La ciencia española

19 Sep 2013
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No empieza el nuevo curso universitario con buen ánimo. Los profesores no sabemos si nuestro trabajo va a dar fruto, si los alumnos que asisten a clase tendrán una oportunidad para cumplir su vocación. El panorama está marcado por una precariedad hiriente. Se reducen las becas, se despueblan los departamentos de profesores, de cada 10 jubilaciones se conserva una plaza y las inversiones bajan hasta el punto de que mantener la suscripción de las revistas supone una hazaña. Si alguna vez levantamos cabeza, el hueco de estos años en las bibliotecas va a ser tan grande como la quiebra de los equilibrios sociales.

Y lo peor de todo es la falta tajante de reacción de la comunidad universitaria, empezando por sus autoridades. El panorama debiera provocar una movilización seria, que paralizase la Universidad en señal de protesta. Recuerdo las huelgas de los últimos años de la dictadura, y las recuerdo con razón, porque este Gobierno está acelerando la liquidación de los modestos logros conseguido en tres décadas de democracia.

Da la impresión de que en el proyecto nacional que despliega de forma acelerada el PP, la educación pública y la investigación no sólo importan poco, sino que además son una carga molesta. La realidad es que estamos viviendo un nuevo capítulo de las famosas polémicas sobre la ciencia española. La actitud de los gobernantes, con sus recortes abusivos y con la desarticulación del sistema científico e investigador nacional, se parece mucho al pensamiento tradicionalista que a lo largo del siglo XVII decidió sacrificar el progreso de España en nombre de los prejuicios ideológicos y de la conservación de unas minorías privilegiadas, de unas élites incompatibles con el desarrollo moderno del país. La consecuencia fue la desaparición española del panorama científico y técnico de la época.

Masson de Morvilliers publicó a finales del siglo XVIII su famoso artículo sobre España en la Enciclopedia Metódica. ¿Qué debía la ciencia europea a España? Nada, constató, porque nada podía esperarse de un país que necesitaba permiso de los sacerdotes para pensar. El Conde de Floridablanca le encargó a Juan Pablo Forner la defensa de la Monarquía y la ciencia española, pero su Oración apologética fue poco convincente. Tampoco tuvo mucha suerte Menéndez Pelayo cuando quiso, ya en la Restauración, exaltar las aportaciones científicas nacionales frente a las críticas de Echegaray y Azcárate. Él mismo acabó por reconocer que era muy pobre el aporte español.

Cada vez que se ha intentado consolidar un proyecto de Estado moderno en España, su símbolo fue la ampliación de estudios y el apoyo a la ciencia. Por eso resulta tan grave el desprecio actual del Gobierno a la investigación. Ahora no existe la Inquisición (por el momento…), pero sí padecemos apologistas. Los medios de comunicación al servicio del sistema han asumido la tarea de desinformar y ocultar la gravedad de los retrocesos sufridos. Si la renuncia a la educación pública supone un ataque definitivo a los equilibrios democráticos, la renuncia a la ciencia completa el proyecto de un país sin energía propia, sometido a los nuevos colonialismos que están discutiéndose en el tablero internacional. La oligarquía española vuelve a vender a su nación y a sus compatriotas a cambio de conservar los privilegios.

El neofeudalismo del PP diseña un futuro para España volcado en los servicios turísticos. Más que científicos, se busca entre la población camareros y señoras de la limpieza. El trabajo dignifica siempre y todo trabajador merece respeto. Pero no estamos hablando de eso, sino de un Gobierno que piensa en el país como simple lugar de servicios para turistas extranjeros y como un coto privado de caza para sus propias especulaciones y para las escopetas de sus amigos internacionales. Los dividendos ya no dependen de la producción, sino del deterioro sistemático de la vida de la gente.

Que el prestigio de España esté por los suelos, sea en foros políticos o deportivos, es grave, pero importa menos que el futuro precario que se ha configurado para nuestros hijos. Además de quejarnos, la situación exige un examen de conciencia. Masson de Movilliers fijaba las causas del naufragio español no sólo el la Inquisición, sino en el orgullo perezoso de la población y en la nobleza que consideraba la cultura y la instrucción como una afrenta a su jerarquía. ¿Qué hay de todo esto en la España actual? ¿Por qué no somos capaces de dar una respuesta cívica masiva ante el nuevo desmantelamiento del país? ¿Por qué seguimos respetando a los políticos que nos han vendido? La pereza, el orgullo y la superstición han encontrado en el siglo XXI el disfraz de la indiferencia democrática. Pocos rectores, catedráticos y titulares están dando la cara. Y al que levanta la cabeza, intentan cortársela.


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