Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Malas madres

Laura Baena ha creado un original club que denomina de las malas madres y que ha dado origen a un libro. Laura contaba la otra noche en Radio Nacional que el club, digital, tiene ya 55.000 adeptas. Sorprendente en una sociedad en que la categoría de mala madre supone un baldón de infamia para una mujer. Este libro es la expresión de una parte de las presiones, angustias, remordimientos, sentimientos de culpa, que las mujeres acumulan a lo largo de su carrera profesional de madre. Y a la vez es un síntoma, alentador, de que se están rompiendo los silencios y los miedos que han atenazado durante siglos a las féminas que no se habían atrevido nunca antes a expresar con sinceridad su agobio en este destino biológico que la especializa en la reproducción.

John Stuart Mill, político, filósofo, economista, representante de la escuela económica clásica y teórico del utilitarismo escribió su libro más amado por las feministas De la esclavitud de la mujer, inspirado por su mujer Harriet Taylor que era una feminista convencida, y, como el mismo decía, su mejor amigo. Apasionado defensor de la educación para la mujer y del sufragio femenino, que argumentó en numerosas presentaciones en la cámara de los Comunes, escribió: “Tal como se comporta la sociedad diríase que no hay nada que repugne más a las mujeres que casarse y tener hijos, pero como conviene habrá que obligarlas”. Esta escandalosa declaración quería denunciar el estado de opresión en que se encontraban las mujeres y la exclusión que sufrían de la vida pública y profesional, constreñidas a ser únicamente hembras de reproducción.

Pero la mayoría de los ideólogos y feministas ignora que la mitificación del amor materno se inventa tardíamente. Cuando el capitalismo necesita más fuerza de trabajo para que le proporcione la plus valía necesaria a la acumulación del capital. Hacen falta obreros sanos y fuertes que sobrevivan a las desastrosas condiciones en que se desarrollaba la gestación, parto, nutrición y cría de los niños. Hasta ese momento histórico los niños no eran objeto de la atención y mimos que les prodigamos hoy. En las familias ricas se les amamantaba lejos del hogar, con las amas de cría que los tenían sucios y mal alimentados. En las pobres apenas sobrevivían a la falta de leche de la madre, la falta de higiene, los malos tratos y el trabajo precoz. Era preciso por tanto introducir una ideología, la del amor materno, que indujera a la mujer a cuidar al hijo como el mayor tesoro de su vida para que se redujera a la vez la desorbitada mortalidad infantil.

Y con ello, no solo se conseguía el propósito de controlar la natalidad desbordada de los tiempos precapitalistas y producir generaciones más sanas y más preparadas sino también tener sujetas a las mujeres a los afanes y obligaciones de un cuidado que nunca antes se había exigido. Sobre todo cuando las mujeres estaban ya reclamando la libertad de procrear, de trabajar, de estudiar, de participar en la vida social y con una conducta desprejuiciada y descarada se manifestaban en las calles, se cortaban el pelo y las faldas y tiraban los sombreros. Había que inventar una ideología que aceptando que ya ninguna mujer iba tener catorce hijos, lo que provocaba la muerte prematura de la madre y de la mitad de los niños antes de los cinco años, tampoco abandonaran la sagrada e inevitable función de reproducirse y tuviesen los necesarios bien cuidados. Nada de que se planteen la absoluta libertad para realizar su vida, porque la atención continuada que han de prestarles hoy a sus crías, la obligación de amarlas como a su bien más preciado, las mantiene sujetas a su destino biológico. Si no, ¿cómo se reproduciría la especie?

Lo cierto es que la lucha feminista por controlar la natalidad que ha logrado hasta la legalización del aborto, ha llevado a las sociedades a los niveles de natalidad más bajos de la historia. Porque las mujeres, una vez rotas las puertas de sus cárceles, no quieren volver a ellas. La demografía española está padeciendo las consecuencias de no haber previsto que las mujeres ya nunca más se reproducirían como sus madres y sus abuelas. Con 1,3 niños por mujer adulta no se sustituye la generación anterior, con lo que la población española está descendiendo año por año.

Y como nuestros políticos son tan ineptos nunca previeron las consecuencias de que el Movimiento Feminista ganara la guerra de los anticonceptivos y el aborto, nunca imaginaron que en cuanto les permitieran elegir, la mitad de las mujeres no tendrían más que un hijo  y la otra mitad ninguno. A sus destinatarias ya no parecen influirles los discursos del instinto y del amor materno, y cuando en la edad fértil tienen que elegir entre la maternidad o la carrera, suelen pronunciarse por esta última opción.

Pero el poder tiene que intentar seguir dominándonos. No va a rendirse tan fácilmente. Tiene que seguir inventando y difundiendo sus relatos sobre el instinto materno para culpabilizar a las mujeres que no lo sienten, para tenerlas angustiadas y con remordimientos por no haber querido amamantar a la cría, o haberlo hecho poco tiempo y a disgusto, como relataba Laura en la radio, por no sentirse tan contentas y realizadas limpiando las heces y los mocos del cachorro, por desear ir al cine en vez de aguantar la lata de empujar el columpio de la niña en el parque, por no tener paciencia y darle un cachete a los chicos en momentos de estrés, por no sentirse realizada en esa larguísima, aburrida, despersonalizadora tarea de hembra reproductora.

Con estos razonamientos, que en La Razón Feminista desarrollé mucho más, hace ya treinta años, quiero apoyar a esas madres que además de haber tenido que cumplir con el mandato de reproducirse se sienten mal por no haberlo hecho tan pulcramente, tan entregadamente, tan abnegadamente, como le exige la ideología patriarcal y la moral social. Porque los hijos nunca les agradecerán los sacrificios realizados. Siempre las acusarán de no haber sido suficientemente cariñosas, de no haberles acompañado todas las horas del día, de no haber atendido sus requerimientos, de haberles separado de su padre en el divorcio o por el contrario de haber permitido que se los llevara.

En una época y unas sociedades que disfrutan de tantos beneficios y comodidades, los niños y las niñas se educan en la insatisfacción y la exigencia, los caprichos y la abundancia de todo lo superfluo. Y la madre tiene la obligación de proporcionárselo aún a costa de su propia realización.

Laura Baena se ha atrevido a expresar estos sentimientos con bastante sinceridad, en la recámara quedarán pensamientos y deseos inconfesables, y a publicarlos y a hacer un llamamiento a sus compañeras de desgracia, y en solitario. Es admirable en momentos de una ciudadanía poco valerosa e intoxicada por la posverdad. Y hay que apoyarla, a ella y a las que igualmente se atrevan a salir del encierro en que esta sociedad patriarcal las silenció y quiere mantenerlas. E instar a las demás a que rompan los prejuicios y las tiranías y digan la verdad contra todo relato endulcorado y falso sobre la pasión y emoción que sienten las mujeres por sus hijos. Porque ni las cifras de natalidad lo corroboran ni las víctimas lo viven así.

Si de tal denuncia se hiciera un clamor mayoritario quizá conseguiríamos que nos pagaran por tener hijos y entonces el problema demográfico comenzaría a resolverse.