¡Basta ya!

12 Dic 2010
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La periodista canadiense Naomi Klein anticipó en 2007 con inquietante verosimilitud algunos de los rasgos más característicos de la crisis rampante en La doctrina del shock (Paidós), que describe el origen, desarrollo y auge del “capitalismo del desastre”. Su fundamento puede sintetizarse en que son las propias fuerzas del capitalismo las que generan situaciones de “trauma colectivo” como catalizador para aplicar en su forma más radical la trinidad enunciada por su gurú, Milton Friedman: la eliminación del rol público del Estado, la absoluta libertad de movimientos de las empresas y un gasto social prácticamente nulo. Un modelo económico que tiene por objeto exclusivo maximizar los beneficios de una minoría corporativista y, como programa máximo, privatizar hasta a los gobiernos, se trate de regímenes autoritarios o democráticos.

Las conclusiones de su investigación se vuelven más sobrecogedoras a medida que se avanza en el repaso a la historia económica del último cuarto del siglo XX y comienzos del XXI. Del recorrido se desprende de manera natural la doble evidencia de que la globalización ha traído la supresión de toda frontera a la rapiña y de que la factura del festín siempre corre a cuenta de los mismos.

El listado de cobayas y damnificados se acaba volviendo interminable. Según Klein, la entrega de Chile a los economistas de la escuela de Chicago que siguió al golpe de Estado de Pinochet en 1973, fue “un avance del futuro de la economía global, una pauta que se repetiría una y otra vez, de Rusia a Suráfrica”, pasando por Canadá en 1992 o Asia a finales de esa década. No queda continente virgen.

El ‘mono’ de los mercados

La descripción atemoriza porque, no siéndolo, se lee como una crónica de actualidad: “(…) Una burbuja urbana de especulación frenética y contabilidad dudosa que generaba enormes beneficios y un frenético consumismo (…). Un enorme trasvase de riqueza del sector público al privado, seguido de un enorme trasvase de deudas privadas a manos públicas”.

Concluye Klein que el dinero fácil, y rápido, que generan “las reformas estilo terapia de shock” se ha convertido en “la cocaína de los mercados financieros”. Entre dosis y dosis, se va liquidando progresivamente lo público –lo que no se puede adquirir materialmente, se esquilma intelectualmente– al tiempo que se suprimen derechos para alimentar a la bestia insaciable so pretexto de que no hay alternativa. Que sí la hay lo demuestra, por ejemplo, el rechazo a los eurobonos de Merkel y Sarkozy, en cuyos epitafios políticos podrá leerse la triste leyenda de que pilotaron Europa con el freno de mano echado cuando más propicias eran las circunstancias para acelerar la Unión. Una fiscalidad común es, por ejemplo, un paso imprescindible y posible, el blindaje natural contra los ataques al euro.

Klein recoge en su libro el extracto de una conferencia, pronunciada en 1993 en Washington por John Williamson,
el economista que redactó las misiones originales del Fondo Monetario Internacional. Pronunciada hoy, sería una confesión de culpabilidad en toda regla, con los agravantes de premeditación y alevosía: “Habrá que preguntarse si podría tener sentido concebir la provocación deliberada de una crisis para eliminar los obstáculos de carácter político que se le pueden presentar a la reforma (…)”. De paso, recordó a su auditorio “la irrefutable evidencia de que sólo cuando los países sufren de verdad, acceden a tragar la amarga medicina del mercado”.

Y en eso estamos. Pero advierte Klein de que “el desagradable secreto que esconde la estabilización es que la gran mayoría de la población nunca llega a subirse a la nave”. Cuando se enciende la mecha del pánico, no se sabe cuándo ni dónde puede estallar
la rabia, pero sí se sabe del poder de la desesperación. Tras la Gran Depresión de 1929, el New Deal supuso una “incómoda tregua entre el Estado, las empresas y los trabajadores”; pero, además de ser un arreglo aceptable para todos, evitó que se produjera una gran revuelta popular.

“¿Dónde está el poder?”

Está empíricamente demostrado. De tanto dar vueltas a una tuerca, llega un momento en que la rosca se pasa y ya no sirve para apretar. La iniciativa de retirar el dinero de los bancos lanzada por el ex futbolista francés Eric Cantona ha fracasado, entre otras razones porque no planteaba otra alternativa que la vuelta al viejo calcetín, pero al menos ha servido para que, aunque sólo fuera por un rato, el susto cambiara de acera. De donde ha surgido una idea inviable y sin seguidores, surgirán otras viables y con poder de convocatoria. Y será antes que después si los gobiernos no acomodan sus políticas al sentir social.

En España, presionado por la exigencia de cobro del impuesto revolucionario de los terroristas económicos, la última vuelta de tuerca del Gobierno ha llevado a encarecer hasta el ansiolítico más popular: el tabaco. La tímida excusa de que ayudará a proteger la salud de los ciudadanos no sirve para ocultar que las nuevas generaciones ya viven peor. Han vuelto a liar picadura, como hacían nuestros padres y abuelos cuando fumar tabaco elaborado y con filtro era un símbolo de estatus socio-económico.

Los gobiernos siguen actuando a la defensiva frente al asedio de los mercados, renunciando hasta al discurso de lucha contra los paraísos fiscales, mientras que suben los impuestos indirectos –los que penalizan a todos por igual– y venden a la desesperada lo que quede de los patrimonios colectivos acumulados durante generaciones. Como exclamaban los hombres de Nelson Mandela cuando ocuparon las dependencias presidenciales en Suráfrica: “¡Eh, tenemos el Estado! ¿Dónde está el poder?” La crisis económica está mutando la naturaleza misma de la democracia.

*ILUSTRACIÓN: Iker Ayestaran


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