Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Las manadas nos atacan

Cuando aún no hemos comprendido cómo ha sido posible que los participantes de ese grupo autodenominado La Manada violara de manera tan cruel a su víctima en Pamplona, conocemos otra fechoría semejante cometida por un grupo de muchachos contra una joven en San Bartolomé de Tirajana en Gran Canaria, e inmediatamente otro episodio semejante en Barcelona. Uno de los participantes en la violación de Canarias tiene 14 años. Y cuando fueron detenidos se divirtieron en la comisaría cantando y presumiendo de lo que habían hecho.

Las informaciones que nos llegan de enseñantes y directores de escuelas e institutos alertan sobre la extensión de criterios y conductas machistas entre los adolescentes. Alguna encuesta asegura que el 20% de los muchachos menores de 18 años justifica la violencia del hombre contra la mujer en razón de los celos y deseo de dominación propios del varón.

Se habla de una involución en el feminismo. Se argumenta que el posmodernismo que lo justifica todo, la sociedad líquida de Baumann, la convicción de que ya se ha alcanzado la igualdad entre el hombre y la mujer en nuestra sociedad, la libertad sexual de los jóvenes están conduciendo hacia una regresión en los valores de feministas.

Seguramente alguna de estas causas son ciertas, sin que se hayan realizado investigaciones suficientemente fiables para ser indiscutibles, pero en cambio no se relaciona la tolerancia, cuando no aprobación, de la prostitución y de la pornografía, con el aumento de las violaciones y abusos sexuales, y ese desprecio por la dignidad de la mujer que se muestra en la utilización continua del cuerpo de la mujer en la publicidad y muchos medios de comunicación.

La campaña que la mafia de la prostitución está realizando en Europa, y con gran fuerza en España, para lograr su legalización, ha penetrado de manera permanente en la conciencia social, que no se escandaliza ante  el aumento imparable de los prostituidores. Nuestro país está en el número más alto de clientes de burdeles. Millones de hombres españoles consideran normal utilizar a mujeres, cuyos cuerpos están a su disposición, por un poco de dinero, como si fueran objetos para su placer. La mayoría de las cuales ha sido traficada como si fuera mercancía, secuestrada o engañada y transportada hasta nuestro país como una reedición del tráfico de esclavos que asoló varios continentes durante dos siglos.

Y tenemos políticos en la izquierda que se hacen eco de esa demanda, asegurando con una inconsciencia (¿cinismo?) vergonzosa que las víctimas son trabajadoras del sexo y que deben disfrutar de derechos sociales, puesto que eligen voluntariamente ese trabajo.

A esta corrupción social se añade el auge y difusión de la pornografía. Recuerdo, con tristeza, la campaña que desde el Partido Feminista realizamos en los años 80 contra la legalización de la pornografía, que con gran satisfacción aprobó el Partido socialista. En la que entraba también el llamado porno duro. Ese que consiste en filmar  violaciones, torturas y a veces asesinatos de mujeres. En aquellos años la difusión de la pornografía se hacía en las salas de cine llamadas X, y a través de revistas especiales. Sin que pudiera distinguirse tampoco la fina línea que separa el erotismo de la pornografía en lo que fueron las revistas del destape y por supuesto las incontables escenas de sexo que plagan las películas españolas.

Nosotras invertimos muchas horas de nuestra vida en recoger firmas, hablar, escribir, participar en programas de radio y televisión contra la legalización de la pornografia. Nuestra revista Poder y Libertad publicó el resultado de una pequeña investigación sociológica sobre el tema que dio como resultado la repugnancia que sentían las mujeres ante las películas pornográficas mientras estas eran toleradas o aceptadas por la mayoría de los hombres.

Aquella campaña, como es evidente, dio nulos resultados. La pornografía se ha difundido y asentado y aceptado por nuestra sociedad como uno más de los elementos de diversión, que la mira o la conoce o la ignora con total indiferencia.

Los medios de difusión de los 80 han quedado obsoletos. Los cines X han cerrado y las revistas especializadas me parecen que tienen poca demanda. Todo se distribuye ahora por las redes sociales. Con un éxito fulminante. Las páginas web dedicadas a exhibir la utilización de mujeres por varones rijosos, que las manosean, las penetran, las violan, las humillan, las torturan, como en las mejores descripciones del Marqués de Sade, se multiplican. Y están al alcance de muchachos de pocos años que aprenden el sexo en semejante escuela.

Uno de los violadores menor de edad, detenido últimamente, confesó que el no sabía del sexo más que lo que había visto en la pornografía. La difusión de esta por todas las opciones que ofrece Internet es imparable. Sobre todo porque los adultos no parecen estar preocupados ni vigilantes de que sus niños y adolescentes se formen en esa escuela.

A la liberalidad con que se tolera la prostitución y la difusión sin cortapisas de la pornografía, se une una justicia patriarcal que siempre considera a la mujer desconfiable. Cuando denuncia una violación se la interroga como si estuviese mintiendo. Hay jueces que someten a la denunciante a un examen psicológico antes de tramitar el proceso para averiguar si su relato es cierto. De esa instrucción se deriva una sentencia que justifica la violación de una mujer por vestir mini falda o pantalones ajustados o estar divorciada o hacer autoestop. Si para colmo se pone en libertad a los condenados por abusos sexuales a 9 años de prisión, como ha hecho la Audiencia de Pamplona, con una fianza de 6.000 euros, y a los denunciados de Canarias sin fianza alguna, inmediatamente después de tomarles declaración, se está dando patente de corso a los hombres para violar mujeres.  

En España se denuncia una violación cada 8 horas, lo que no significa que esa sea la cantidad total de ellas, ya que desconocemos cuantas no se denuncian. Y las pandillas de machos que se organizan para acosar y violar muchachas se multiplican. Las manadas nos atacarán cada vez con más frecuencia y con más saña.

¿Cuál es la lección que pueden extraer de estos hechos los adolescentes que han aprendido la sexualidad en la pornografía transmitida por Internet y en  los prostíbulos donde se inician? La que cantaban los detenidos en Canarias, presumiendo de su hazaña, con la seguridad que da esperar un tratamiento amable por parte de los jueces y su próxima libertad.

Si esta es la moral social que se implanta en nuestro país, no tenemos esperanza  de ver crecer generaciones de hombres y mujeres que se respeten, se quieran y vivan en igualdad y fraternidad.