Ciclotimias políticas

17 Oct 2010
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Andaban los socialistas encogidos, transidos por una inquietud difusa como la niebla y temerosos de acabar todos arracimados en la cuneta de la oposición a la vuelta de la próxima curva. En esto destelló el faro de la Moncloa del que viven pendientes y se propagó la euforia entre unos ministros que hasta pocas horas antes transmitían la sensación de estar gobernando en tiempo de descuento.
El miércoles, cuando se rechacen las enmiendas de totalidad a los Presupuestos del Estado para 2011, el marcador electrónico del Congreso de los Diputados será el espejo de uno de los momentos más señalados de la trayectoria de José Luis Rodríguez Zapatero como gobernante. Ahora que extraños y hasta propios ensayaban su réquiem, va el presidente del Gobierno y suscribe su primer pacto de estabilidad parlamentaria, un potente ansiolítico para unas huestes saturadas de sobresaltos y votaciones apuradas.

El pacto con el PNV y Coalición Canaria demuestra que el PSOE conserva la capacidad de entablar alianzas. Aun siendo como es el fruto del encuentro entre tres que se necesitan, es también la prueba de que todavía quedan bisagras que prefieren apoyar a un Zapatero en sus horas más bajas, pero que tiene un mandato democrático válido hasta marzo de 2012, antes que a un Mariano Rajoy preinvestido presidente por la democracia demoscópica.

El PP se ha apresurado a sembrar sospechas para deslegitimar el acuerdo, intentando borrar el rastro de 1996, cuando Xabier Arzalluz, entonces presidente de PNV, proclamó: “He conseguido más en 14 días con Aznar que en 13 años con Felipe González”. A Rajoy le conviene, también en esto, no hablar demasiado.

El relato político

Pero si al líder de la oposición le basta el silencio para trepar en las encuestas, el presidente del Gobierno no remontará sin un relato político. De nuevo, el relato. Aunque Elena Salgado está más asentada que nunca como vicepresidenta económica a ojos de Zapatero, la tropa socialista se quedó fría cuando, el 30 de septiembre, presentó el proyecto presupuestario al grupo parlamentario. La reunión era a puerta cerrada, pero la explicación fue tan economicista como la que acababa de hacer ante los medios de comunicación. Tuvo que ser un veterano, curtido en las duras y en las maduras, el que levantara los alicaídos ánimos poniendo letra política a la aritmética de los números.

“Las políticas valen lo que representan frente a las alternativas”, vino a decir Francisco Fernández Marugán ante un grupo parlamentario mal acostumbrado. Acostumbrado a defender las cuentas del Estado con el dato sonante del dinero a gastar cada año en cada circunscripción electoral, como si el Presupuesto fuera un mero listado de obras y de inversiones. Y ahora que no hay dinero, y sí elecciones a la vuelta de la esquina, los malos hábitos cobran tintes inquietantes para quienes se acomodaron a esa forma de hacer política.

El Presupuesto para el año próximo es, inevitablemente, una derivada del giro que Zapatero imprimió a la política económica en mayo, cuando España estuvo a punto de desbarrancarse por el mismo agujero que Grecia. Y su contenido no es fácil de defender desde la izquierda. Pero tampoco es imposible.

Como señaló Fernández Marugán a sus cocarnetarios, el Presupuesto conjuga tres características: austeridad, cohesión social y reformas estructurales. Si la austeridad se asume como un ingrediente imprescindible para evitar que el señor mercado nos despeñe y las reformas estructurales se justifican como un ejercicio de solidaridad intergeneracional, el terreno a capitalizar ideológicamente debiera ser el de la cohesión social, que se lleva el 58% del gasto.

La alternativa pública del PP se reduce a explotar un estado de ánimo: la versión zapaterizada del “¡Váyase, señor González!”. Su eficacia es incuestionable porque la derecha ha logrado instalar en la mayoría de la opinión pública la idea de que el presidente del Gobierno es un incompetente, como si el currículum de Rajoy fuera para tirar cohetes, vista su gestión en la catástrofe del Prestige o su respaldo activo a la implicación de España en la guerra de Irak. El programa oculto tiene muchas más ideas y proceden en abundancia del carajillo party.

La cohesión socialista

El pacto con el PNV y Coalición Canaria no sólo ha modificado sustancialmente el tablero parlamentario. También puede alterar la dinámica interna de los socialistas en la medida en que garantiza tranquilidad para gobernar.

Tres días después de la aprobación de los Presupuestos en sede parlamentaria, Zapatero se verá las caras con la nomenclatura del PSOE,
reunida en comité federal. Del secretario general esperan en esta ocasión los más cercanos que pronuncie “un discurso político potente” y haga algún gesto que reafirme su autoridad para cortar de raíz las tentaciones de refugiarse en el sálvese quien pueda que ya han aflorado.

El presidente del Gobierno, que ha recibido hasta ahora un incondicional apoyo de su partido, no ha podido ocultar su malestar con algunas maniobras, aun a sabiendas de que no se dirigen directamente contra él sino contra lo que pueda venir detrás de él. Para Zapatero, lo que viene detrás es el PSOE, no una persona con nombres y apellidos.

Y, aunque su inclinación personal sea devolver a su familia parte del tiempo que le ha robado la política, su instinto no deja de procesar datos como que su colega José Sócrates ganó las últimas elecciones en Portugal contra unas encuestas que llegaron a situarle 20 puntos por debajo de la alternativa conservadora.

*Ilustración: IKER AYESTARAN