peticiones de los policías para que tirase el cuchillo y se tumbará boca abajo, hizo caso omiso y trató de acercarse a los agentes, que lo derribaron con varios disparos. Murió poco después”.

Ya está. Los Mossos disparan a matar. En los segundos en que el presunto yihadista salió a la carretera y trató de acercarse a los agentes estos no pudieron apuntar a un lugar de su anatomía que no fuera vital. Tenía como toda arma un cuchillo.

Como nos han informado, los presuntos terroristas esgrimían cuchillos y un hacha, un hacha para los cinco, no una cada uno, y con tan elemental y parco armamento sembraron el terror en Cambrils. La crónica explica que “Había un concierto en directo y todos escaparon como pudieron… la gente se metía en las cocinas por las ventanas, otros pudieron entrar dentro del edificio… apagamos las luces, nos encerramos y cruzamos los dedos para que no entrasen», recuerda una de las camareras. Quienes no pudieron entrar al club corrieron hacia el pub Barlovento…. Allí se llegó a reunir cerca de un centenar de personas. «Venía gente llorando y gritando -describe la tripulante de un barco atracado en los muelles- y les indicamos en qué dirección correr… Ha sido dantesco, el susto de nuestras vidas. Algunos incluso llegaron a escapar a nado antes de que los Mossos los evacuasen en grupos de entre seis y 10 personas”.

Ciertamente los presuntos yihadistas consiguieron aterrorizar a cien ciudadanos con la menor inversión posible: cinco cuchillos, un hacha y un cinturón de explosivos de pega. Claro que el mayor gasto fue el de su propia vida.

Con mucha lucidez Ghanno Gaanimi, la madre de Younes Abouyaaqoub, el posible conductor de la furgoneta del atentado en Barcelona, pidió a su hijo que se entregara porque “es mejor que esté preso a que muera”. El relato de cómo los Mossos abatieron a Younes lo explica perfectamente:

Después de que una vecina y el propio jefe de la comisaría de Vilafranca creyeran haber visto al terrorista merodeando por la zona… se activó el dispositivo de búsqueda y esos dos policías vieron cómo un joven accedía a un camino rural, de piedra, a escasos metros de la puerta principal de la depuradora de Subirats. Arma en mano, se acercaron y le pidieron que se identificara…No dio tiempo a más. El joven se abrió la camisa de manga larga y mostró lo que parecía un chaleco explosivo. Después gritó en árabe: “Alá es grande”. Inmediatamente los dos mossos abrieron fuego contra el individuo. Younes Abouyaaqoub murió en el acto. Con los ojos abiertos. Y el rostro desfigurado por el impacto de las balas. “

Ya se sabe, todo sospechoso de terrorismo, aunque sea de este terrorismo de cuchillos que nos aterroriza a la población europea -que no recibe los bombardeos con drones con que las potencias occidentales obsequian cotidianamente a las poblaciones de Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, causando cientos de muertos- será abatido por la policía en el momento de su captura, disparando a la cabeza, aunque sólo esgrima un chaleco explosivo falso como toda arma. Policía que recibirá toda clase de parabienes por su heroica acción.

En 1976 escribí en Vindicación Feminista un artículo sobre la busca y captura del delincuente apodado el Rubio, perseguido en Canarias por ser sospechoso de haber asesinado a un industrial llamado Eufemiano Fuentes. Entonces, unánimemente, tanto los medios de comunicación como la policía como los gobernantes del momento exigían que se le capturara, vivo o muerto, al estilo del Oeste americano. Titulé mi artículo “A los delincuentes se les puede matar”.  En el acoso a que la policía sometió a la familia llegaron a violar a la hermana, actuación que muchos medios comprendieron arguyendo que también era una delincuente. Y escribí otro artículo que titulé “A las delincuentes se las puede violar”. No obtuve más que un clamoroso desprecio por mi sensiblería.

Todos los que luchamos denodadamente contra la dictadura franquista reclamamos que la democracia aboliera la pena de muerte como se estaba aprobando en toda Europa. Una de las condiciones que se exigen al país que pretenda formar parte de la UE es que haya eliminado ese bárbaro castigo. Y entre las garantías para los acusados se implantaron la presunción de inocencia, los varios recursos judiciales que se pueden plantear contra la primera sentencia, la necesidad de presentar pruebas suficientes para ser condenado, garantías todas que existen en los ordenamientos jurídicos de los países democráticos. O por lo menos así lo dicen.

Ya imagino las encolerizadas respuestas de los fascistas, racistas, xenófobos  e ignorantes habituales contra mi defensa de los terroristas. Porque la población ya habrá decidido que esos hombres abatidos por la policía lo eran y merecían ser ejecutados. Contra ellos no tenemos más información que la que las fuerzas de seguridad nos han proporcionado. Ninguna de las víctimas ni de los testigos presenciales de los atentados han identificado ni al conductor de la camioneta ni a los atacantes de Cambrils. Y por supuesto no se han presentado las pruebas en las sesiones de un juicio, pero todo el mundo los da ya por culpables.

Los demócratas exigimos que se aboliera la pena de muerte incluso cuando el acusado hubiera sido declarado culpable de crímenes terribles – naturalmente a nadie se le ocurría, en el siglo XX, que se pudiera condenar a muerte a persona alguna por otros delitos- y después de un juicio justo con sentencia firme, que suponía varias instancias judiciales.

Lo que no podíamos ni pensar es que el sistema democrático permitiera a las fuerzas de seguridad la ejecución pública de los acusados por meras sospechas, y que además aquellas fueran calificadas de héroes y condecoradas por su meritoria actuación.