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200.000

29 ene 2012
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Recuerdan los 200.000 militantes del PSOE en su actual coyuntura a los
300 guerreros espartanos que acompañaron al rey Leónidas en su lucha
a muerte contra el Ejército persa de Jerjes, según la recreación cinematográfica de la batalla de las Termópilas. Pero si el número de aquellos combatientes de leyenda fue bastante superior al elegido para dar nombre a la puesta en escena de una libérrima adaptación de los relatos de Heródoto sobre las Guerras Médicas, los 200.000 del PSOE pueden inducir al olvido de que a esta cifra se ha llegado previa deserción de otros 200.000. Y, en este caso, casi tanto como los que se han quedado, pesan los que se fueron. O más.

Su censo es de 623.455 afiliados, distribuidos en 405.762 simpatizantes y 216.952 “militantes cotizantes”, pero el derecho a participar en las decisiones de su 38º Congreso sólo es reconocido a estos últimos, si bien el voto final únicamente lo tendrán 956 delegados.

La versión oficial reconoce una pérdida de 20.000 militantes desde el anterior congreso, celebrado en julio de 2008, que se achaca “principalmente a causas económicas”, ya que el impago de las cuotas es la causa más habitual de pérdida de esa condición. Pero, teniendo en cuenta que esa contribución es de 5 euros mensuales y que se pasa al cobro semestralmente, cabe una duda razonable sobre si los apuros económicos son la causa de fondo de tamaña sangría de capital humano. [El PP declara más de 700.000 afiliados, pero sin establecer distinción alguna entre quienes pagan cuota y quienes no, por la sencilla razón de que la aportación que exige es "la voluntad".]

Asfixia económica

Cierto es que esa aportación, aunque sea de menor cuantía, puede resultar muy importante para hacer frente a una coyuntura en la que el PP está asfixiando a muchas agrupaciones locales del PSOE a base de negar o retrasar la financiación para los grupos municipales de la oposición con el argumento universal del ajuste presupuestario. Cierto es también que el número de militantes es importante como referencia de implantación social, pero igualmente es cierto que muchos simpatizantes demuestran un compromiso cotidiano más intenso que otros que lo limitan a la tenencia de un carnet y a la espera de las prebendas que se esperan de la pertenencia a un club con reserva del derecho de admisión.

Jóvenes cuarentones

La depuración del censo de militantes, utilizado históricamente como un instrumento más en las luchas de poder –a más militantes, más delegados en los congresos–, fue una de las primeras decisiones impulsadas por José Blanco cuando en 2000 asumió la Secretaría de Organización. Un año después, los morosos pasaron a ser catalogados como simpatizantes, al tiempo que se despojó a las federaciones del control de este padrón, que pasó a depender directamente de la dirección federal. Aquella limpieza estableció el número “real” de militantes en 280.000.

Pero el comienzo de la hemorragia era muy anterior a este ejercicio de transparencia. Lo demuestra el hecho de que la inflación del censo fue aflorada por las primarias de 1988 –las primeras y únicas para la presidencia del Gobierno que se han celebrado–,en las que Joaquín Almunia y José Borrell compitieron por la candidatura electoral. Entonces se utilizó un registro oficial de 382.462 militantes, pero de forma tan sorprendente como sospechosa sólo participaron en las votaciones 207.774. Y, a pesar de eso, para el 35º Congreso la cifra se elevó hasta 411.343 militantes.

Siendo importante el número, al observar la radiografía de la militancia socialista resulta mucho más relevante su curva demográfica, el dato realmente inquietante para el PSOE: el 20% de esos 200.000 espartanos tiene más de 65 años, mientras que no alcanzan a representar el 7% los menores de 30. La evidencia es tan irrefutable que basta con acudir a alguno de sus mítines para comprobar que los jóvenes del PSOE son cuarentones y la media de edad de sus militantes se sitúa entre los 50 y los 60 años. Eso por no hablar de la distribución por sexos: sólo el 34,9% son mujeres.

El vaciado

Aunque ahora quiera presentarse como otro efecto pernicioso de la etapa de Zapatero, la pérdida de militantes se remonta a comienzos de los noventa, cuando la confirmación del PSOE como un partido institucional y la normalización democrática apagaron el fervor por el activismo político que eclosionó tras la muerte de Franco. La militancia perdió sentido porque toda la actividad pasó a concentrarse en las esferas del poder –estatal, regional o local– y, vaciado el partido de sus cuadros mejor preparados, proliferó la recluta entre los llamados independientes para satisfacer las necesidades derivadas del ejercicio continuado del poder –el PSOE ha gobernado 21 de los 35 años del periodo democrático–.

Las enmiendas presentadas a la ponencia marco anticipan que en el 38º Congreso habrá un intenso debate sobre las cuestiones de organización. En total, duplican el número de las presentadas en el anterior cónclave, tras la segunda victoria electoral de Zapatero. Que así sea es indicativo del deseo de las bases
–las que dan la cara todo los días– de tener una mayor participación y de profundizar en su democracia interna, tan imperfecta como a años luz de la que rige la vida interna del PP. Pero los dirigentes asisten con sensación de vértigo a la posible adopción de unos procedimientos que debilitan el clientelismo.

Ya en tiempos de Felipe González se promovieron las agrupaciones sectoriales para facilitar la
incorporación de savia nueva, pero el intento fracasó porque volvió a imponerse la estructura territorial. Ahora el riesgo es mayor, porque el PSOE es un partido en riesgo severo de descomposición por aluminosis. Tres son las características que, según su carnet, definen a los militantes socialistas: “libres, honrados e inteligentes”. Pues eso.

Se precisa oposición, urgente

22 ene 2012
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Es tradición que los nuevos gobiernos dispongan de un plazo de gracia de cien días antes de ser sometidos a juicio, pero en los tiempos que corren ya nada es lo que fue, ni siquiera el ritmo de paso de las hojas del calendario. Al cumplirse el primer tercio de ese periodo, pueden establecerse ya algunas conclusiones. Y la primera es que se precisa oposición, de manera urgente.

El cambio de Gobierno no ha tenido efectos taumatúrgicos sobre la crisis económica porque, como se hartó de alegar José Luis Rodríguez Zapatero y de ignorar Mariano Rajoy, sus variables españolas, singularmente la burbuja inmobiliaria, sólo son una parte del mal. El trasfondo no tiene fronteras. Por si cabía alguna duda, viene a confirmarlo el hecho de que la recesión también amenaza a Alemania, la alumna aventajada de la Unión Europea. En el último trimestre del año pasado ya tuvo un crecimiento negativo y, si se confirman algunos pronósticos que apuntan a que esa situación podría repetirse en el primer trimestre de este año, la locomotora estará circulando marcha atrás, arrastrada por el efecto bumerán de la disciplina germánica que Merkel ha impuesto a sus socios.

A falta de cambios económicos de fondo y con un horizonte inmediato que pinta más negro que gris, lo más relevante políticamente del periodo transcurrido desde la toma de posesión del Gobierno de Rajoy es la desa-parición de todo freno a sus decisiones y la ausencia de cualquier sonrojo a la hora de adoptar medidas contradictorias con el programa con que el PP concurrió a las elecciones, como anticipa la subida del IRPF por aquellos que predicaban que aumentar impuestos era la medida más perniciosa de entre todas las posibles.

El desparpajo del PP

Cabe argumentar que si Rajoy actúa con tamaña desenvoltura y desparpajo es porque goza de una sólida mayoría absoluta y todavía está en el comienzo de su mandato, cuando todo se puede imputar a la herencia recibida y los mayores patinazos se consideran deslices, en virtud de la misma ley que hacia el final de todo mandato convierte el menor desliz en un patinazo irreparable.

Vive Rajoy su momento para la grandes osadías, como lo tuvo Zapatero al inaugurar su etapa enfrentándose a EEUU con la retirada de las tropas de Irak o tocando las fibras más sensibles de la España profunda con iniciativas como la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Sin embargo, aquellos audaces atrevimientos de Zapatero estaban escritos en la letra de sus compromisos electorales, mientras que los de Rajoy reescriben su programa sin que haya habido causa sobrevenida, como le ocurrió a su predecesor con la crisis.

Pretextan los socialistas que, una vez verificado que el programa con el que se presentó Rajoy no era para gobernar sino para ganar las eleccio-nes, si la ciudadanía acepta sin rechistar la dieta milagro es porque la prescribe el PP y porque los votantes de la derecha son “inmunes” al incumplimiento de las promesas electorales de su partido. Pero tal análisis, aunque fuera certero, ni consuela a los más de 12 millones de españoles que otorgaron su representación al resto de los partidos políticos y especialmente a los siete que dieron su voto al PSOE ni exime a los socialistas de su responsabilidad de ejercer la tarea que le corresponde como primer partido de la oposición. Si la gente se resigna a soportar las penalidades de la dieta rajoniana es porque nadie es capaz de presentar una alternativa solvente.

La oxigenación socialista

Habiendo sido la derrota electoral del PSOE tan incontestable y estruendosa, resulta tan inevitable como imprescindible que los socialistas pongan su casa en orden antes de ocuparse de los problemas de la vecindad. Pero si los plazos corren más rápido para el Gobierno, la aceleración del tiempo también afecta a la oposición. Quienes han intentado posponer la celebración del concilio de Sevilla por considerar atropellada su celebración tras 75 días de duelo y convalecencia no han contribuido sino a reforzar la imagen de que los políticos son una casta más preocupada por lo suyo que por lo de todos, alejando así aún más a quienes ya se sentían repelidos por las dinámicas partidarias que se consumen en contiendas endogámicas. Para atropello, el que están sufriendo los ciudadanos. Los partidos políticos, que no son no deben ser un fin en sí mismo, sino un instrumento para trabajar en defensa de los intereses de aquellos a los que representan, no pueden convertirse en parte del problema.

La partida doméstica que en estos momentos consume el tiempo y las energías socialistas es una simultánea en varios tableros. El 38º Congreso no será, en muchos sentidos, una estación de término, sino más bien de comienzo de trayecto. Y no sólo porque hay muchos interesados en, sea quien sea el elegido para sustituir a Zapatero, presentar el nuevo liderazgo como “de transición”. Al congreso federal le sucederá una catarata de congresos regionales y provinciales que pondrán en cuestión el statu quo de todos los estamentos socialistas. Pero siendo trascendente este proceso de oxigenación interna, poco o nada interesa al común. Lo que los ciudadanos demandan con urgencia es que alguien plantee una alternativa con solvencia y, si no lo hacen los socialistas, antes o después alguien lo hará. La izquierda es cada vez más plural en toda Europa y hace tiempo que España dejó de ser diferente.

Otra falsa leyenda

De momento, con su explicación de la subida del IRPF o su declaración de guerra al despilfarro del dinero público, Rajoy le ha robado al PSOE el discurso socialdemócrata, aplicando letra de derechas con música de izquierdas, como en su día hizo Sarkozy en Francia. De momento, se sabe ya que la leyenda del hombre previsible es falsa, salvo que por previsible se quisiera decir carente de un genio singular. Si después de escucharle durante años lo previsible era que no subiera el IRPF, después de leer el BOE lo previsible es que suba el IVA en cuanto pasen las elecciones en Andalucía, en marzo. Es el último puerto de montaña en el camino de la derecha hacia la reconquista de un poder hegemónico que va más allá del Legislativo y el Ejecutivo.

Marcha atrás y sin freno

18 dic 2011
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La crisis está arramblando las tres señas de identidad que fundamentan la socialdemocracia

Ahora que los ojos del mundo occidental en recesión miran con envidia el crecimiento económico de la China en expansión y que la socialdemocracia ha entrado en una profunda crisis de identidad, resulta especialmente pertinente reparar en que el siglo XXI arranca volviendo al siglo XIX.

Produce escalofríos observar la similitud de las condiciones en las que se trabaja hoy en el gigante asiático con las que soportaban los asalariados de la pujante Inglaterra de hace 160 años, como registra el historiador británico Tristram Hunt (El gentleman comunista, Anagrama). Los testimonios son tan asombrosamente parecidos que, si se suprimiera la referencia ad hoc, resultaría casi imposible determinar a qué época y continente corresponde cada uno.

“En las fábricas algodoneras y en las hilanderías hay muchas habitaciones en las que el aire está lleno de pelusa y polvo. [...] Las consecuencias habituales de inhalar polvo en las fábricas son escupir sangre, una respiración pesada y ruidosa, dolores en el pecho, tos, insomnio. Los operarios que trabajan en salas atestadas de maquinaria sufren accidentes. [...] La lesión más común es la pérdida de un dedo de la mano” (Año 1840, Manchester).

“Una jornada de doce horas es el mínimo. Nos hacen trabajar a toda prisa y sin parar treinta horas seguidas o más. [...] Es agotador porque tenemos que estar de pie todo el tiempo. [...] En el suelo del taller no hay lugar para sentarse. Las máquinas no paran durante la pausa del mediodía. Un grupo de tres trabajadores se turna para comer uno por vez. [...] Una gruesa capa de polvo cubre el suelo. El cuerpo se nos pone negro de tanto trabajar allí dentro día y noche. Cuando salgo del trabajo y escupo, escupo saliva negra” (Año 2000. Testimonio de un trabajador textil en China).

La responsabilidad del PSOE

Ante tamaña degradación en los derechos de los más débiles (los más), que se expande cual pólvora prendida por el hasta ahora llamado primer mundo, el reto -y la responsabilidad- del PSOE, como instrumento principal de la izquierda en España, es de una entidad muy superior al cambio de tripulación, e incluso de hoja de ruta, para lograr la reconquista del poder. Siendo así, la peor de las estrategias posibles sería pretender sustentar esta legítima aspiración de todo partido político en la expectativa de que la crisis devorará al Gobierno de Mariano Rajoy como antes engulló al de Zapatero.

Si esto ocurriera, y ocurriera sin que el PSOE hubiera sido previamente capaz de rearmarse reconstruyendo el proyecto socialdemócrata, lo que se estaría abriendo sería la puerta grande para las fuerzas de corte populista, que en los momentos de confusión aglutinan todos los descontentos, barriendo de izquierda a derecha y viceversa. Así lo advierte la confluencia en ese espacio político de dos personalidades con trayectorias tan dispares como Rosa Díez, que en 2000 compitió con Zapatero por el liderazgo del PSOE después de haber ejercido como su portavoz en el Parlamento Europeo, y Francisco Álvarez-Cascos, que fue la mano derecha de José María Aznar entre 1989 y 2000. Agrupando sus fuerzas, aunque la alianza obedezca a intereses coyunturales, han pasado en tan sólo una legislatura de tener un único diputado en el Congreso a poder formar un grupo parlamentario propio, lo que -sin entrar en otras prerrogativas- les confiere el derecho a utilizar la tribuna durante el mismo tiempo que el PP o el PSOE.

La manipulación semántica

Los filósofos del neoconservadurismo rampante saben bien que todo cambio empieza por el pensamiento y que este germina y se expande a través de la palabra como primer vehículo de comunicación. De ahí que la primera misión de la socialdemocracia en estos momentos debiera ser la denuncia sistemática de la sistemática manipulación semántica que practica la derecha. La lista podría ser muy larga. Pero, por ejemplo: no es admisible que se plantee la fórmula de los minijobs como solución al paro juvenil por la sencilla razón de que lo que se está proponiendo no son minitrabajos, sino minisueldos. Por ejemplo: no es admisible que el presidente de la CEOE, Juan Rosell, plantee una reducción de los trabajadores públicos utilizando la palabra “funcionario” no como sinónimo de quien trabaja al servicio del conjunto de los ciudadanos, sino de parásito, y menos cuando de su predecesor, José María Cuevas, no se conoce que hubiera creado nunca un puesto de trabajo. Por ejemplo: no es admisible que se diga que un Gobierno autonómico ha “ahorrado” en la aplicación de la ley de ayuda a los dependientes cuando lo que ha hecho es privar de apoyo a quienes más lo merecen y lo necesitan porque son aquellos que ya hicieron su contribución social y ahora no pueden valerse por sí mismos.

Hormigas o grillos

La crisis está arramblando las tres grandes señas de identidad del socialismo democrático: la libertad, porque es incompatible con el miedo, que constituye la primera manifestación de la incertidumbre, el ADN de esta era dislocadamente volátil; la igualdad, porque -en beneficio de quienes pueden prescindir de ellos- se están socavando los principales elementos reequilibradores, que no son otros que los servicios públicos básicos; y la solidaridad, porque los más castigados están siendo los jóvenes y los ancianos, a los que se estigmatiza con el mensaje subliminal de que son prescindibles, cuando no un estorbo, sin reparar en que así se están desatando el nudo básico de la sociedad (el pacto y la alianza) en el que se asienta la convivencia pacífica entre los seres humanos.

Ante su propia crisis, haría bien la dirigencia del PSOE en tener muy presentes las conclusiones que en 2007 dio a conocer Iain D. Couzin, biólogo matemático de la Universidad de Oxford, sobre el funcionamiento de los enjambres. Miles de hormigas -animales relativamente simples- son capaces, a través de unas sencillas normas, de formar un cerebro colectivo capaz de adoptar decisiones y de actuar como un único organismo en beneficio de la comunidad. Por el contrario, el egoísmo individualista de los grillos mormones les lleva, cuando no encuentran alimento suficiente, a atacar a los que van delante para evitar que se los coman los que vienen detrás.

En los pliegues del tiempo

11 dic 2011
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La socialdemocracia se quedó atrapada entre la caída del muro del Berlín y la de Lehman Brothers

Entre la caída del muro de Berlín (1989) y la caída de Lehman Brothers(2008) los socialdemócratas se han quedado atrapados en los pliegues del tiempo, con sus dirigentes repitiendo con humano empecinamiento los mismos errores políticos que en ambos momentos de crisis global han situado a los partidos de esta ideología al borde de la irrelevancia, un abismo al que se han acercado de forma paradójica cuando más necesarios son para más gente los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Los principales errores que -más allá de variables imprevisibles como la crisis financiera- han conducido al PSOE a su hundimiento electoral, podrían resumirse en el siguiente cuadro: en primer lugar, el distanciamiento, y en algunos casos enfrentamiento, con los sindicatos, especialmente con la UGT. El segundo error, conectado con el anterior, fue iniciar, de manera no consensuada ni suficientemente debatida, una inflexión en las políticas sociales y económicas. En tercer lugar, un liderazgo que se acabó decantando hacia posiciones más de derechas (o moderadas) e incluso tecnócratas. El cuarto error fue la excesiva personalización del poder interno en el PSOE.

El cuadro expuesto es una síntesis del análisis realizado por José Félix Tezanos, director de la Fundación Sistema, pero no está referido a la primera década del nuevo milenio, la que abarca el periodo marcado por el liderazgo de José Luis Rodríguez Zapatero, sino al estudio de “los principales errores políticos” que contribuyeron al hundimiento electoral “de una fuerza política tan formidable, y aparentemente tan bien encarrilada, como era el PSOE de los años ochenta del siglo pasado” (Temas para el debate, octubre 2010). A los cuatro factores enunciados por Tezanos cabría añadir, ahora como entonces, la falta de relato, consecuencia de haber dejado para mañana la narración del hoy, lo que equivale al suicidio político en unos tiempos en los que primero se dispara y después se pregunta.

Por todo ello, quizás resulte especialmente oportuno, ahora que la vieja guardia dirigente parece de nuevo entregada a la tentación de orientar por penúltima vez el devenir del PSOE, rescatar un extracto de la “Carta escrita al Comité Federal (primera y última)” por Felipe González en marzo de 2000, tras el batacazo sufrido por la candidatura que encabezó Joaquín Almunia, bajo el título Renovarse o perecer:

“En lo que se refiere a la condición humana no hay casi nada nuevo bajo el sol. Las discusiones sobre renovación o tradición, sobre ideas o sobre modelos de organización, se confunden en un marasmo de intereses personales más o menos pequeños y respetables. El sentido común se pierde junto con la sensibilidad ante el estado de ánimo de los demás, sean militantes, simpatizantes, votantes o abstencionistas. El grupo humano pierde autonomía de análisis y de oferta, sin salir, por ello, del autismo en que se ha introducido en relación con la sociedad.

No parece discutible que haya que renovarse, ni en el terreno personal (la naturaleza se encarga de ello, si se aferra la gente a permanecer), ni en el dominio de las ideas, de las propuestas (la realidad deja atrás las que pierden relevancia para los ciudadanos). Por tanto, la renovación es una necesidad permanente, que en algunos momentos se hace crítica.

(…) La renovación consiste en dar respuesta de progreso a los nuevos desafíos, con políticas incluyentes del mayor número de gentes de cada sociedad y del mayor número de pueblos en el mundo”.

El cambio de liderazgo

Está demostrado, como así pudo verificarse en las elecciones generales del 20-N, que los cambios de caras, cuando no van acompañados de cambio de políticas, son evanescentes. Pero sería engañarse adrede esperar que el 38 Congreso del PSOE, que se celebrará en cuestión de semanas, vaya a ser el de la refundación de la socialdemocracia. Una auténtica reformulación ideológica exige de un debate a fondo y el PSOE no dispone de mucho tiempo para elegir a un nuevo líder, so pena de emprender la travesía del desierto cual pollo descabezado, la situación más temida por cualquier organización. Así pues, en febrero elegirá a un nuevo líder, cuya misión prioritaria habrá de ser impulsar la refundación o la reformulación del socialismo democrático, activar la tecla ReiniciarPSOE.

Tan equivocado es sobrevalorar la importancia del líder como subestimarla. Como señala Guillem Rico, doctor en Ciencia Política, “las imágenes de los líderes encierran un contenido políticamente sustantivo, y por lo tanto su influencia a menudo adquiere un significado político” (Líderes políticos y opinión pública. CIS 270).

Hasta ahora, el proceso de cambio en el liderazgo del socialismo español se caracteriza por la guerra de nervios, con los aspirantes mirándose de reojo -y con recelo- hasta cuando, como en esta semana, han aprovechado el largo puente para evadirse de la presión.

Alfredo Pérez Rubalcaba transmite unos días la impresión de estar decidido a ir a por todas y otros la de querer apartarse, lo que da pie a que algunos de los que inicialmente apostaban por él sugieran que lo más conveniente para los intereses que representa sería que dejase paso a la tercera vía, sea Ramón Jáuregui, Eduardo Madina o cualquier otro nombre. Los partidarios de esta maniobra opinan que con ese paso atrás privaría automáticamente a Carme Chacón de la etiqueta de “lo nuevo”.

Para los partidarios de la candidatura de Chacón, la tercera vía es sólo un artificio para fragmentar el voto de rechazo a Rubalcaba y creen llegado el momento de sacudir el partido con algún manifiesto o declaración que, abierto a cuantos se quieran sumar, dé cobertura a su probable candidatura sin tener que esperar el alumbramiento de una ponencia marco en la que se esperan pocas sorpresas y muchas enmiendas.

El documento de la Ejecutiva no se conocerá hasta el 8 de enero y al día siguiente comenzará el proceso de asambleas locales del que saldrán los delegados al congreso. Esperar hasta entonces para conocer lo que ofrecen los candidatos sería tanto como pretender que los militantes se pronuncien a ciegas. El tiempo empieza a correr en contra de quienes aspiran a tomar el relevo de Zapatero.

 

Ilustración de Iker Ayestaran

El desfibrilador

04 dic 2011
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Tenían los españoles un equipo médico de cabecera que les diagnosticó un leve resfriado y les prescribió unas pildoretas, que diría Álvaro Pombo. Resultó que era neumonía y que la falta del tratamiento adecuado provocó que degenerara en cáncer. Hubo resistencia a reconocer el error en el diagnóstico que indujo al tratamiento equivocado y, cuando ya no quedó más remedio que rendirse a la evidencia, se prescribió quimioterapia ofreciendo al doliente la garantía de que no sería preciso extirpar ningún órgano. A las puertas del quirófano, el enfermo exigió un cambio en el cuadro facultativo, no por confianza en el que habría de venir, sino por la pérdida de toda la depositada en el anterior, al que ya no habría de creer ni aunque le repitiera el número del gordo de la Lotería después de haberlo cantado los niños de San Ildefonso. A la vista del dictamen forense de las urnas, aquel despido provocó el colapso del cuadro médico.

Contra el infarto –como es sabido– se utiliza como remedio de urgencia el desfibrilador. Hay uno de estos artilugios de emergencia en la sede del PSOE, en la madrileña calle de Ferraz. Ocupa desde hace tiempo un lugar tan visible como discreto a la entrada, pero –a causa de las reducidas dimensiones del vestíbulo– cuando se acumula el personal es cambiado de ubicación y se acerca al semisótano donde se reúne el sanedrín del Comité Federal, la máxima autoridad socialista entre congresos.

La urna de cristal

Tras el infarto electoral del 20-N, precisa el PSOE de un desfibrilador y la oportunidad que tiene de aplicarlo es su 38º Congreso, convocado para febrero al objeto de elegir a una nueva dirección y trazar un nuevo rumbo. Si el tratamiento de emergencia funciona, recuperará el pulso; pero si no es así, entrará en encefalograma plano por un periodo impredecible. Conviene recordar que el instrumento salvador está metido en una urna y que, para poder hacer uso de él, es preciso extraerlo rompiendo el cristal que lo protege en un nicho, a imagen y semejanza de los extintores contra incendios.
Necesita el PSOE romper su urna de cristal para tomar conciencia de que se había convertido en un partido que antes del infarto electoral perdió su identidad y que ahora corre el riesgo de convertirse en un partido no necesario si no afronta de cara su triple crisis: político-ideológica, organizativa y de credibilidad.

La crisis de credibilidad está suficientemente descrita y la organizativa la resumió en Público (28/11/2011), con la mayor precisión descriptiva, Guillermo Fernández Vara, expresidente de la Junta de Extremadura: “Aunque somos un partido laico, hay algo en lo que nos parecemos a la Iglesia: se está quedando sin vocaciones, en los templos se ve poca gente de menos de 50 años. Bien, pues nuestros templos son las Casas del Pueblo”. No es sólo cuestión de edad. No menos precisión descriptiva tienen las palabras de otro dirigente territorial: “Hay gente del PSOE en la universidad, pero no hay gente de la universidad en el PSOE”. Huelga decir que esta tendencia sólo se frenará y se podrá invertir si se crea una nueva forma de militancia política, si se flexibilizan las formas de compromiso, si se abren las puertas y las ventanas, si nadie actúa como si fuera propietario del partido y menos que nadie, sus dirigentes.

Hay también un problema de fondo. Se refleja en una anécdota que resultaría increíble si quien la relata no tuviera una solvencia triple A, a prueba de agencias de calificación: hubo, en vísperas de las elecciones municipales y autonómicas de 2011, una federación del PSOE en la que se descartó la posibilidad de hacer una campaña explicativa del Acuerdo Social y Económico arrancado a sindicatos y empresarios por José Luis Rodríguez Zapatero, a quien los barones socialistas se lo habían exigido públicamente como maná electoral, por la escalofriante razón de que todos los medios se habían puesto a disposición de una campaña explicativa sobre… la Ley de Caza.

Por este camino, el riesgo de que el PSOE se convierta en un partido prescindible es algo más que una conjetura. Ya les ocurrió a los socialistas alemanes y a los franceses, y también a los socialistas valencianos y madrileños. Y en ningún sitio está escrito que el PSOE haya tocado suelo. Ni siquiera los siete millones de españoles que el 20-N se mantuvieron fieles a unas siglas, entregaron un cheque en blanco a sus dirigentes. Es más fácil caer desde el 28% al 20% que remontar hasta el 38%, y si no que se lo pregunten a los socialistas alemanes, la referencia histórica del PSOE.

Rajoy, el peor ejemplo

Una de las peores cosas que le ha podido pasar a la política en general y a la democracia representativa en particular es la mayoría absoluta obtenida por Mariano Rajoy, porque ha venido a demostrar que para llegar a ser presidente del Gobierno en un país como España basta con lograr un férreo control de la sala de máquinas de uno de los dos partidos mayoritarios y sentarse a esperar la caída del líder de turno del otro partido.

La prueba última del mal precedente que ha sentado es que, dos semanas después del infarto electoral, la dirigencia socialista fluctúa entre la esperanza de que el poder se les caiga encima dentro de cuatro años –el Gobierno en funciones prevé que el paro puede incrementarse en 600.000 personas más en el primer semestre del mandato de Rajoy– y el temor a protagonizar una salida en falso, una de esas situaciones que obligan a poner el reloj a cero y empezar de nuevo.
La realidad es tan terca como la verdad y ambas tienen la mala costumbre de volver a entrar por la ventana cada vez que se las arroja por la puerta.

Teatro de sombras

30 oct 2011
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Generosidad y cicatería son las dos caras –en el vértice está la ecuanimidad– de uno de los rasgos del temperamento que más diferencian a los individuos de la especie humana: la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de reconocer el mérito ajeno, de anteponer el interés colectivo al individual. Y en el teatro de sombras que es toda campaña electoral, cuanto más se empeñan propios –por estrategia electoral– y ajenos –por mezquindad– en arrumbar a José Luis Rodríguez Zapatero en el ángulo ciego del escenario al que lo llevó la crisis, más se fortalece su sombra.

Cuando ya parecía irremisiblemente condenado al estigma presidencial de salir del palacio de la Moncloa por la puerta de atrás, llegó el comunicado de ETA anunciando la decisión de poner término a más de medio siglo de terror, un anacronismo insoportable en la Europa de comienzos del siglo XXI. La noticia más largamente esperada en España –la dictadura de Franco duró 36 años– no hará cambiar la puerta de atrás por la principal, pero al menos permite a Zapatero que, salga por donde salga, pueda hacerlo con la cabeza alta, habiendo conseguido la paz sin “traicionar a los muertos”, como con ignominia le imputó Mariano Rajoy cuando el PP aún veía muy lejos el poder y no le importaba que todo fuera tierra quemada.

El alma política

La sombra representa, en casi todas las culturas, el alma. El alma política de Zapatero tiene mucho que ver con el anuncio de ETA porque, cuando puso en marcha el proceso de paz, era plenamente consciente de que el envite se lo podía llevar por delante. De su letra y de su tenacidad política nació el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo, al que el PP no fue enteramente leal ni siquiera mientras le convino como partido gobernante, pues ya entonces jugó en su beneficio con la ventaja de la responsabilidad ajena –en la primavera de 2002, Zapatero se enteró por la Prensa del propósito de José María Aznar de reformar la Ley de Partidos para ilegalizar a Batasuna–.

De su concepción de que la política existe para conquistar el futuro, y no sólo para gestionar el presente, nació el proceso que ETA dinamitó en diciembre de 2006, escribiendo con sangre el principio de su final. Y sólo su talante personal explica que, en vez de quemar a quienes le transmitieron la información, se quemara él por haber pronunciado la frase que hasta el jueves de la semana pasada arrastró como el sambenito de un ingenuo insolvente: aquello, dicho en la víspera del atentado de la T-4, de que el fin del terrorismo estaba “más cerca que nunca”. Y lo estaba, aunque la serpiente aún no hubiera dado su último coletazo mortal.

Pero no se trata sólo de ETA. Más allá del juicio que merezcan en sí mismas, decisiones como la reforma de la Constitución para consagrar el pago de la deuda como prioridad, la participación en el escudo antimisiles de Obama o el pie en pared que puso frente a algunos de los suyos para impedir la vuelta atrás en la liberación de RTVE de las servidumbres partidistas, lo sitúan en la dimensión del gobernante que tuvo los arrestos necesarios para anteponer su visión del interés general, tanto si ha sido atinada como si fue errónea, sobre los intereses de su partido.

Los suyos debieran, además, agradecerle que si la derecha lo demonizó desde el primer día fue porque, en mayor o menor medida, tocó todos sus tabúes: la memoria histórica, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto sin necesidad de acogerse a unos supuestos predeterminados, el machismo en todas sus vertientes –desde los permisos de paternidad hasta la violencia de género–. Y, al margen de las afinidades ideológicas, la sociedad en su conjunto debería reconocerle que, con todas las limitaciones que ha tenido en su implantación y desarrollo, creó el derecho a una ayuda para los dependientes, con lo que demostró sensibilidad no sólo hacia las injusticias del pasado y las necesidades del presente, sino también una visión solidaria de la sociedad que está en ciernes.

El desafío

Sin duda, la parte negativa más incuestionable tiene que ver con la gestión de la crisis económica, que se circunscribe a la segunda legislatura. Se le reprocha, con razón, su renuencia a reconocer la entidad de la crisis, primero; y después, sus cambios de terapia, sin la adecuada explicación, hasta acabar hincando la rodilla frente a los mercados. Pero ¿qué han hecho Obama, Merkel, Sarkozy, Papandreu y demás? ¿Acaso tiene España potencial suficiente para marcar el paso a sus socios europeos? Pudo Zapatero, al menos, haber intentado marcar un paso distinto para la socialdemocracia europea, pero el desafío le superó porque –y este ha sido, seguramente, su mayor error– se ensimismó en su baraka, evisceró el debate de las ideas y asfixió toda deliberación colectiva.

Aun así, ahora que Rajoy se ofrece para recrear el milagro Aznar, no es baladí recordar que en la España de la primera legislatura de Zapatero se crearon tres millones de nuevos empleos, más que en Alemania, Francia, Reino Unido e Italia juntas. Superó con creces el listón de los dos millones de empleos que Rajoy le había puesto en el debate de investidura para valorar su gestión y, además, logró que hubiera superávit fiscal en cada uno de los cuatro ejercicios.
Cuenta una leyenda china que el origen del teatro de sombras se remonta a la muerte de la esposa del emperador Wu-Ti, al que sólo pudo reanimarse haciendo revivir para él a su amada en una tela tendida entre dos postes. Un día, el emperador tiró de la tela y descubrió el montaje. Existen dos versiones del final: la primera habla de la decapitación de los marionetistas y la segunda, del emperador rendido al arte titiritero. El soberano es el pueblo y el tiempo –dicen– pone a cada uno en su sitio.

Cuatro escenarios para una derrota

16 oct 2011
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Los socialistas se preparan para un resultado que los deje entre 120 y 140 escaños en el Congreso

Hasta cuatro escenarios distintos para el 20-N manejan aquellos dirigentes del PSOE que, por la posición que ocupan o por su intangible condición de referentes, saben de antemano que, en mayor o menor medida, les tocará lidiar con el día después. Huelga decir, porque hace ya tiempo que dejó de ser noticiable aunque a la postre sea el dato más relevante, que ninguno de esos escenarios prevé la victoria electoral.

El más halagüeño sitúa a Alfredo Pérez Rubalcaba al frente de un grupo parlamentario con alrededor de 140 diputados. Si salva este listón, el candidato se convertirá, de forma prácticamente automática y por virtual aclamación, en el nuevo secretario general del PSOE, completando así el círculo virtuoso de la sucesión diseñada en las entrecajas del poder socialista, aunque los renglones rectos pensados por José Luis Rodríguez Zapatero acabaran más bien torcidos.

Con esa fuerza parlamentaria se considera posible ejercer la oposición de forma suficientemente activa y eficaz como para albergar con algún fundamento la expectativa de que la crisis, que no está perdonando a nadie en ningún sitio, se lleve por delante también a su segundo Gobierno en España.

El marco de la incertidumbre

La marca siguiente, que dejaría reducida la representación del PSOE a una horquilla de entre 130 y 140 diputados (169 en 2008), crearía un entorno para la incertidumbre y la competencia. Cuanto más cerca de 140 se sitúe el resultado, más opciones tendrá Rubalcaba de hacerse con el gobierno de la oposición, el otro poder que se pone en juego el 20-N. Cuanto más se acerque el resultado a 130, más posibilidades habrá de que surjan opciones alternativas de liderazgo dentro del PSOE.

Por debajo de 130 escaños, el pronóstico es de guerra abierta, con las hostilidades estallando el 21-N y la posibilidad sobre la mesa de tener que convocar al día siguiente de las elecciones generales el 38 Congreso del PSOE, del que habrá de surgir el sucesor de Zapatero. La cota que simboliza el desastre sin paliativos se ha establecido en los 125 escaños obtenidos en 2000, con Joaquín Almunia como candidato de circunstancias tras la dimisión de Josep Borrell y con todos los notables del partido mirando para otro lado. Pero todo es susceptible de empeorar.

La cifra que en las dos últimas semanas circula de boca en boca entre los socialistas es: 120. Y con ella aparece otra referencia histórica: el peor resultado del PSOE desde el restablecimiento de la democracia se produjo en las primeras elecciones tras la muerte de Franco, cuando se quedó con 118 votos en el Congreso. Entonces, el PSOE tuvo que refundarse ideológicamente y modernizar su funcionamiento. El temor a la catarsis, aunque se reconozca que puede ser tan imprescindible como inevitable, acongoja a los que aún guardan memoria porque saben que la travesía del desierto puede ser muy larga y muy dura. El pronóstico para este escenario es de cuchillos largos.

El reparto territorial del voto

Así las cosas, y con la práctica totalidad de los barones demediados, no sólo será importante el cómputo global de diputados (el pronóstico es aún más desolador en la Cámara Alta, donde se calcula que la representación socialista puede verse menguada hasta 60-70 senadores, incluidos aquellos que lo son por designación de los parlamentos autonómicos). En la actual coyuntura del PSOE, cobrará especial relevancia la distribución territorial de los resultados. No podrá José Antonio Griñán llamarse a andana si su partido pierde la primacía en Andalucía, aunque las elecciones en las que él se presenta no se celebren hasta la primavera. No podrá ignorar el PSOE la consistencia del PSC si Catalunya, con Carme Chacón como cartel por Barcelona, resultara ser la única comunidad autónoma donde los socialistas logran ganar al PP. No podrá Patxi López permanecer impasible ante los cantos de sirena procedentes de Madrid si el PSE logra resistir en Euskadi. Y, si se consuma la derrota, mientras se dilucidan las opciones seguramente tendrá que volver a salir Zapatero del ángulo ciego del PSOE en el que está ahora.

Los socialistas aún confían en que la campaña consiga despertar a su electorado ante los peligros que acechan a lo que queda del Estado del bienestar. El programa electoral aprobado ayer por el Comité Federal es una declaración en toda regla de cortejo a la izquierda más indignada y también a la que aún ve posible cambiar las cosas sin cambiar el signo del Gobierno. Pero la posibilidad de dar la vuelta a las encuestas es una esperanza más basada en el deseo, en la nostalgia si se quiere, que en los datos. Pasado el efecto evanescente de la novedad, Rubalcaba no logra recortar la distancia con el PP y el pesimismo emana a borbotones de los cuadros socialistas, con acreditada propensión a abandonarse en brazos del líder de turno.

Un despido “objetivo”

Autoexcluidos y meritorios son dos categorías de políticos que se multiplican en tiempos electorales como los presentes. Son el espejo de las expectativas de poder de sus partidos. A menos expectativas, más autoexcluidos: aquellos que se niegan a ver relegados sus nombres en la ristra de candidatos hasta posiciones de difícil o imposible elección. A más expectativas, más meritorios: aquellos que se postulan para que su nombre figure con letra impresa en cualquier puesto, por retrasado que parezca, en la confianza de que, alcanzado el poder, la lista de espera correrá por gracia de los nombramientos en la Administración. En el PSOE han proliferado los primeros y en el PP, los segundos.

Los socialistas han interiorizado que lo suyo será un “despido por causas objetivas” y los conservadores han asumido que ha llegado su turno. La única incertidumbre es la profundidad de la derrota y la dimensión de la victoria. Pero en un tiempo en que la certeza es la excepción, lo único que no puede olvidar el PSOE ni por un momento, so pena de convertirse en marginal, es que es un partido con vocación histórica de representar a la mayoría social.

Cinco crisis para un presidente

25 sep 2011
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La eficacia es la virtud mejor acreditada en el historial político de Alfredo Pérez Rubalcaba

Los siete bíblicos -o cabalísticos- pecados capitales de José Luis Rodríguez Zapatero, recitados el miércoles por Mariano Rajoy como la principal enseñanza extraída de su largo septenio entregado al disfrute de la privilegiada posición de diletante observador, encuentran su contrapunto en las cinco crisis a las que habrá de enfrentarse quien se convierta en presidente del Gobierno tras las elecciones generales del 20 de noviembre.

Así como los diez mandamientos cristianos se resumen en dos (“Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”), los siete pecados imputados a Zapatero vendrían a resumirse en uno (“No engañarás”). Pero, por el contrario, la crisis se desdobla en cinco, el número que está considerado como símbolo de cambio, que no necesariamente es sinónimo de mejora.

Si el PP gana el 20-N, Rajoy empezará su mandato presidencial infringiendo el séptimo de sus mandamientos de buen Gobierno -”No gobernar por decreto ley”-, pues este será el procedimiento al que recurra para aprobar una inmediata vuelta de tuerca al ajuste económico. Seguirá con el tercero -”No generar falsas expectativas”- porque, lo quiera o no, las expectativas ya están creadas y difícilmente colmará la que tienen de encontrar empleo cada uno de los casi cinco millones de parados, alentada por la irresponsabilidad de Esteban González Pons cuando dijo aquello de que su partido “aspira” a crear 3,5 millones de empleos. El juicio sobre el cumplimiento del segundo, cuarto y sexto dependerá de quién lo emita, pues su propio enunciado remite más al espíritu que a la letra: “No gobernar con ocurrencias”, “Hacer previsiones razonables” y “Hacer reformas”. Para cumplir el quinto -”No gastar lo que no se tiene”-, no tendrá que esforzarse mucho porque apenas queda algo que rascar en el calcetín. De todo lo cual se colige que, en boca de Rajoy, resulta dudosa la sinceridad del mandamiento enunciado en primer lugar

-”No engañar”-, pues según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua “engañar” tiene entre sus acepciones la de “inducir a alguien a tener por cierto lo que no lo es, valiéndose de palabras o de obras aparentes y fingidas”.

Aunque no hubiera fingimiento alguno y sí sincero propósito de enmienda de los errores ajenos, cabe preguntarse si los siete mandamientos de Rajoy bastarán para derrotar a las cinco crisis que asuelan Occidente. Cinco, aunque Angela Merkel, la madrastra de Europa, haya conseguido imponer en la Unión Europea el pensamiento único de que sólo existe la crisis del déficit público.

Las cinco crisis

1. La crisis fiscal. Creyó la socialdemocracia que la economía ya había dejado de marcar la frontera ideológica entre la izquierda y la derecha, y proclamó Zapatero aquello de “bajar impuestos es de izquierdas”. En esto llegó la crisis y puso blanco sobre negro que los servicios públicos sólo pueden mantenerse con impuestos acordes al nivel de bienestar que se pretende disfrutar como un bien colectivo, para cuyo sustento la aportación de las rentas del capital no puede ser menor que la de las rentas del trabajo.

2. La crisis financiera. Es el fruto podrido de la suplantación de los emprendedores por los gánsteres de cuello blanco, que han campado a su antojo en un casino sin fronteras y sin reglas, dando rienda suelta a su codicia al tiempo que alentaban la ajena en su propio beneficio.

3. La crisis institucional. En Europa es la consecuencia de la falta de liderazgo político, pero en España es también el resultado de una meditada estrategia populista de la derecha para desacreditar el Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo, el Tribunal de Cuentas, RTVE, la Justicia, la Policía o cuanto no se pliegue a sus intereses partidistas.

4. La crisis de la economía real. Es la de los cinco millones de parados y la de quienes no encuentran capital para desarrollar sus ideas, la que hace imprescindible pasar de la economía del ladrillo a la del conocimiento y necesario establecer una ley de hierro que imponga a los beneficios al menos la misma contención que sistemáticamente se reclama en los salarios.

5. La crisis social. Es la crisis de valores que está en el origen más profundo del desconcierto contemporáneo y es, a la vez, su primera consecuencia. Es la peste que unas veces conduce a la guerra y otras, al Renacimiento.

La campaña y la elección

Para cabalgar este monstruo de cinco cabezas, en España se postulan como los mejores jinetes Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy. El candidato de la derecha parte con la ventaja de saber que es consustancial a la condición humana la necesidad de poner nombre y cara a la causa de sus males. El nombre es Zapatero y la cara, el PSOE. El gran mérito de Rajoy no es otro que estar en el lugar a   decuado en el momento oportuno.

En contra de lo que afirma la doctrina oficial del Comité Electoral del PSOE para mantener la moral de combate, sí hay un importante trasvase de votos hacia el PP. Más aún. No es que lo esté habiendo, es que ya lo ha habido. Esa tendencia ha sido constante a lo largo de toda la legislatura y se concentra en el llamado “voto de centro”, el que, según los expertos electorales, sigue inclinando en España el fiel de la balanza hacia el PP o hacia el PSOE. Es un voto ya irrecuperable porque se fundamenta en la convicción de que la alternancia es imprescindible o en la esperanza de que la derecha gestione mejor la crisis de lo que lo han hecho los socialistas. Se trata de un electorado al que, en estos momentos, le resulta irrelevante -y hasta poco creíble- el intento de Rubalcaba de presentarse como el regenerador de la socialdemocracia.

El mayor atractivo electoral del candidato socialista reside en su virtud política mejor acreditada y, hasta ahora: la eficacia. Puede hacer gala de una densa y solvente trayectoria bajo ese epígrafe: ETA al borde de la desaparición -aunque no se habría llegado a esta situación sin el empeño personal que puso Zapatero en impulsar el fallido proceso de paz-, las muertes en carretera en un récord de mínimos, la tasa de criminalidad rebajada, la inmigración ilegal contenida… Hechos que trascienden el mito de que la derecha gobierna mejor las crisis.

Estados de ánimo

18 sep 2011
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Si hay un indicador fiable de por dónde soplan los vientos políticos, ese es el tamaño de los corrillos periodísticos que se forman en los pasillos del Congreso y la identidad del protagonista que los concita. El que el miércoles componía una estampa circular alrededor de la portavoz parlamentaria del PP, Soraya Sáenz de Santamaría, a las puertas de la zona reservada a los miembros del Gobierno, multiplicaba con creces al que se congregó el jueves en torno al portavoz del Gobierno, José Blanco, en el patio y con estructura de paréntesis.

Para el PSOE, la campaña electoral se ha situado en el peor de los escenarios posibles, a pesar de haber logrado introducir el debate sobre la contribución de “los ricos” al sostenimiento del Estado del bienestar. Lo peor no es el efecto que pueda tener entre sus votantes el no, pero sí de Alfredo Pérez Rubalcaba a la reforma de la Constitución para introducir el principio de estabilidad presupuestaria –las encuestas apuntan a un apoyo mayoritario si se hubiera sometido a referéndum–. Ni siquiera las luchas internas para colgarse la dudosa medalla de reactivar el Impuesto sobre el Patrimonio. Lo peor es que el debate que se ha instalado en sus filas ya no es tanto sobre las opciones de ganar las próximas elecciones como sobre el alcance de la derrota. Y sabido es que la convicción de que se puede ganar es condición necesaria, aunque no suficiente, para ganar. Estados de ánimo, que dice Felipe González.

“Lo que se nos viene encima”

La línea roja para Rubalcaba está en los 130 escaños, porque quedar por debajo de ese listón equivaldría a la mayoría absoluta para el PP. Pero la derecha ya no está en ese debate. A medida que se acerca el 20-N, la euforia por la inminente recuperación del poder cede paso ante la preocupación por “lo que se nos viene encima”. Sus dirigentes son conscientes de que la situación actual es endiabladamente más compleja que la de 1996, cuando gobernaron por primera vez. Y no sólo es mucho más difícil sino que, después de otra semana al borde del precipicio, temen que aún empeore más en el tiempo que falta hasta la formación del nuevo Gobierno. Saben también que, con prácticamente todo el poder institucional en sus manos, tan peligrosa como la hidra económica es que no tendrán coartada alguna para sus errores, sobre todo si alcanzan la mayoría absoluta.

El nuevo Gobierno tomará posesión en diciembre y, si Mariano Rajoy es investido presidente por el Congreso, en enero aprobará por decreto ley un paquete de “medidas muy severas”, tanto que el PP ya da por descontado que en 2012 tendrá que enfrentarse a una huelga general. “Vosotros ocupaos de tener preparadas las medidas, que de la huelga ya me encargo yo”, ha dicho Rajoy a los suyos.

La táctica del shock

La rapidez en la aplicación de las medidas más duras se justifica en razones de carácter práctico. La fecha de las elecciones obligará al nuevo Gobierno a comenzar su mandato con unos Presupuestos prorrogados, y los nuevos, que se presentarán hacia marzo, se calcula que no estarán aprobados por el Parlamento hasta junio. Pero hay algo más y ese “algo” tiene, bajo envoltorio metodológico, un fuerte componente ideológico. Actuar con rapidez es la premisa táctica establecida por Milton Friedman, padre de la doctrina del shock que guía el capitalismo contemporáneo, para imponer de forma irreversible los cambios acordes con “las ideas que flotan en el ambiente” al socaire de la crisis. Friedman estimaba que una nueva Administración “dispone de seis a nueve meses para poner en marcha cambios legislativos importantes; si no aprovecha la oportunidad de actuar durante ese periodo concreto, no volverá a disfrutar de ocasión igual”. (La doctrina del shock, Naomi Klein, Paidós).

Todas las decisiones de José Luis Rodríguez Zapatero desde mayo de 2010 responden a un mismo objetivo: evitar la intervención económica de España y que nos descolguemos del núcleo duro de la Unión Europea, que ha sido la gran apuesta política de España desde la recuperación de la democracia. Esto es lo que justifica, según la doctrina gubernamental, decisiones como la prioridad absoluta otorgada al control del déficit público o el pacto con el PP para establecer un tope legal al endeudamiento. La derecha sostiene que, en la práctica, España está intervenida desde que empezó a comprar deuda el Banco Central Europeo, pero aun así, es radicalmente distinto el impacto económico que tiene estar intervenido de hecho o también con escarnio público, como ocurre a Grecia, Portugal e Irlanda.

El rearme socialista

Sería un grave lastre para la izquierda que el PSOE sucumba a la fácil tentación de endosar toda la culpa de la derrota al presidente del Gobierno, como ya se ha atisbado en algunas declaraciones. Tienen acreditada los socialistas una querencia cainita para con sus dirigentes, pero competir con el PP por ver quién echa más paladas sobre la tumba política de Zapatero limitaría la imprescindible renovación de la socialdemocracia a un ajuste interno de cuentas, cuando lo imprescindible es el debate de las ideas, que el secretario general del PSOE ha ahogado durante sus años de mandato. Si los socialistas dilapidan sus energías en la lucha por los despojos del naufragio, no sólo será inviable conservar ahora el Gobierno, sino también recuperarlo en 2015.

Para los socialistas, mucho peor que la derrota será no saber qué hacer después del 20-N, como ha advertido Felipe González. Si el recuento de las urnas confirma la victoria del PP, se verán tentados a esperar que la crisis devore también al próximo Gobierno. Pero el PSOE sólo dispondrá de dos años para rearmarse en capital humano e ideológico. Si quiere volver a ganar en la siguiente convocatoria, la segunda mitad de la próxima legislatura tendría que dedicarla ya a propagar su nuevo evangelio. Y para eso hay que tenerlo.

El Gobierno que suceda al de Zapatero puede ser barrido también por la crisis, pero cabe igualmente que, si consigue abrir ventanas de esperanza, el PP bata el récord de permanencia que para el PSOE estableció González (14 años).

Los días más felices

11 sep 2011
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Rajoy ya saborea las mieles del poder sin soportar todavía el desgaste de tomar decisiones

Vive Mariano Rajoy, tenga o no conciencia de ello, sus días más felices, que no volverán. Tras casi ocho años en la sala de espera, por fin está a punto de convertirse en el inquilino del palacio de la Moncloa, del que nadie ha salido indemne, fuera de derechas o de izquierdas, de origen castellano, andaluz o leonés.

Son estos los días en los que el presidente del PP, por fin, se siente por dentro y es tratado por fuera como el hombre del momento. Aquellos en los que la disidencia con su forma de interpretar el liderazgo se difumina para cerrar filas detrás de quien puede colmar las ambiciones de poder de la derecha. Los días en los que amigos y enemigos se afanan por consolidar o granjearse la simpatía de quien ya es considerado presidente in péctore, a la espera de ser tenidos en cuenta en el reparto del botín político. Aquellos en los que aún puede vivir de la crítica sin tener que soportar el desgaste de decidir.

Pero la cuenta atrás de esos días ya ha comenzado. Arrancó en el preciso instante en el que Rajoy empezó a experimentar esa suerte de estado nirvánico, aunque él no escuchará el tictac hasta que José Luis Rodríguez Zapatero le traspase la clave de la caja fuerte de la Presidencia del Gobierno y la cambie por la suya.

A partir de ese momento, se acumularán los problemas sobre la mesa, sonará el teléfono exigiendo decisiones inmediatas, empezará a confeccionarse la lista de los agraviados que no obtuvieron los nombramientos que esperaban… Descubrirá Rajoy que en la cima de la cumbre hay mucha soledad y queda poco poder.

“Las elecciones de Almunia”

Mientras que la derecha saborea sus momentos más dulces, en los que no dejan mancha ni siquiera borrones tan sonados como el de Esteban González Pons al pretender que el PP tiene una varita mágica para crear 3,5 millones de empleos, los socialistas transitan el amargo momento de desalojar la cumbre procurando no despeñarse en el descenso y, en el camino, van arañándose con cuanto encuentran a su paso.

Sostiene el discurso oficial del PSOE que la situación es muy difícil para sus expectativas electorales, pero que todavía hay partido y el resultado final está por decidir. La estrategia socialista pasa por el contraste entre las cualidades de Rubalcaba y las de Rajoy, el regreso a las esencias socialdemócratas en su programa electoral y la agitación del temor a la acumulación de prácticamente todo el poder institucional en manos de un solo partido, que ya demostró un perfil autoritario cuando José María Aznar alcanzó la mayoría absoluta y pudo prescindir del contrapeso de los nacionalistas.

Pero la doctrina oficial apenas sirve para encubrir el abatimiento instalado en las filas socialistas. Los más realistas, o quienes no tienen la obligación de mantener el tipo, lo reconocen abiertamente: “Estamos en las elecciones de Almunia”. Fueron aquellas en el año 2000, cuando el PP se disparó a 183 escaños y el PSOE se hundió hasta los 125, el peor de sus resultados si se exceptúan las dos primeras convocatorias democráticas -118 en 1977 y 121 en 1979-. Es decir: una representación por debajo de 130 diputados, un cálculo que implica la mayoría absoluta para el PP. Y, para mayor depresión, los socialistas aún verán mucho más mermadas sus fuerzas en el Senado, lo que les privará de la posibilidad de, al menos, estorbar desde la Cámara Alta, como ha podido hacer el PP durante las dos legislaturas de Zapatero.

Minimizar daños

Siendo este el horizonte que se vislumbra a la vuelta de la esquina, Alfredo Pérez Rubalcaba se afana por minimizar los daños para poder obtener un resultado suficiente que le permita hacerse definitivamente con el control del partido e intentar la reconquista del poder en una legislatura, en la esperanza de que se cumpla una hipótesis compartida por expertos económicos de la derecha: la crisis es de tal magnitud, y en muchos aspectos tan inédita, que en vez de llevarse a un Gobierno por delante es probable que tumbe a dos, el actual y el que venga detrás.

Mientras que el candidato recorre España con la nueva prédica socialista, Marcelino Iglesias, en su último servicio como secretario de Organización, trabaja discretamente para evitar que estalle a destiempo la guerra interna que todo el mundo sabe que se desatará el 21 de noviembre.

Y José Luis Rodríguez Zapatero, aunque los suyos quieren que se deje ver lo menos posible, procura que el barco no se desarbole por completo en plena intersección del tsunami con el cambio de tripulación. Por si había alguna duda sobre su actitud, Iglesias se la confirmó el miércoles a los coordinadores electorales, durante la reunión a la que fueron convocados por la directora de campaña, Elena Valenciano: “Cada vez que le consulto algo al presidente, la respuesta es la misma: ‘Lo que diga Alfredo”.

El fantasma de Grecia

Entre tanto, el caballo de la crisis que cabalgan los mercados sigue desbocado con un galope espasmódico.

Lo negará cuantas veces quiera José Luis Rodríguez Zapatero, pero si adelantó las elecciones al 20 de noviembre -y el anuncio mismo a julio- fue porque para entonces ya había tenido, como presidente del Gobierno y como secretario general del PSOE, que tragarse demasiada bilis. Y otro tanto ocurrió con la reforma de la Constitución para incluir el principio de estabilidad presupuestaria, aunque con ella le hiciera un siete al traje del candidato de un partido -el suyo- que se postula con la divisa de “escuchar” y, al mismo tiempo, rechaza que los ciudadanos se pronuncien en referéndum sobre la modificación de su ley de leyes.

El fantasma de Grecia sigue haciendo sonar sus cadenas por el sur de Europa y se paseó a la luz del día a finales de agosto, cuando en los círculos de poder gubernamental se evaluó la situación como de “excepcionalidad” y “extrema gravedad”. Hasta el “cueste lo que me cueste” que ha guiado la actuación del presidente en el último tramo de su mandato tiene un límite.

Si la Unión Europea tiene que intervenir a España, que se la intervengan a Rajoy. Zapatero dixit, aunque es posible que nunca haya pronunciado la literalidad de esas palabras.