Opinion · La realidad y el deseo

Los ojos de la gente

Esta noche empieza la campaña electoral. Mañana no será otro día.

La política debe mirarnos a los ojos. Y la gente debe sostener la mirada de la política.

Son ideas que rondan la cabeza, y la mano cuando se pone a escribir, y los labios cuando entablan una conversación o participan en un mitin, y las piernas cuando van de un sitio a otro. Porque el activismo supone que las ideas salgan de nosotros mismos por piernas.

La política debe mirar a los ojos de la gente. Y es que la política está privatizada. Más que por la rutina parlamentaria, la política oficial se ha separado de la vida real por un proceso de privatizaciones. Conviene tenerlo en cuenta. No sólo se privatiza un hospital, o una universidad, o una compañía telefónica, o las energías de un país, o el agua de una comunidad. También se privatiza la política.

Al fin y al cabo la política es el ejercicio del bien común. Y se trata de eso, de convertir en negocio el bien común. Los grandes partidos se privatizan y luego aprueban leyes domadas y cambian constituciones al servicio de las élites económicas. La soberanía se recalifica, se parcela, se vende.

Por eso son tan importantes las elecciones municipales. No, no se puede empezar la casa por el tejado. La soberanía de los ciudadanos no ha llegado nunca a Europa. La soberanía ya no está en los parlamentos nacionales. La soberanía necesita encontrarse a sí misma y reconocerse en la esquina de una calle. La soberanía necesita volver a sí misma en el ámbito de una mirada.

Hablamos de la raíz humana de la democracia. Ahora vivimos la inercia de una Europa neoliberal construida de forma carroñera por la economía especulativa. Ha contado con la complicidad de los partidos conservadores y socialdemócratas. Europa da órdenes a los gobiernos nacionales, los gobiernos marcan los presupuestos de sus regiones, sus comunidades autónomas o sus estados. Y las regiones fijan el día a día de los ayuntamientos. La soberanía expropiada se esconde en los escombros de una política hueca y las privatizaciones entran así en los domicilios de la vecindad.

Que la política mire a los ojos de la gente significa poner las cosas del revés. En la esquina de una calle, el vecino debe mirar a los representantes de su ayuntamiento. La mirada irá de abajo a arriba, subirá de los municipios hacia las Comunidades Autónomas, los gobiernos nacionales y Europa. La mirada entrará entonces en los despachos de las élites a exigir cuentas y poner orden en su avaricia a través de las leyes.

Que la política mire a los ojos de la gente supone un proceso de nacionalización de aquello que estaba privatizado.

Conviene entonces que la gente sostenga la mirada. Esta noche empieza la campaña electoral, pero mañana no será otro día. Los políticos prometen, tienen ocurrencias, convierten incluso sus palabras en una rifa de soluciones para los unos y las otras. Pero es la movilización diaria de la gente la que impulsa, da energía y obliga resolver los problemas de forma justa. Las promesas políticas no deben servir para desmovilizar a la gente. Sustituir el tiempo de las movilizaciones por el tiempo electoral es otro modo de caer en la privatización de la política.

La decisión política resultará importante siempre que no suponga un corte en el tiempo de la movilización. La soberanía vive en el espacio que va de ayer a hoy después de un proceso electoral, en el modo de hacer presente la mirada de la vecindad en las instituciones. Los políticos están obligados a abrir las ventanas de esas instituciones para que dejen de oler a cerrado. El aire de la calle debe mirarlo todo y convertirse en viento cuando haga falta mover las cortinas y revolver papeles.

Por eso hace falta que la política nos mire a los ojos. Por eso hace falta que la gente sostenga la mirada de la política.