Kate Millet, ‘in memoriam’

Kate Millett ha fallecido con 83 años en París el pasado 6 de septiembre, y me ha dejado un poco más huérfana. Kate era, con otras feministas francesas y españolas, la representante estadounidense más conocida del feminismo radical, como ella misma se autodefinía, cuando a finales de los 60 perteneció al grupo llamado New York Radical Women fundado en 1967 por Pam Allem y Shulamith Firestone, otra de las grandes pensadoras estadounidenses materialistas, que con su obra La Dialéctica del Sexo, marcó el camino de un feminismo revolucionario.

Nacida Katherine Murray Millet en Saint Paul, Minnesota, EEUU, el 14 de septiembre de 1934, ha sido escritora, escultora, feminista, activista, profesora. Ideóloga de un feminismo materialista que no se conforma con las banales explicaciones de quienes reclaman únicamente igualdad de derechos entre hombres y mujeres, sin analizar las causas de esta permanente represión de los hombres contra las mujeres, que causa un feminicidio cada 13 segundos en el mundo.

Kate Millet es una autora clave del feminismo contemporáneo. Su obra Política sexual ​causó un enorme escándalo en el mundo universitario estadounidense, que más tarde se expandió por los medios de comunicación al resto del universo feminista, cuando se declaró bisexual. Sus memorias, Flyng, en inglés, que en Vindicación Feminista tradujimos al español con el título de En Pleno Vuelo, describe sin pudores sus relaciones sexuales con su marido japonés y las amantes que sucesivamente enamora.

Pero tanto Política sexual como en Pleno Vuelo, al  igual que sus otras obras sobre la prostitución, el régimen iraní, la crueldad y la represión, de las que no existen traducciones españolas, son mucho más que las confesiones escandalosas de una mujer sexualmente libre. Constituyen el inicio de un corpus teórico feminista que se ha difundido en todo el mundo feminista y que nos ha permitido a sus continuadoras ampliar, profundizar y enriquecer hasta crear una teoría materialista que explica claramente las causas y las raíces de la explotación femenina.

Cuando entrevisté a Kate Millet en 1984, en su estudio de escultura en el Soho neoyorkino, era una mujer madura, sabia, amable y cercana que coincidía totalmente conmigo en que la mujer era una clase explotada en un sistema capitalista y patriarcal. Una de sus definiciones fundamentales: “Todas las formas de desigualdad humana brotaron de la supremacía masculina y de la subordinación de la mujer, es decir, de la política sexual, que cabe considerar como la base histórica de todas las estructuras sociales, políticas y económicas”, era la declaración más trascendental que enlaza con el feminismo europeo que defendemos la definición de la mujer como clase social y económica.

De ella parte la consigna de que lo privado es público y el sexo es político. La frase “El sexo reviste un caracter político que, la mayoría de las veces, suele pasar inadvertido” inició el camino de la investigación de un feminismo materialista que transformó definitivamente los análisis y las investigaciones de las feministas liberales que siguen ancladas en la Ilustración.

Cuando Millet dictamina que “la gran masa de mujeres a lo largo de la historia ha sido confinada en el nivel cultural de la vida animal en la prestación al macho de servicios sexuales y en el ejercicio de las funciones de reproducción y cuidado de los jóvenes”, está describiendo claramente las explotaciones que sufren las mujeres del mundo.

Con una enorme lucidez analizó en pocas palabras las diferencias ideológicas y estratégicas del feminismo estadounidense y el europeo: “Las feministas norteamericanas no somos todas la misma cosa”. “Hay todo tipo de mujeres y de enfoques, pero no gastamos nuestra energía en luchas intestinas. La canalizamos en la lucha por la igualdad de derechos, por el aborto, por el salario igual”. La marca de fábrica del feminismo europeo es la lucha de clases, mucho más marcada en este continente que en América, y que condiciona todos los restantes movimientos, le comenté.”

Ése es, probablemente, uno de sus problemas”, ironiza Kate, “en Europa, naturalmente. En Estados Unidos apenas hay izquierda. Nuestra tradición es muy pobre, apenas se conoce a Marx o las cuestiones de la lucha de clases. La gente, de Reagan para abajo, se pasa la vida mirando las estupideces de la televisión. Esa gente, a quien Reagan ha jodido, despojándola de sus derechos, de sus ayudas económicas, sigue respaldándolo. Y nuestra clase obrera, medida por el criterio europeo, es la más inconsciente y la más confundida del mundo. Así que existe este enorme vacío en la izquierda norteamericana, lo que es una enorme tragedia y un gran fracaso, mientras que en Europa, donde la izquierda está tan bien desarrollada, el feminismo se identifica con la izquierda en gran medida. Pero eso también tiene problemas, puesto que dificulta la difusión y el desarrollo del pensamiento feminista, ya que siempre la izquierda le está diciendo lo que tiene que hacer”.

No se puede clarificar la situación del feminismo en sus relaciones con la izquierda con menos palabras.

Terminó la entrevista con estas palabras de aliento: “Es una verdadera pena que no tengamos un partido feminista en Estados Unidos, donde el movimiento es una fuerza política independiente y poderosa. Me parece estupendo que fundarais vosotras uno. Aquí haría falta primero establecer a las mujeres como clase política. Ésa sería la toma de posición política más fuerte que ninguna otra que conozca en Estados Unidos”.

En eso estamos Kate, ten la seguridad, y descansa en paz en ese Parnaso feminista donde debes filosofar con Hypatia y Safo y Flora Tristán y tantas otras pensadoras y activistas feministas que nos precedieron, que las españolas trabajamos esforzadamente  en hacer grande el Partido Feminista de España, en hacer comprender tanto a la ciudadanía como a los profesionales del pensamiento y de la política, que la vida privada de las mujeres es una cuestión pública, que el sexo es político, que la producción de hijos es una explotación de las mujeres y que solo alcanzando el poder político la mujer como clase con el feminismo como ideología, podremos cambiar este mundo donde el poder patriarcal está siendo el depredador de los seres humanos y del planeta.

Fue muy emocionante y alentadora su declaración: “Como feminista, me siento más optimista que como ciudadana, ya que estoy vinculada a un movimiento internacional. Es consolador el derecho del internacionalismo. Verdaderamente, el nacionalismo es una idea fatal, y en Estados Unidos es una especie de tumor maligno. La internacionalización del feminismo es una gran esperanza para todos, es lo que nos vincula con las mujeres de Nicaragua, de El Salvador, de Francia, de España”. Gracias a Kate, como a tantas otras pensadoras feministas que se separaron tanto de las melifluas teorías liberales de la diferencia y la igualdad como de la rigidez del análisis marxista de la clase proletaria como única en su enfrentamiento con el capital,  para reflexionar con sus propias herramientas del estudio y la experiencia que proporciona ser mujer, hemos podido elaborar una teoría científica sobre el feminismo. Esa que nos permite ahora afirmar que “nos constituimos como partido porque es la fuerza organizada de una clase social. Porque como clase explotada queremos acceder al poder. Porque hoy ya no somos un sexo, ni un género, ni las esposas, ni las amantes ni las compañeras de los hombres, ni las madres de nuestros hijos, ni seres humanos que piden ser iguales a los hombres. Hoy somos una clase en lucha.” Sevilla, 16 septiembre 2017.