Las molestias del turista

06 Feb 2011
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Hay algo de irritante en el enfado o la indiferencia que muestran los turistas sorprendidos por acontecimientos históricos y catástrofes naturales. Regresan a sus casas y siempre hay en el aeropuerto un periodista dispuesto a preguntar. Es difícil oír una voz que se implique de manera solidaria o política en lo sucedido. Las condiciones sociales de los países visitados no entran en su manual de viaje. Se quejan de las molestias provocadas en sus vacaciones, del trato recibido en el hotel, de la falta de cuidados de la Embajada, de las dificultades para salir huyendo, del dinero que las agencias deben devolverles porque en sus cámaras no está la fotografía deseada delante de las Pirámides o de las aguas del Nilo.

Comprendo las razones del miedo en una situación imprevista. Pero me irrita la falta de curiosidad y una lógica, ya casi natural, de no implicación en los sucesos históricos. La imagen del turista ha servido en algunas ocasiones para definir la condición del sujeto contemporáneo. El individuo que mira las cosas desde fuera, sin compromiso personal, dejándose resbalar sobre un tiempo líquido y con una existencia marcada por la movilidad, sin verdaderos arraigos en un mundo propio, casa a la perfección con el cliente típico de los viajes guiados, dispuesto a disfrutar de un Haití sin terremotos o de un Túnez sin revueltas cívicas. Lo más grave es que si nos tomamos en serio este paralelismo, si interpretamos de verdad la indignación del matrimonio joven que protesta en el aeropuerto de Madrid porque los gases lacrimógenos llegaron a entrar por la ventana de su hotel en El Cairo, sentimos que la condición del turista se aplica también a nuestros comportamientos en las naciones y las democracias propias. Más que extranjeros sorprendidos, somos turistas domésticos.

Las protestas del turista se relacionan con los derechos del consumidor. Responden a la lógica de que el cliente siempre tiene razón y a la prepotencia del usted no sabe con quién está hablando. No es extraño que la megafonía interior de nuestros trenes ya no se dirija a los señores viajeros, sino a los señores clientes. Si se mete por medio el orgullo del poder adquisitivo, los altercados propios de un mundo herido y ajeno suponen molestias que deben mirarse por encima del hombro. Porque hemos cambiado los derechos cívicos por los del consumidor. Conforme van deteriorándose nuestros derechos laborales y recortamos las inversiones en los servicios públicos o en los amparos solidarios, se consolida la exigencia del consumidor. Todos somos pequeños banqueros muy conscientes del respeto que se debe a nuestro dinero. Es el respeto que falta para la condición humana y para los derechos cívicos.

Como habitantes de un país, debemos limitarnos a cumplir con “nuestros deberes”. La frase es malintencionada y exacta porque nos convierte en niños, sin más horizonte que el de aprobar las asignaturas fijadas por los mayores, es decir, los mercados financieros. Terminado el tiempo escolar, se nos dan las vacaciones y ejercemos nuestros derechos en hermosos y programados viajes turísticos. Nos indignamos entonces al llevarnos una sorpresa. La condición turística hace que visitemos muchas partes del mundo como si fuesen parques temáticos a nuestro servicio. Por eso lo sucedido en Túnez y en El Cairo ha pillado a los gobiernos de Europa y Estados Unidos tan a contrapié como a sus electores turistas. Allí donde menos lo esperaban hizo acto de presencia algo que estaba desapareciendo en las plazas del Occidente: la ciudadanía, la pasión y el riesgo democrático. Resulta que estos países no son parques temáticos, ni pozos de terroristas que necesitan un dictador bondadoso para contener su irresistible voluntad de matar. Su ciudadanía ha salido a la calle para exigir reformas democráticas y una economía menos miserable y más digna que la santificada para ellos por el
Fondo Monetario Internacional.

Una edición reciente de las Cartas luteranas (editorial Trotta) de Pasolini me ha recordado su combativo desprecio por las personas “demasiado conscientes de sus derechos”. Criticaba la deriva capitalista en la Italia de los años setenta. Los verdaderos derechos cívicos eran sustituidos por las exigencias del consumidor. Esas exigencias me hacen irritantes las declaraciones de algunos turistas al regreso de sus encuentros con una historia civil.


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