Hablemos todos de democracia

12 Dic 2010
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El discurso pronunciado por Mario Vargas Llosa con motivo del Premio Nobel, “Elogio de la lectura y la ficción”, ha suscitado muchos comentarios polémicos. Confieso que, como ciudadano de izquierdas, me preocupan menos las ideas de Mario Vargas Llosa que el sentido de algunos de estos comentarios. El escritor actuó como un personaje de sus memorables relatos de Los Jefes. Obsesionado por la pasión del duelo, se dejó llevar a los extremos de sus viejas rivalidades. Entre los recuerdos familiares y literarios del discurso, irrumpió su carácter de intelectual comprometido. El compromiso no es patrimonio de la izquierda y las ideas políticas neoliberales de Vargas Llosa son muy conocidas. No hay que sorprenderse.

En diciembre de 2010, bajo la situación de crisis política que vive el mundo, su defensa de la democracia resulta esquemática e incompleta. No conviene olvidar los matices. Se puede ser crítico con el castrismo, sin identificar la realidad de Cuba con el totalitarismo de Stalin. Se puede ser crítico con Chaves, sin olvidar que el Gobierno venezolano fue elegido democráticamente en las urnas. Y se puede aplicar el adjetivo “payasa” a Nicaragua, pero hay que tener cuidado con Bolivia. Los lectores de El sueño del celta, la excelente última novela de Vargas Llosa, conocemos los horrores que el falso orgullo occidental provoca sobre las poblaciones indígenas. No está de más el respeto democrático a un país como Bolivia. Por primera vez en su historia, intenta dignificar la situación cívica de su población indígena.

Tampoco conviene quedarse cortos en el debate sobre la democracia. Los ciudadanos europeos estamos asistiendo a una pérdida muy peligrosa de soberanía. La autoridad política desaparece bajo el dominio de los mercados financieros. Resulta difícil confiar hoy en la palabra democracia si comparamos los ideales de la tradición ilustrada y republicana con la situación económica, informativa y ecológica de la realidad. Los documentos oficiales advierten de un proceso de acumulación en el que el 10% de la población atesora ya más de la mitad de la riqueza del mundo. Por no ir muy lejos, citemos sólo los informes sobre España realizados por una organización tan poco sospechosa de revolucionaria como Cáritas. La pobreza invade una quinta parte de los hogares y la exclusión social al 17% de la población. Las condiciones de trabajo están tan degradadas que la pobreza no sólo afecta a los desempleados.

Si se trata de defender la igualdad y la libertad, resulta hoy muy incompleto un alegato en favor de las democracias liberales, porque sus pulmones están afectados por una enfermedad mortal. Si se trata de defendernos de las nuevas formas de barbarie, más que legitimar guerras como las desatadas por EEUU contra las armas de destrucción masiva, quizá convenga tomarse en serio La entrada en la barbarie (Trotta, 2007) sobre la que escribió Juan Ramón Capella. El capitalismo, fuera de control, se desarrolla como un cáncer que devora hoy todas las ilusiones democráticas.

Pero no me preocupan tanto las conocidas tesis neoliberales de Mario Vargas Llosa como algunos comentarios suscitados en la izquierda. Vargas Llosa no es un vendido, sino alguien que opina libremente de acuerdo con su conciencia. Y el Nobel no se lo han dado por sus opciones políticas, sino porque tiene una de las obras narrativas más importantes de la literatura contemporánea. Acertado o no, sus ideas suelen granjearle las antipatías que padece un pensamiento libre. ¿A qué responden entonces sus ideas? Entre otras cosas, reaccionan ante un error de la izquierda vieja. Y eso es lo preocupante. En los comentarios contra él, una vez más se han desatado los desprecios a la democracia y a la libertad individual. Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero acaban de publicar El orden del capital (Akal, 2010). A través de consideraciones enjundiosas sobre la teoría del valor en Marx, señalan como uno de los errores más graves de la izquierda el haber abandonado la defensa de la democracia y de la tradición ilustrada en manos de sus adversarios. Tienen razón. La izquierda no puede basarse en la zafiedad intelectual ni en las burocracias dictatoriales, sino en la convicción de que, al margen del Estado social, son imposibles la libertad cívica y la democracia política, económica y ecológica del mundo.


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