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200.000

29 ene 2012
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Recuerdan los 200.000 militantes del PSOE en su actual coyuntura a los
300 guerreros espartanos que acompañaron al rey Leónidas en su lucha
a muerte contra el Ejército persa de Jerjes, según la recreación cinematográfica de la batalla de las Termópilas. Pero si el número de aquellos combatientes de leyenda fue bastante superior al elegido para dar nombre a la puesta en escena de una libérrima adaptación de los relatos de Heródoto sobre las Guerras Médicas, los 200.000 del PSOE pueden inducir al olvido de que a esta cifra se ha llegado previa deserción de otros 200.000. Y, en este caso, casi tanto como los que se han quedado, pesan los que se fueron. O más.

Su censo es de 623.455 afiliados, distribuidos en 405.762 simpatizantes y 216.952 “militantes cotizantes”, pero el derecho a participar en las decisiones de su 38º Congreso sólo es reconocido a estos últimos, si bien el voto final únicamente lo tendrán 956 delegados.

La versión oficial reconoce una pérdida de 20.000 militantes desde el anterior congreso, celebrado en julio de 2008, que se achaca “principalmente a causas económicas”, ya que el impago de las cuotas es la causa más habitual de pérdida de esa condición. Pero, teniendo en cuenta que esa contribución es de 5 euros mensuales y que se pasa al cobro semestralmente, cabe una duda razonable sobre si los apuros económicos son la causa de fondo de tamaña sangría de capital humano. [El PP declara más de 700.000 afiliados, pero sin establecer distinción alguna entre quienes pagan cuota y quienes no, por la sencilla razón de que la aportación que exige es "la voluntad".]

Asfixia económica

Cierto es que esa aportación, aunque sea de menor cuantía, puede resultar muy importante para hacer frente a una coyuntura en la que el PP está asfixiando a muchas agrupaciones locales del PSOE a base de negar o retrasar la financiación para los grupos municipales de la oposición con el argumento universal del ajuste presupuestario. Cierto es también que el número de militantes es importante como referencia de implantación social, pero igualmente es cierto que muchos simpatizantes demuestran un compromiso cotidiano más intenso que otros que lo limitan a la tenencia de un carnet y a la espera de las prebendas que se esperan de la pertenencia a un club con reserva del derecho de admisión.

Jóvenes cuarentones

La depuración del censo de militantes, utilizado históricamente como un instrumento más en las luchas de poder –a más militantes, más delegados en los congresos–, fue una de las primeras decisiones impulsadas por José Blanco cuando en 2000 asumió la Secretaría de Organización. Un año después, los morosos pasaron a ser catalogados como simpatizantes, al tiempo que se despojó a las federaciones del control de este padrón, que pasó a depender directamente de la dirección federal. Aquella limpieza estableció el número “real” de militantes en 280.000.

Pero el comienzo de la hemorragia era muy anterior a este ejercicio de transparencia. Lo demuestra el hecho de que la inflación del censo fue aflorada por las primarias de 1988 –las primeras y únicas para la presidencia del Gobierno que se han celebrado–,en las que Joaquín Almunia y José Borrell compitieron por la candidatura electoral. Entonces se utilizó un registro oficial de 382.462 militantes, pero de forma tan sorprendente como sospechosa sólo participaron en las votaciones 207.774. Y, a pesar de eso, para el 35º Congreso la cifra se elevó hasta 411.343 militantes.

Siendo importante el número, al observar la radiografía de la militancia socialista resulta mucho más relevante su curva demográfica, el dato realmente inquietante para el PSOE: el 20% de esos 200.000 espartanos tiene más de 65 años, mientras que no alcanzan a representar el 7% los menores de 30. La evidencia es tan irrefutable que basta con acudir a alguno de sus mítines para comprobar que los jóvenes del PSOE son cuarentones y la media de edad de sus militantes se sitúa entre los 50 y los 60 años. Eso por no hablar de la distribución por sexos: sólo el 34,9% son mujeres.

El vaciado

Aunque ahora quiera presentarse como otro efecto pernicioso de la etapa de Zapatero, la pérdida de militantes se remonta a comienzos de los noventa, cuando la confirmación del PSOE como un partido institucional y la normalización democrática apagaron el fervor por el activismo político que eclosionó tras la muerte de Franco. La militancia perdió sentido porque toda la actividad pasó a concentrarse en las esferas del poder –estatal, regional o local– y, vaciado el partido de sus cuadros mejor preparados, proliferó la recluta entre los llamados independientes para satisfacer las necesidades derivadas del ejercicio continuado del poder –el PSOE ha gobernado 21 de los 35 años del periodo democrático–.

Las enmiendas presentadas a la ponencia marco anticipan que en el 38º Congreso habrá un intenso debate sobre las cuestiones de organización. En total, duplican el número de las presentadas en el anterior cónclave, tras la segunda victoria electoral de Zapatero. Que así sea es indicativo del deseo de las bases
–las que dan la cara todo los días– de tener una mayor participación y de profundizar en su democracia interna, tan imperfecta como a años luz de la que rige la vida interna del PP. Pero los dirigentes asisten con sensación de vértigo a la posible adopción de unos procedimientos que debilitan el clientelismo.

Ya en tiempos de Felipe González se promovieron las agrupaciones sectoriales para facilitar la
incorporación de savia nueva, pero el intento fracasó porque volvió a imponerse la estructura territorial. Ahora el riesgo es mayor, porque el PSOE es un partido en riesgo severo de descomposición por aluminosis. Tres son las características que, según su carnet, definen a los militantes socialistas: “libres, honrados e inteligentes”. Pues eso.

Se precisa oposición, urgente

22 ene 2012
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Es tradición que los nuevos gobiernos dispongan de un plazo de gracia de cien días antes de ser sometidos a juicio, pero en los tiempos que corren ya nada es lo que fue, ni siquiera el ritmo de paso de las hojas del calendario. Al cumplirse el primer tercio de ese periodo, pueden establecerse ya algunas conclusiones. Y la primera es que se precisa oposición, de manera urgente.

El cambio de Gobierno no ha tenido efectos taumatúrgicos sobre la crisis económica porque, como se hartó de alegar José Luis Rodríguez Zapatero y de ignorar Mariano Rajoy, sus variables españolas, singularmente la burbuja inmobiliaria, sólo son una parte del mal. El trasfondo no tiene fronteras. Por si cabía alguna duda, viene a confirmarlo el hecho de que la recesión también amenaza a Alemania, la alumna aventajada de la Unión Europea. En el último trimestre del año pasado ya tuvo un crecimiento negativo y, si se confirman algunos pronósticos que apuntan a que esa situación podría repetirse en el primer trimestre de este año, la locomotora estará circulando marcha atrás, arrastrada por el efecto bumerán de la disciplina germánica que Merkel ha impuesto a sus socios.

A falta de cambios económicos de fondo y con un horizonte inmediato que pinta más negro que gris, lo más relevante políticamente del periodo transcurrido desde la toma de posesión del Gobierno de Rajoy es la desa-parición de todo freno a sus decisiones y la ausencia de cualquier sonrojo a la hora de adoptar medidas contradictorias con el programa con que el PP concurrió a las elecciones, como anticipa la subida del IRPF por aquellos que predicaban que aumentar impuestos era la medida más perniciosa de entre todas las posibles.

El desparpajo del PP

Cabe argumentar que si Rajoy actúa con tamaña desenvoltura y desparpajo es porque goza de una sólida mayoría absoluta y todavía está en el comienzo de su mandato, cuando todo se puede imputar a la herencia recibida y los mayores patinazos se consideran deslices, en virtud de la misma ley que hacia el final de todo mandato convierte el menor desliz en un patinazo irreparable.

Vive Rajoy su momento para la grandes osadías, como lo tuvo Zapatero al inaugurar su etapa enfrentándose a EEUU con la retirada de las tropas de Irak o tocando las fibras más sensibles de la España profunda con iniciativas como la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Sin embargo, aquellos audaces atrevimientos de Zapatero estaban escritos en la letra de sus compromisos electorales, mientras que los de Rajoy reescriben su programa sin que haya habido causa sobrevenida, como le ocurrió a su predecesor con la crisis.

Pretextan los socialistas que, una vez verificado que el programa con el que se presentó Rajoy no era para gobernar sino para ganar las eleccio-nes, si la ciudadanía acepta sin rechistar la dieta milagro es porque la prescribe el PP y porque los votantes de la derecha son “inmunes” al incumplimiento de las promesas electorales de su partido. Pero tal análisis, aunque fuera certero, ni consuela a los más de 12 millones de españoles que otorgaron su representación al resto de los partidos políticos y especialmente a los siete que dieron su voto al PSOE ni exime a los socialistas de su responsabilidad de ejercer la tarea que le corresponde como primer partido de la oposición. Si la gente se resigna a soportar las penalidades de la dieta rajoniana es porque nadie es capaz de presentar una alternativa solvente.

La oxigenación socialista

Habiendo sido la derrota electoral del PSOE tan incontestable y estruendosa, resulta tan inevitable como imprescindible que los socialistas pongan su casa en orden antes de ocuparse de los problemas de la vecindad. Pero si los plazos corren más rápido para el Gobierno, la aceleración del tiempo también afecta a la oposición. Quienes han intentado posponer la celebración del concilio de Sevilla por considerar atropellada su celebración tras 75 días de duelo y convalecencia no han contribuido sino a reforzar la imagen de que los políticos son una casta más preocupada por lo suyo que por lo de todos, alejando así aún más a quienes ya se sentían repelidos por las dinámicas partidarias que se consumen en contiendas endogámicas. Para atropello, el que están sufriendo los ciudadanos. Los partidos políticos, que no son no deben ser un fin en sí mismo, sino un instrumento para trabajar en defensa de los intereses de aquellos a los que representan, no pueden convertirse en parte del problema.

La partida doméstica que en estos momentos consume el tiempo y las energías socialistas es una simultánea en varios tableros. El 38º Congreso no será, en muchos sentidos, una estación de término, sino más bien de comienzo de trayecto. Y no sólo porque hay muchos interesados en, sea quien sea el elegido para sustituir a Zapatero, presentar el nuevo liderazgo como “de transición”. Al congreso federal le sucederá una catarata de congresos regionales y provinciales que pondrán en cuestión el statu quo de todos los estamentos socialistas. Pero siendo trascendente este proceso de oxigenación interna, poco o nada interesa al común. Lo que los ciudadanos demandan con urgencia es que alguien plantee una alternativa con solvencia y, si no lo hacen los socialistas, antes o después alguien lo hará. La izquierda es cada vez más plural en toda Europa y hace tiempo que España dejó de ser diferente.

Otra falsa leyenda

De momento, con su explicación de la subida del IRPF o su declaración de guerra al despilfarro del dinero público, Rajoy le ha robado al PSOE el discurso socialdemócrata, aplicando letra de derechas con música de izquierdas, como en su día hizo Sarkozy en Francia. De momento, se sabe ya que la leyenda del hombre previsible es falsa, salvo que por previsible se quisiera decir carente de un genio singular. Si después de escucharle durante años lo previsible era que no subiera el IRPF, después de leer el BOE lo previsible es que suba el IVA en cuanto pasen las elecciones en Andalucía, en marzo. Es el último puerto de montaña en el camino de la derecha hacia la reconquista de un poder hegemónico que va más allá del Legislativo y el Ejecutivo.