La conciencia es una pensión incómoda

04 Abr 2010
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La conciencia no es un hotel de lujo, sino una pensión incómoda en la que uno no puede quedarse dormido. Está situada, además, al lado de cualquier frontera.

Como somos una sociedad de consumo, nos gusta llenar el carro del supermercado con las ofertas de la semana y las páginas de los periódicos con los escándalos y las polémicas de la actualidad. Consumimos escándalos igual que se consume una caja de galletas. La costumbre en España es que, se trate de lo que se trate, corramos a integrarnos en una bandería. Los toros, la posible exhumación de los restos de un poeta, las actuaciones de un juez, la situación en Cuba, la salida de la cárcel de un preso, la política antiterrorista o las tramas de los corruptos generan siempre una discusión a dos bandas y con afirmaciones tajantes.

Resulta muy difícil matizar, quedarse en tierra de nadie, sin ser acusado de rojo trasnochado o de fascista vendido al capitalismo. La sociedad consumista tiene mucha prisa, y en medio de los dogmas, que son la prisa de las ideas, es difícil matizar, por ejemplo, que uno no siente mucha simpatía por un juez estrella, que entra y sale de la política o de los titulares sin demasiados escrúpulos, pero que es una barbaridad y una grave agresión democrática intentar condenarlo por una prevaricación inexistente. La matización se convierte incluso en un peligro cuando el contrario está dispuesto a manipularte y las dudas sobre una actuación judicial sirven para que, bajo el manto de los muertos del franquismo, una trama indeseable de políticos y negociantes corruptos intente echar humo sobre sus tropelías.

El consumo de opinión procura mantener viva con sus prisas la lógica de las dos Españas. Pero se olvida que Antonio Machado no escribió sus famosos versos (“una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”) para referirse a la derecha y a la izquierda, con la que él siempre se identificó, sino a los turnos de los partidos de la Restauración, a las dos Españas monárquicas de los conservadores y liberales, caras distintas de una misma mentira. Lo que de verdad aprendió Machado es que a la hora de opinar, en la lógica de las banderías, a veces debemos salirnos por la tangente.

Por eso conviene recordar que la conciencia no es un hotel de lujo, sino una pensión incómoda situada en una frontera. Voltaire levantó un castillo en Ferney, justo en la frontera de Francia y Suiza. Cuando despertaba las iras de Luis XV o de los calvinistas ginebrinos podía situar su pensamiento en el lado de la frontera que permitiese su independencia. En una sociedad de poderes mediáticos, hoy han cambiado las cosas para el orgullo intelectual y es excesivo levantar castillos en homenaje a la opinión propia. Más bien la conciencia vive en una pensión. Pero es bueno que siga levantada junto a una frontera.

Ilusión colectiva

Luis Cernuda identificó al poeta con la soledad de un farero. Su búsqueda de la dignidad, de la conciencia individual, le recordaba al farero que sabía vivir aislado, en una torre a las afueras del pueblo, pero con la intención de evitar el naufragio de las ilusiones colectivas. Para embarcarse en una ilusión colectiva, nada resulta más conveniente que aprender a quedarse solo. Ninguna patria, raza, religión, partido, consigna, nostalgia o vanidad puede estar por encima de la propia conciencia. Sólo la claridad de las conciencias individuales sostiene la dignidad de las ilusiones colectivas.

Llegados aquí no faltarán los compañeros de catecismo que piensen en la conciencia individual y en los amparos democráticos como una deformación burguesa. Si tienen tiempo, les aconsejo que lean El invierno de la democracia del politólogo Guy Hermet. La democracia hoy es pura inexistencia, una nostalgia de otro tiempo, y no han acabado con ella los viejos totalitarismos. Ha sido el capitalismo desarrollado como un cáncer, con su capacidad de destruir los espacios públicos y las conciencias individuales, el que le ha dado el tiro de gracia al viejo sueño democrático.

Voltaire se sintió orgulloso de su castillo en Ferney y dijo que iba a durar mil años. La conciencia es una pensión pobre, pero es el único espacio propio que nos queda. No conviene que nos acomodemos en el balneario ancho y ajeno de las banderías.


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