El orgasmo constitucional

08 Nov 2012
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Hay que estar orgullosos de la victoria que los colectivos de gays y lesbianas han obtenido en la reivindicación de su derecho al matrimonio. Es uno de los pocos esfuerzos cívicos que se han producido en los últimos años para defender la idea de un Estado justo, mientras dominaban los ataques más feroces de la derecha neoliberal contra la democracia y se extendía el descrédito sobre la gestión pública, las organizaciones sociales y la política. Al esforzarse en que su sexualidad forme parte de las leyes del Estado en pie de igualdad con los matrimonios heterosexuales, los gays y lesbianas dieron una lección muy importante para todos: la libertad está dentro del Estado.

Uno de los primeros esfuerzos del pensamiento ilustrado fue explicar que el mundo no significa un orden, una fatalidad recibida por mandato divino (o financiero, podemos añadir ahora). La organización de la convivencia sólo depende de las leyes humanas. Asumir esta verdad supuso que el matrimonio dejase de ser un sacramento para convertirse en un contrato, un medio de equilibrar los intereses de la sociedad y las llamadas de la naturaleza, las leyes y los orgasmos. Así lo estudió Foucault en su Historia de la sexualidad, libro en el que hubiera podido utilizar como ejemplo la defensa del divorcio que hizo Francisco de Cabarrús en sus Cartas. Pero Cabarrús había tenido la mala idea de cambiar su patria francesa por la española, y la cultura de España tuvo poco prestigio en la Ilustración europea. Permítaseme este recuerdo como un brindis de melancolía, porque después de unos pocos años de luz parece que la ciencia, las letras y la educación españolas vuelven a las sombras de forma precipitada.

La lucha por una normalidad justa y equilibrada es un proyecto social de mucho más calado que la santificación de la anormalidad y las leyendas de los márgenes rebeldes. La libertad está dentro del Estado, porque los seres humanos se definen como personas en sociedad, porque son siempre sociales las diversas definiciones históricas de la individualidad y porque sólo en un marco público justo y respetuoso pueden desarrollarse con bien las múltiples singularidades de los ciudadanos. Hacer de la libertad un concepto social supone responsabilizar a la misma libertad de la convivencia, responsabilizar al Estado de los derechos de los ciudadanos.

La lección de los gays y lesbianas va más allá de la simple defensa de un derecho personal. En su reivindicación hay implícita una defensa del Estado, algo significativo en un tiempo en el que los poderes financieros atacan a la democracia, adelgazan los controles públicos e imponen la mentalidad del más fuerte, la soledad criminalizada de la víctima, el sálvese quien pueda y el cada uno a lo suyo. Fotografiar los besos en la boca delante de un juzgado matiza además la defensa del espacio público y la conduce hasta la transparencia, más allá de la oscuridad y la hipocresía, allí donde las leyes pueden coincidir con la vida cotidiana de los ciudadanos.

En España, país frailuno y por tanto hipócrita, conviene defender al Estado desde las sábanas y los orgasmos. Y no sólo por el pensamiento tradicionalista y clerical, que siempre necesitó hundir lo público para defender sus privilegios, sino también por algunas formas de innovación que a veces se extienden, muy orgullosas ellas de estar inventando el Mediterráneo, pero repitiendo en el fondo viejas querellas que han marcado los debates políticos desde el siglo XIX. El panorama de corrupción, mentira y estructuras cupulares que domina la vida oficial ha facilitado el desprestigio del Estado, el lema de que todos son iguales, la idea de que votar no sirve, el descrédito de la política y el parlamento.

Estas consignas disfrazadas de rebeldía, que han sido los mejores aliados del pensamiento reaccionario español a lo largo del siglo XX, vuelven a llenar las discusiones de debates falsos. ¡Es que no hay que estar en el parlamento, sino en la calle! ¿Pero quién nos ha dicho que no se pueda estar a la vez en el parlamento y en la calle? Nos lo dicen los políticos que se olvidan de la calle y utilizan a la demagogia callejera para descalificar otra política que puede acabar con ellos, la política que esté al mismo tiempo en una almohada y en un registro civil, en un deseo propio y en un marco de convivencia, en un desnudo y en una ilusión colectiva.

Los colectivos de gays y lesbianas han dado una lección. Su esfuerzo representa un ejemplo importante en los últimos años para impedir que el neoliberalismo acabe con el sueño de un relato que es necesario rescribir: la Ilustración. La libertad es el Estado justo. ¿Quiere usted formar parte de una comunidad? ¿Quiere contribuir a la edificación de una comunidad que respete a todos sus individuos? Sí, quiero.


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