La voz del mercenario

19 Jun 2011
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Joseph Pulitzer, uno de los creadores del periodismo moderno, sabía de lo que hablaba al afirmar en 1904: “Nuestra República y su prensa triunfarán o se hundirán juntas. Una prensa capaz, desinteresada y solidaria con la sociedad, intelectualmente entrenada para conocer lo que es correcto y con el valor para conquistarlo y defenderlo, conservará esa virtud pública sin la cual un gobierno popular es una farsa y una burla. En cambio, una prensa mercenaria, demagógica y corrupta producirá, con el tiempo, un pueblo tan vil como ella”. He leído estas palabras de Pulitzer en el nuevo libro de Ignacio Ramonet, La explosión del periodismo (Clave Intelectual, 2011).

El diagnóstico de Ramonet sobre la realidad del periodismo es grave. La información, confundida con la comunicación y la cultura de masas, forma parte decisiva de los poderes económicos. Los grandes grupos mediáticos han olvidado la veracidad y el rigor, imponiendo un nuevo horizonte comunicativo. Si la tarea del periodismo en la sociedad moderna era la crítica a los excesos del poder, este compromiso ha sido desplazado por una intención contraria: contener las reivindicaciones populares. El avance tecnológico ha abierto muchas posibilidades para la información. A veces consigue romper los muros levantados por las jerarquías de la prensa mercenaria. Pero también facilita nuevos peligros de manipulación económica y de información contaminada. El espejismo de la inmediatez, por ejemplo, puede convertirse en una trampa para el verdadero conocimiento.

Los lectores de Ramonet hemos tenido una clase práctica de la situación con motivo de las protestas realizadas por la ciudadanía contra los gravísimos recortes sociales aprobados por el Parlamento catalán. La actuación de una minoría violenta ha servido para que la prensa mercenaria haya intentado una doble operación en su tarea de sofocar las reivindicaciones populares. Sin rigor y sin investigación ninguna, se ha querido desacreditar al movimiento de protesta cívica que vive España desde el 15 de mayo, identificándolo con la violencia callejera. También se ha pretendido desviar la atención sobre la política de desmantelamiento de la sanidad y la educación pública asumida por el nuevo Gobierno catalán. Resulta ridículo el espectáculo de unos políticos profesionales que defienden su libertad sacrosanta ante las protestas de los ciudadanos, al mismo tiempo que se ven obligados a aprobar por exigencia de los mercados, según dicen ellos mismos, recortes durísimos de los derechos sociales. Su descrédito quizá se deba a que utilizan las leyes y la policía contra los ciudadanos y no contra los mercados.

Las nuevas tecnologías han servido para que veamos en la red escenas del conflicto que dan una versión muy distinta a la facilitada por la prensa mercenaria. Ha circulado incluso un vídeo en el que parecen detectarse entre los provocadores algunos agentes infiltrados por la policía. Conscientes de los peligros de la falsa inmediatez y la manipulación, las voces progresistas no han querido elevar el tono del escándalo. Es buena la prudencia. Pero el asunto merece una investigación seria. Tenemos derecho a enterarnos de lo que está ocurriendo con la policía y la política en Catalunya.

Creo que resulta también imprescindible un debate serio sobre el pacifismo, porque no debe confundirse con la ausencia de conflicto. No basta con desmarcar al 15-M de la violencia y con pedir a sus dirigentes que eviten cualquier trampa tendida, a pie de calle o en helicóptero, por sus adversarios. Hay demasiadas declaraciones hipócritas. Los conflictos existen en la realidad. La democracia tiene procedimientos legales para negociarlos y encauzar las protestas. Los partidos y los sindicatos son una parte decisiva de esos procedimientos. Si se corrompe su sentido o se les aparta de su tarea, el conflicto estalla en otro sitio. Que el capitalismo avariento pervierta la misión cívica de los partidos y del periodismo no supone acabar con los conflictos, sino obligar a los ciudadanos a que busquen otras formas de acción y protesta. Ni los especuladores, ni sus mercenarios deberían olvidarlo. Porque, como avisaba Pulitzer, pueden encontrarse alguna vez con una población tan envilecida como ellos.


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