El desierto de las mentiras

02 Oct 2011
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El descrédito de la política se debe en buena parte al sentimiento de mentira que domina la vida pública y las decisiones individuales. El relato de la emancipación humana, esa búsqueda inacabada de dignidad y justicia, necesita un compromiso de sinceridad. Contar no puede confundirse con mentir, ser cómplices de una farsa que convierte la representación en simulacro, el análisis del presente en enmascaramiento de la realidad y de los rostros del poder, las decisiones personales en una invitación a la hipocresía, al rencor, el cinismo o la renuncia. Empecemos por no mentir, por hacer compatibles la voluntad del relato y la conciencia crítica.

Una vez asumida la responsabilidad del comisario político capaz de justificar los crímenes en nombre de un sueño, analicemos la rutina de una degradación democrática basada en la mentira. Los debates políticos entre el Gobierno y la oposición insisten hasta el hartazgo en unos papeles bien definidos. Da igual quien ocupe la casilla número uno o número dos en las declaraciones del bipartidismo. La oposición no analiza la realidad, sino que elige titulares y manipula datos para hacer culpable de todo lo que ocurre al Gobierno. La crisis mundial, los problemas que afectan a un sistema, las carencias de un orden económico que desborda las fronteras, se resuelven en el odio a un presidente de Gobierno concreto. Al mismo tiempo, la crítica feroz se escuda en una falta absoluta de propuestas. Los líderes agresivos aprenden de la invisibilidad de los poderes económicos. Aunque sean muy aparatosos en sus denuncias, se hacen invisibles en sus propuestas. Se trata de encubrir que cuando gobiernen asumirán, multiplicadas por la ideología y justificadas en la herencia del pasado, las mismas políticas que ahora denuncian.

Los defensores del Gobierno, por su parte, asumen pocas responsabilidades en las decisiones. Hablan de la realidad, de Europa y los mercados como si se tratase de verdades divinas y no de ámbitos coyunturales conformados según unas reglas políticas y susceptibles de transformación. Atemorizan, además, a los ciudadanos con la llegada al poder de sus adversarios, anunciando como catástrofes una serie de medidas, recortes y hábitos sociales que ellos mismos han empleado en su mandato. La función de esta mecánica descansa en el rencor, y sus consecuencias nos llevan a un dominio general de la mentira. El ciudadano no es convocado a votar para defender un proyecto propio, una ilusión, un deseo sincero. Ya sabe que las promesas no se cumplen. Vota por rencor, por miedo al que viene o por odio al que está. Las elecciones no significan el hallazgo de un líder con el que identificarse, sino la búsqueda de un culpable.

Nuestro voto es así una mentira, igual que la mayoría de nuestros debates políticos. El esfuerzo de sinceridad individual se ve muy limitado por los planteamientos iniciales que imponen las manipulaciones populistas y los instintos rencorosos. Conducen a la mentira, a la invisibilidad de los verdaderos problemas, las polémicas que centran las carencias de la educación en la pereza de los profesores, la deuda del Estado en el derroche de las inversiones sociales, la precariedad laboral en los errores de los sindicatos, el paro en el absentismo de los trabajadores y la crisis en la ambición mercantil de los individuos. El populismo mentiroso salva a los culpables criminalizando a las víctimas. ¿Hay errores? Por supuesto, pero esos errores no son la causa del desastre.

Si miramos a la política internacional, el imperio de la mentira es también desolador. Un mundo globalizado que no cuenta con un derecho internacional democrático es el escenario propicio para las grandes mentiras. ¿Hasta cuándo soportaremos las mentiras sobre Libia, Siria, Afganistán, el cuerno de África, Sáhara o Israel? La tragedia de Palestina no deja de ser un síntoma perverso de la gran mentira que somos. El dolor de las víctimas de los campos de concentración y del nazismo, en vez de reivindicar una memoria de la solidaridad, es utilizado por algunos dirigentes para justificar un nuevo genocidio con el apoyo de la hipocresía occidental.

Seamos sinceros. Los secretos de Estado, las mentiras políticas y el voto por rencor se parecen en algo: liquidan la soberanía cívica.


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