La responsabilidad de la izquierda

22 ago 2013
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Si el pensamiento alternativo quiere dar una respuesta a la crisis social que estamos viviendo, es imprescindible que no se limite a criticar la actuación de las organizaciones de carácter reaccionario. La izquierda debe asumir también sus responsabilidades.

Se ha comparado con frecuencia la situación actual de la política española con la época de la Restauración. Creo que hay muchos aspectos en común y no se reducen a la existencia del sistema bipartidista que favorece la manipulación electoral, la corrupción, el clientelismo en las instituciones y el separatismo entre la España real y la España oficial. Cuando hablamos del descrédito de la política no hacemos otra cosa que aludir a este separatismo.

Hay otra semejanza más profunda. La Restauración surgió como un pacto entre la oligarquía económica y la alta burguesía española del siglo XIX para controlar la formación del Estado liberal de acuerdo con sus intereses. Algo parecido ocurrió en la Transición española después de la muerte de Franco. Si atendemos al fondo del proceso histórico, el conflicto central durante los años 70 no se dio entre los partidarios de la dictadura y de los demócratas. El debate se estableció entre dos ideas posibles de democracia: la que necesitaba una oligarquía económica dispuesta a extender sus negocios en Europa y la defendida por el movimiento obrero, los intelectuales y las fuerzas políticas que intentaban transformar la sociedad. Democracia neoliberal frente a democracia social.

La Transición supuso la victoria de la democracia neoliberal representada por Juan Carlos I el pacificador (de malas conciencias). La llamada reconciliación significó en realidad la perpetuación de la oligarquía del franquismo, que no fue juzgada por su complicidad con una dictadura cruel a cambio de sus concesiones a la democracia social.
La crisis económica y la construcción de una Europa salvaje, a favor de la economía especulativa y sin mecanismos de equilibrio estatal, han acabado con el ciclo de la Transición. La oligarquía desmantela ahora todas sus concesiones y recupera la prepotencia en la legislación laboral y en el control del Estado. La crisis es más cruel en España que en otras democracias europeas porque nuestros oligarcas tienen la sangre azul del Régimen y los ciudadanos carecemos de defensas consolidadas.

Una parte de la izquierda debe asumir sus responsabilidades hacia el pasado en este panorama de crisis. La cúpula del PSOE ha participado durante más de 30 años en el pacto con la oligarquía financiera. Su política, aunque tenga diferencias evidentes con el PP, se ha sometido a los intereses de los bancos, las eléctricas, la privatización y el descrédito de lo público. Resulta patético que dirigentes como Felipe González procuren todavía imponer su autoridad entre los militantes y los votantes socialistas, en vez de pedir perdón por su responsabilidad en una construcción europea y en una democracia española al servicio del neoliberalismo más descarnado.

Izquierda Unidad debe también hacer ejercicio de conciencia. Aunque no falten errores en el pasado, la parte de responsabilidad decisiva está ahora vinculada con el futuro. Se acomodaría al sistema establecido si aceptase un papel marginal, limitándose a celebrar las pequeñas subidas que le depara el desgaste del PSOE. Las situaciones de crisis son graves, pero permiten salidas y justifican socialmente los cambios de sistema.

Una clase media empobrecida y unos sectores populares llevados hasta el extremo de la explotación constituyen realidades fuertes para configurar una nueva mayoría social. La rebeldía necesita construir un nuevo sujeto político capaz de unificar en un frente amplio las respuestas a las agresiones del capitalismo. El sentido común de nuestro inmediato pasado nos dice que este bloque social o frente amplio tiene dos límites: es injustificable la presencia en el nuevo sujeto político de las siglas del PSOE y es imprescindible la presencia de IU. Esa es la responsabilidad de la izquierda hacia el futuro.

Los militantes y votantes socialistas son muy fundamentales para cualquier transformación, pero la cúpula todavía felipista y las siglas del PSOE pertenecen de lleno al sistema de una Transición organizada y controlada por la oligarquía económica. Por el contrario, la presencia de IU responde a su programa político, a su implantación en el Estado y a su historia. Pese a las luchas internas y los abandonos, IU es hoy el mayor exponente de una herencia compartida de militancia en favor de la democracia social y las libertades cívicas. Pero debe estar a la altura de su propio proyecto y no caer en la tentación de convertir el frente amplio en la nueva máscara electoral de una cúpula cerrada a la convergencia, al diálogo y a los mecanismos de participación real que alientan la nueva conciencia política.

Junto a otras organizaciones y plataformas sociales, es responsabilidad de IU animar el proceso y comprender que una parte muy significativa de su posible electorado ya no confunde la democracia real con el populismo, ni la seriedad política con una representación de hombres de aparato que identifican su ideología con su propio cargo o con su autoridad en los controles internos. Más que declaraciones hirientes entre unos y otros, deben buscarse puntos de encuentro que acerquen la política a los ciudadanos y los ciudadanos a la política.

Y no se puede perder más tiempo. La derecha está tomando decisiones de carácter demoledor para la democracia. Más peligrosas que las actitudes fascistas de los jóvenes del PP, son las medidas laborales, sociales y económicas de sus mayores.