Compañero cardenal

11 Jul 2010
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Bien está. El Gobierno de Cuba va a excarcelar a un número importante de presos políticos. Para los que estamos en contra de cualquier violación de los derechos humanos, para los que pensamos que la izquierda es hoy inseparable de la defensa y la profundización radical en la democracia, se trata de una buena noticia. Pero me amarga la alegría el hecho de que la liberación se deba a unas negociaciones protagonizadas por el cardenal Jaime Ortega.

Desde hace años, me unen más al Gobierno de Cuba sus enemigos que sus amigos. Resulta cínico que el imperialismo norteamericano, entre agresiones económicas y políticas, exija democracia en Cuba. No creo que esté legitimado para pedir nada quien viola regularmente el derecho internacional, urde conspiraciones golpistas y desata guerras en favor de intereses económicos. Tampoco son muy convincentes los que identifican la palabra democracia con los mercados financieros, y confunden la libertad con el desamparo cívico y la ley del más fuerte en la selva capitalista.

No me gusta, además, mezclarme con los que piden democracia en Cuba y guardan silencio cuando se producen violaciones de derechos humanos en otros territorios de África, Hispanoamérica o Europa. Eso de criticar los crímenes del enemigo ideológico y hacer la vista gorda ante los desmanes del aliado, es una práctica indecente de muchos sectores mediáticos y políticos. Por eso no me mezclo con algunas conciencias indignadas. Prefiero protestar por mi cuenta.

Y, por mi cuenta, confieso que desde hace años discuto sobre el Gobierno cubano con sus amigos apasionados. Si me faltaba algo, ahora llega el compañero cardenal Jaime Ortega, libertador de presos políticos.

Los que no se permiten una crítica a Cuba suelen ser neocolonialistas o estalinistas. Llamo neocolonialismo mental a ese proceso por el que uno llega a considerar legítimo en un país lejano lo que sería inaceptable en el propio. Muchos de los comentaristas que van a utilizar libremente internet para leer mi artículo y acusarme de siervo del capitalismo por criticar a Cuba, ni siquiera se plantearán la contradicción de defender a un régimen en el que el acceso a internet no es libre, y en el que un comentario airado puede conducirte a la cárcel.

Otros lectores sí se plantearán la contradicción, pero la resolverán pensando que la libertad, ya se sabe, es un empalagoso y molesto valor burgués. El estalinismo sigue vivo. La marginalidad actual de la izquierda ayuda a fomentarlo. Es lógico que la derecha utilice la crueldad del estalinismo para desacreditar a todo el movimiento comunista, pero no deja de ser una broma macabra que la mayor especialidad estalinista sea desde sus orígenes la persecución de otros comunistas. También en Cuba. El estalinismo de hoy pierde poco tiempo combatiendo a la derecha. Su enemigo declarado es el pensamiento de izquierdas que no observa disciplinadamente los dogmas puros de su credo y el uso particular y monolítico del poder. Prefiero no mezclarme con los que defienden a Cuba por puro estalinismo. La historia ya ha demostrado que sin libertad cualquier proceso está llamado a envenenarse por dentro.

La situación cubana es compleja. Conozco castristas dentro y fuera de Cuba, anticastristas dentro y fuera, castristas dentro con hijos fuera, hijos castristas con padres y hermanos exiliados. Un sinfín de casos familiares está generando mucho dolor personal. Merece la pena ser prudentes y claros a la hora de defender o atacar. Los que rechazamos con claridad la existencia de presos políticos en cualquier país del mundo, recibimos con alegría la liberación de los disidentes cubanos. ¿Pero por qué la mediación de la Iglesia, institución complicada en la mayoría de las violaciones de los derechos humanos a lo largo de la historia? Si se trata de buscar interlocutores del país, para que no parezca que se cede a presiones extranjeras, más digno sería hablar con los propios disidentes políticos.

Me deprime el protagonismo del compañero cardenal Jaime Ortega. Su Iglesia tiene poco que decirme en la búsqueda necesaria de una nueva sociedad, al margen de los dogmas capitalistas (que también los hay). En medio de la desorientación actual de cualquier pensamiento honrado, sólo de una cosa estoy seguro: si el porvenir, además de largo, quiere ser justo, debe alejarse para siempre de los altares.


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