El cuello de Andrés

31 Mar 2016
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Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,

Van por la tenebrosa vía de los juzgados:

Buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,

Lo absorben, se lo tragan.

(“Las cárceles” El hombre acecha. Miguel Hernández)

 

Esta semana se cumplieron 74 años de la muerte de Miguel Hernández en la prisión de Alicante, donde compartió celda con Buero Vallejo, y murió de tuberculosis en la enfermería del funesto presidio. Cuentan que no se le podían cerrar los ojos. A mi venerado desde pequeña Miguel Hernández le encarcelaron por rojo, por comunista y no fue hasta 2007 que su pena quedara en entredicho por la Ley de Memoria Histórica del gobierno de Zapatero. La familia quiso que se revisara su condena en 2011 pero la sala de lo militar del Tribunal Supremo no aceptó el recurso por considerar que la Ley ya lo había borrado todo. Todo menos su muerte, su encarcelamiento ilegítimo e injusto que no ilegal según el “orden” de la represión franquista que lo encarceló. Lo borraron todo menos su mirada de ojos abiertos hasta después de la muerte.

 

Carne de yugo ha nacido

más humillado que bello,

con el cuello perseguido

por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,

a los golpes destinado,

de una tierra descontenta

y un insatisfecho arado.

(…)

Empieza a sentir, y siente

la vida como una guerra

y a dar fatigosamente

en los huesos de la tierra.

(…)

¿Quién salvará a este chiquillo

menor que un grano de avena?

¿De dónde saldrá el martillo

verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón

de los hombres jornaleros,

que antes de ser hombres son

y han sido niños yunteros.

(“El niño Yuntero”. Viento del pueblo. Miguel Hernández)

 

Andrés Bódalo Pastrana nació en 1973 en una cueva en Jódar (Jaén) el pueblo con más cartillas agrarias de Andalucía, con más jornaleras y jornaleros. Era el octavo de diez hermanos. Su padre era ‘marchenero’ y andaba de  pueblo en pueblo por las provincias de Jaén y Granada con un borrico y una bicicleta con una piedra de afilar, un colchón, una manta y la prole.

Cuando llegaba la temporada de la aceituna todos buscaban patrón. Cuando tenía 10 años Andrés empezó a trabajar en una cuadrilla. Desde entonces hasta hoy su vida ha estado atada a la tierra. Allí fue donde Andrés se hizo sindicalista. Sindicalista en uno de los oficios más duros de este país. No en vano hubo un tiempo en que pensamos que era cosa de inmigrantes procedentes de países empobrecidos, que no volveríamos a tener que ganarnos la vida en la penosa precariedad en que tristemente se ganan la vida quienes recogen y siembran nuestros alimentos. Pero ahora el hambre también llegó aquí. Andrés tiene tres hijos y una nieta enferma y todos dependen de su salario. El 51,1% de las niñas y los niños en Andalucía están en riesgo de pobreza y exclusión según Unicef. Hoy. Ahora. Aquí.

¿Por qué me acuerdo de Andrés, hoy encarcelado, cuando releía a Miguel Hernández en el aniversario de su muerte? ¿Por qué un tuit que ha molestado a los bienpensantes y dado gasolina a quienes no han leído a Miguel Hernández en la puñetera vida? Esos que hubieran criminalizado al poeta por rojo y por violento. Esos mismos herederos del régimen que lo asesinó. Todos ellos, rasgándose las vestiduras y ensalzando a un poeta que no conocen, con el que nunca se emocionaron, al que mirarían con desdén desde sus tribunas que se distancian un abismo de la tierra y del arado. Me acordé de Andrés releyendo a Miguel por ese poema: por el niño yuntero, por los esfuerzos enormes de sus amigos, de Neruda, de José María Cossío, del vicario de Orihuela Luis Almancha entre muchos otros intelectuales y amigos para salvarlo de una condena a muerte como cientos de intelectuales, cargos públicos de primer orden y sindicalistas hoy pedían el indulto para Andrés; me acordé de Andrés por Andaluces de Jaén, hecho himno por las gentes del campo andaluz y por acabar en la cárcel y porque, qué quieren que les diga, en los ojos y, sobre todo, en las manos durísimas del jornalero Andrés, yo veo a Andalucía que es mi madre.

Nunca pretendí comparar a las dos personas, son diferentes, pero me molesta sobremanera que el perdón y el respeto le lleguen siempre con 50 años de retraso a quienes en su época fueron denostados, injuriados, encarcelados y asesinados. Me parece una falacia que quienes presumen cada día de anticomunistas se rasguen las vestiduras cuando se nombra a Miguel Hernández “en vano”. Andrés no es Miguel, al que respeto sobremanera y sobre el que pienso que comparaciones postmortem no son justas porque difícilmente son revocables. Hablo de su obra. De las circunstancias que rodearon a su defenestración. De las nanas de la cebolla, de la llamada a que el corazón de los hombres jornaleros, que hoy son más mujeres que hombres, le quite la yunta a los niños yunteros como se la quitaron a Andrés. Hablo del llamamiento a Jaén a levantarse clara y a no ser esclava. Hablo de sangrar, luchar y pervivir para la libertad, con todos los errores que ustedes quieran que seguro los ha habido. ¿Saben ustedes que el mismo día que Andrés Bódalo entraba en la cárcel, otro jiennense, Gaspar Zarrías, declaraba por prevaricación y malversación de fondos públicos en un caso en el que se investigan 1.200 millones de euros malversados de los andaluces y andaluzas? ¿A que no? Yo tampoco lo sabía, me lo contó mi compañera Ana y yo abría los ojos de par en par. ¿Eso no es violencia? Pero ya no es portada.

Discuto a mis compañeros y amigas del SAT que no tengan asesores de comunicación ni una estrategia jurídica clara y eficaz ante el aluvión de multas, criminalización y demandas que llevan a las espaldas y que les llegarán. Manejan un heroísmo y un voluntarismo cristiano que a ratos me desespera por suicida, por ineficaz, por antipragmático. Desempleo, miseria, pobreza infantil, emigración. Lo mejor es esconderse a salvo, hacer discursos que no dicen nada, no arriesgar y ganar siempre.

 

Valientemente se esconden

Gallardamente se escapan

Del campo de los peligros

Estas fugitivas cacas

Que me duelen hace tiempo

en los cojones del alma.

(…)

Solos se quedan los hombres

Al calor de las batallas

Y vosotros, lejos de ella,

Queréis ocultar la infamia

Pero el color de cobardes

No se os irá de la cara.

(“Los cobardes”. Vientos del pueblo. Miguel Hernández.)

 

Gloria por siempre a Miguel y libertad para Andrés.


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