Las secundarias

03 Oct 2010
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En esto de las elecciones primarias que hoy celebra el PSOE, como en casi todo en la vida, cada cual cuenta la película en función de su propia experiencia o del papel con el que se identifica.

Así, José Luis Rodríguez Zapatero, que llegó a la secretaría general del PSOE mediante unas primarias indirectas –fueron los delegados elegidos por los militantes, no los militantes directamente, los que en un congreso decidieron entre cuatro candidatos– es de los que no tienen ninguna duda de que el voto directo y secreto confiere al ganador “una gran fortaleza” como candidato electoral porque los ciudadanos aprecian que lo que a través de este procedimiento se determina en el interior de un partido político es “algo auténtico” y no un apaño de intereses endogámicos.

No es de extrañar que el presidente del Gobierno mantenga este criterio porque fue la legitimidad que le confirió aquel procedimiento de elección, antes que la autoridad dimanante del cargo de secretario general, la que le permitió sobrevivir a las tarascadas de los dirigentes territoriales, que se resistieron cuanto pudieron a un proceso de renovación que pasaba en buena parte por la desaparición del derecho de veto que tras la muerte política del emperador Felipe González se arrogaron sus virreyes.

El bien de la unidad

A otros, que les fue menos bien que a Zapatero, las primarias les parecen una suerte de suicidio colectivo, una absurda concesión a la galería de la democracia formal que sólo contribuye a airear los trapos sucios, arriesgando así de forma innecesaria el capital de la unidad interna, aunque esta sea pura apariencia o fruto del temor a la autoridad ejercida con talante cuartelario. Pero la unidad es un bien de naturaleza superior a los métodos, como bien está demostrando en el PP de Asturias Francisco Álvarez-Cascos, que de esto algo sabe, como sargento mayor que fue de José María Aznar.

Las elecciones primarias no dejan de ser una confrontación y no hay contraste entre seres humanos que no produzca algún tipo de fricción, menos cuando es tan palmario que, aunque sea en familia y de la manera más civilizada posible, se trata de una lucha por el poder, como todo en política –aun en la más noble–. Del ganador dependerá la composición de las listas electorales y si el derrotado es el que hasta ese momento detentaba el poder orgánico, inevitablemente se producirá una convulsión interna porque la alternativa no es otra que una bicefalia competitiva, como se pudo comprobar con Joaquín Almunia y José Borrell. Con todo, sus ventajas superan notablemente a los inconvenientes, algunos de los cuales podrían evitarse introduciendo sencillas modificaciones en su regulación.

Efectos buenos y perversos

El PSOE vivió la fiebre de las primarias cuando, tras el inesperado éxito de Borrell frente a Almunia, a la sazón un diputado de a pie frente al secretario general del partido, el ansia de renovación prendió como la pólvora en todos los niveles de la organización. En 1998 se celebraron primarias para elegir a los candidatos electorales en 43 municipios y ocho comunidades autónomas. Cinco años después de haber incorporado a sus normas internas este procedimiento de selección de candidatos, el PSOE apostaba por “la estabilidad” a la vista de sus efectos perversos cuando se utiliza como un instrumento para ajustar cuentas internas, lo que había ocurrido con profusión. Se endurecieron los requisitos y ya en 2002 se redujo su celebración a 13 municipios y una sola comunidad autónoma.

Pero, aunque los titulares se los llevaran los enfrentamientos fratricidas, aquellos primeros procesos tuvieron más de un efecto saludable. No sólo contribuyeron a una profunda renovación en toda la estructura territorial del PSOE, impulsada de abajo arriba, sino que propiciaron el final de los censos inflados. El redondeo de 400.000 militantes que durante años mantuvo el PSOE como dato oficial se desmoronó como un castillo de naipes cuando en las primarias entre Almunia y Borrell sólo acudieron a votar 207.000, un porcentaje de participación que no resultaba creíble en aquel momento de ebullición interna. El censo oficial de 382.462 militantes se regularizó en 210.000, aplicando como criterio de autenticidad el pago de las cuotas correspondientes. El ajuste, pilotado desde la secretaría de organización por José Blanco, no fue una decisión menor porque la limpieza del censo es la principal garantía de democracia.

Sin embargo, ni entonces ni después se corrigieron aspectos de la regulación del sistema que conducen a primar la tensa cuantificación de afinidades o fidelidades sobre el contraste de las ideas. La guerra de los avales, que ha acabado convirtiéndose en eje del proceso, podría evitarse manteniendo la exigencia de un mínimo que impida la proliferación de espontáneos, pero limitando su recogida y presentación a la cifra exacta –ni más ni menos– que se determine como listón. Y la divulgación de encuestas, que se ha acreditado desde hace mucho tiempo como un instrumento más de propaganda en cualquier campaña electoral, podría prohibirse expresamente para evitar influencias exógenas en el criterio de los militantes, amén de gastos superfluos. Por el contrario, se podrían prever debates cara a cara entre los aspirantes, que resultarían mucho más clarificadores.

Militancia responsable

Con la adopción de las primarias, por más restringido que sea su ámbito de aplicación, el PSOE –el único partido que las aplica en España– incorporó una obligación de singular importancia para sus afiliados, a quienes se reserva con carácter exclusivo la participación activa en este proceso, en el que no pueden votar ni el común de los electores ni tampoco aquellos que tienen reconocida la condición de simpatizantes.

Tal responsabilidad concierne en esta ocasión a los 35.511 a los que se ha reconocido el derecho de voto en tres federaciones regionales y 11 agrupaciones municipales, siendo la mayoría de Madrid –18.136– y Canarias –7.517–. Sobre ellos recae la relevante responsabilidad de transmitir al conjunto de la opinión pública en qué medida el partido que constituyen tiene auténtica voluntad de representar a la mayoría social, pues su primera medida será el grado de participación que hoy se registre en esta preselección de los mejores.
En política sólo hay un pecado mayor que el de acomodarse a las prebendas del poder y es acomodarse a las prebendas de la oposición.