Opinion · La realidad y el deseo

Pudimos y podremos

España ha pasado a lo largo de su historia contemporánea por épocas difíciles de crisis social y política. La humillación económica de la clase obrera empujada a la precariedad absoluta y el empobrecimiento de la clase media suele generar en estas encrucijadas un lógico impulso de indignación. La fuerza de dos direcciones, confundidas pero diversas, se desata entonces en el ánimo colectivo.

Cuando las reivindicaciones de las clases medias consiguen atraer a la clase obrera, surgen populismos ambiguos que desplazan el conflicto laboral y lo ocultan con lemas patrióticos y llamadas a la comunión en una identidad sentimental: nosotros frente a ellos. La deriva totalitaria, la sustitución de la conciencia histórica por la épica nacional y la aparición de distintas formas de racismo y caricatura social adquieren un protagonismo notable en nombre de la regeneración.

Cuando las reivindicaciones de clase obrera consiguen atraer a las clases medias y recordarles el sentido de su fragilidad económica, surge esa figura que en España suele denominarse con el nombre de rojo. La conjunción republicanosocialista procura así que la indignación popular no liquide las garantías democráticas y que la formalidad democrática no se desentienda de una apuesta clara por la justicia social.

Creo que no hace falta confesar a los lectores de Público, después de algunos años de confianza, que yo me identifico con la tradición del rojo español. Puedo estar equivocado, pero es mi error más sincero y más íntimo. Ahí sitúo una dinámica que define pasado y futuro, una herencia y un compromiso que van más allá de las tácticas del presente. Son más bien un pudimos y un podremos.

Pudimos luchar durante años en la clandestinidad contra la dictadura franquista para recuperar las libertades democráticas perdidas en 1939.

Pudimos utilizar los años de lucha obrera y estudiantil para arrancarle algunos derechos sociales a las poderosas élites del franquismo que decidieron perpetuarse con una democracia liberal destinada a conectar sus negocios con el capitalismo europeo.

Pudimos feminizar el sujeto de las protestas y comprender la necesidad de unir el rojo dela lucha obrera con el verde de la conciencia ecológica.

Pudimos mantener un espacio de lucha pacifista contra la OTAN y un movimiento obrero combativo contra las reformas laborales y las dinámicas de privatizaciones desencadenada por Felipe González.

Pudimos mantener en condiciones difíciles un espacio social enfrentado al bipartidismo, un espacio capaz de criticar los aspectos negativos de la Transición, manteniendo el orgullo republicano, la memoria democrática y la solidaridad con las víctimas del franquismo.

Pudimos apoyar con nuestra energía al PSOE cuando tuvo a bien defender proyectos cívicos de indudable importancia y surgidos de los movimientos sociales, como la lucha contra la violencia de género, una buena ley de plazos para la interrupción del embarazo y el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo.

Pudimos denunciar casi en solitario la configuración de una Europa neoliberal pactada por la derecha y los partidos socialdemócratas, y pudimos oponernos a una reforma vergonzosa de la Constitución que recortó las inversiones públicas, humilló al Estado y lo puso de rodillas ante el interés de los bancos.

Cosas así de simples y de soberbias: pudimos hacerlas. Y quien estaba allí tuvo la oportunidad de verlo. Quien lo probó, lo sabe. Herederos de este impulso, los rojos españoles creemos en la necesidad de mantener una manera propia de apostar por el futuro.

Podremos ayudar a la regeneración democrática de un país corrupto, afirmando que no hay mayor energía de justicia y transparencia social que el salario justo y el trabajo decente.

Podremos denunciar las leyes represivas y las actuaciones policiales que intentan convertir la disidencia política en un problema de orden público.

Podremos generar dinámicas de convergencia sin renunciar a la palabra izquierda, para que la indignación justa no desemboque en un populismo enemistado con las garantías democráticas o con las reivindicaciones de un movimiento obrero con conciencia de clase.

Podremos sentarnos a hablar con los demás, comprendiendo que no se trata de devorar o de ser devorados, que ni siquiera se trata de tolerar las diferencias del otro, sino de enriquecernos mutuamente con nuestras sensibilidades distintas.

Podremos pensar en el futuro y transformarnos sin decretar el olvido sobre nosotros mismos y sin llegar a creer que los cambios de ciclo son algo así como una renuncia a la memoria o como una invención del mar Mediterráneo.

Podremos asumir con honor nuestras derrotas para no darnos por perdidos.