En situaciones de crisis internacional conviene recordar el derecho de los países a tener un problema particular. La creación de una comunidad no puede basarse en el olvido de las individualidades, sino en el apoyo de la convivencia. El problema más importante de España es el paro. Lo natural sería que todas las medidas estuviesen destinadas de forma urgente a generar empleo y a evitar la pérdida de puestos de trabajo. Pero está ocurriendo lo contrario. Se invoca la tragedia del desempleo para adoptar decisiones que apagan la economía productiva y el consumo. España es víctima de una paradoja: se aumenta el paro en nombre de la lucha contra el desempleo.
Soportamos reformas que sirven para despedir trabajadores con facilidad, cambios institucionales que desembocan en el despido de funcionarios, recortes en las inversiones públicas que paralizan la creación de nuevos puestos de trabajo y ahorros tajantes en servicios sociales que suponen la no renovación de contratos. La lucha contra el paro está dejando en la calle a muchos trabajadores.
Un disparate así sólo puede tener una explicación: tomamos medidas según la conveniencia de otros. Empieza a ser razonable la sospecha de que en Europa se han impuesto una economía y unas relaciones políticas de carácter imperialista al servicio de Alemania. Entre la metrópoli y sus países dependientes funcionan ya códigos de dominio muy parecidos a los que Moscú estableció con los países del Este o Washington con algunos gobiernos títeres de Latinoamérica.
Este proceso no es una sorpresa. Mientras se nos pedía con demasiada imprudencia que aprobásemos falsas constituciones europeas, hubo voces críticas que denunciaron el disparate de crear una Europa sin Estado. Los partidos socialdemócratas dieron su consentimiento a inercias que los condenaban a la inutilidad. El derecho a un puesto de trabajo se cambió por el derecho a buscar trabajo. Los servicios públicos se supeditaron a que no hubiese empresas privadas dispuestas a hacerse cargo del negocio. El poder político, la soberanía ciudadana y el Parlamento se convirtieron en una farsa. Ahora sufrimos las consecuencias. Como si regresásemos a los tiempos del despotismo, por encima de ciudadanos y de parlamentos, una líder alemana refunda Europa. El papel otorgado a Francia parece más una ayuda electoral a Sarkozy que un pacto real de fuerzas.
El paro ocupa un lugar menor en este panorama de refundación neoliberal y de desmantelamiento del Estado. El papel de nuestros dirigentes se limita a cumplir los deberes impuestos por el capitalismo alemán. Basta con el sentido común para comprender que las medidas adoptadas hasta ahora sólo han servido para generar desempleo. Apostar por la flexibilidad laboral es confundir el papel de los empresarios. Parece que deberían ser hermanas de la caridad dispuestas a contratar más si el mercado no se lo impidiese. Pero no es verdad. Los empresarios crean trabajo cuando tienen posibilidades de ganar dinero. El papel del Estado consiste en facilitar sus negocios y en evitar que lo hagan a costa de una explotación injusta de los demás. Ni los recortes en las inversiones públicas, ni la degradación de los derechos laborales, ni el deterioro de la presión fiscal, sirven para crear empleo. Los puestos de trabajo, la viabilidad de las pequeñas y medianas empresas y la energía social dependen del consumo y de la economía productiva, precisamente los factores que se han sacrificado en el altar de la especulación.
Para que el dueño de un bar contrate a un camarero hacen falta dos cosas: primero, que aumente la clientela; después, que no pueda obligar al camarero que ya tiene, con amenaza de despido, a desempeñar por el mismo sueldo el trabajo de dos. Las medidas que se han tomado van en la dirección contraria. Hoy la gente tiene miedo a consumir y a ser despedida.
La renovación de la izquierda necesita algo más que una recolocación de dirigentes. Si el PSOE no quiere perder también las elecciones andaluzas, debería apresurarse a cambiar de política y a explicar a los votantes que han comprendido que España tiene un problema particular, el paro, y que va a solucionarlo, aunque eso suponga discutir en serio de política con la derecha neoliberal española y alemana.
Como es lógico, la interpretación de los resultados electorales depende mucho de los intereses de cada cual. Por eso conviene que cada cual tenga cuidado con sus decisiones, no vaya a leer y analizar los datos según los intereses de otro. Después de la mayoría absolutísima del PP, la cúpula empresarial, los especuladores consultados y los líderes del neoliberalismo europeo se dan prisa en pedirle a Mariano Rajoy que utilice su fuerte respaldo en las urnas para imponer reformas inmediatas. El masivo apoyo y sus 186 diputados suponen algo así como un cheque en blanco para acelerar las renuncias estatales, los recortes y los cambios en la legislación laboral que exigen los mercados.
Como los españoles han votado una opción neoliberal, parece que van a arrimar el hombro y a asumir con su empobrecimiento gustoso este tipo de medidas. Esa es una interpretación. Pero también son posibles otras. Mis humildes ojos, por ejemplo, no están dispuestos a leer e interpretar los resultados de acuerdo con los intereses de la banca. Tampoco estoy dispuesto a utilizar el nombre de España o de Europa para olvidarme de la diferencia real que existe entre la mayoría de los ciudadanos y las apetencias de los grandes protagonistas de la economía especulativa. ¿Para qué piden mi apoyo?
Es verdad que el PP ha obtenido 186 diputados. No es verdad que haya conseguido un apoyo masivo, ni siquiera mayoritario, de los españoles. En unas elecciones en las que ha participado el 71,69 % del censo electoral, la candidatura de Mariano Rajoy ha obtenido el 44,62 %. Eso significa que, si dejamos a un lado la hojarasca de una ingeniería electoral manipuladora, de los 34.301.332 votos posibles, el PP ha conseguido 10.830.639, muchos votos, pero desde luego no una mayoría absoluta o un respaldo masivo. En realidad, le faltan casi un millón de votos para conseguir un tercio de las simpatías del electorado español. En otras palabras, casi un 70% de los españoles han preferido por diversos motivos no apoyar al PP.
Les doy el latazo con estos datos para justificar mis preocupaciones. Puede parecer una locura afirmar, después de los gritos de victoria absoluta conseguida por el PP, que uno de los peligros más graves que tiene hoy España es el definitivo descrédito de la política y la democracia. No sé si con menos de un tercio del voto real tiene mucho sentido insistir en el papel todopoderoso de un Gobierno fuerte para tomar cualquier tipo de medidas. Su crédito, desde luego, no va a sustentarse en la confianza ciega de los ciudadanos. Será difícil que la gente trague con ruedas de molino por amor a su patria y a su presidente. Supongo que los poderes reales, en esta situación, no están preocupados por convencer, sino por derrotar a la gente en la calle.
Las medidas que tomará el PP en nombre de este falso respaldo masivo abrirán todavía más la brecha entre la España oficial y la España real. El desprestigio de la política se multiplicará en la medida en que se empobrezca la vida de los ciudadanos. Y las declaraciones gubernamentales estarán cada vez más lejos de la experiencia concreta de las personas. Muchos pescadores y pescadoras populistas querrán sacar partido demagógico en este río revuelto, deteriorando el verdadero debate político de nuestra democracia. Cuidado con los rencores.
Es bueno tenerlo en cuenta porque se abre ahora en los partidos y en los sindicatos un tiempo de debate. Congresos, asambleas, direcciones, comités y conciliábulos deberán meditar tácticas y estrategias. Lo que de verdad está en juego en cada organización es decidir si sólo se trata de recolocarse en el ámbito de la España oficial o si se prefiere abrir cauces políticos de futuro con la España real. Mientras la brecha se abre, será necesario elegir bando. Para recolocarse, bastará con una farsa que mantenga los dominios y repartos establecidos. Para apostar por la España real, será necesario cambiar las políticas, las actitudes y hasta los rostros. Las interpretaciones de los resultados electorales tendrán resultados políticos como ya lo han tenido las malas interpretaciones de las encuestas. Desempolvar a Felipe González ha sido uno de los mayores errores del PSOE. No sé si les conviene seguir desempolvando.
Buenos Aires es una ciudad tan viva y con tanto presente que a los viajeros les resulta difícil salir de ella y visitar otros lugares de Argentina. En cada visita es necesario establecer una disciplinada voluntad de conocimiento y guardarse 2 ó 3 días en la agenda para dedicárselos a otras provincias del país. Esa voluntad me condujo hace unos años a Salta. En su Museo de Arqueología me sorprendió uno de los ataques de cólera y desolación más graves que he sufrido en la vida.
Se conservan allí tres momias de asombrosa perfección. Una adolescente de 15 años, un niño de 7 y una niña de 6 duermen en su urna el sueño de la muerte y el frío. Parece ser que hace muchos siglos iniciaron un viaje desde Perú y caminaron por la cordillera de los Andes hasta llegar al cerro de Llullaillaco, situado entre la provincia argentina de Salta y la chilena de Antofagasta. Los sacerdotes incas los condujeron hasta allí y los enterraron en nieve, emborrachándolos con chicha para suavizar el proceso de congelación. Víctimas y verdugos cumplieron con un sacrificio ritual en honor de sus dioses. Los viajeros pueden ver los cuerpos en un conmovedor estado de conservación, con sus pequeñas sandalias, sus pies, sus trenzas, sus juguetes y sus rostros condenados al abismo del tiempo. Confieso que ante ellos desapareció en mí el interés arqueológico. El miedo de aquellos niños enterrados en vida formó entonces parte de mi presente, de mi indignación contra todos los dioses crueles y sus siervos. El relato de la historia es un presente perpetuo para los valores de la ética. Cualquier víctima, en cualquier tiempo y en cualquier lugar, nos interpela. Cualquier deseo de emancipación, también.
Confieso que he sentido una cólera y una desolación parecidas ante la impunidad con la que los especuladores han dispuesto el sacrificio de la democracia en el altar de la usura y la avaricia. Hace unas semanas los mercados se atrevieron a convocar antes de tiempo elecciones generales en España. Hace unos días no necesitaron ni convocar elecciones para decidir los gobiernos de Grecia e Italia. Queda por ver el paso que darán mañana si los ciudadanos no se atreven a optar por la rebeldía. El poder de los dioses y sus sacerdotes depende de la congelación de nuestros valores. ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar? Esa pregunta se puede formular de otra manera: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar nosotros?
La memoria es en estos tiempos de descrédito un recurso imprescindible a la hora de defender el relato humano de la emancipación. Para pensar en el futuro a largo plazo no conviene quedarnos a solas con el porvenir inmediato. Las desventuras del siglo XX cuestionaron una versión lineal del tiempo como la raya continua que nos lleva al progreso. Debemos cuidarnos de ese ideal productivo que conduce a la contaminación de la naturaleza y de las ideas, a la bomba atómica o a los campos de concentración. Los comisarios políticos no hablan sobre el futuro, sino desde el futuro. Sintiéndose los dueños del tiempo, indican a los demás el único camino a seguir, imponen su orden. Los valores de la conciencia humana se sacrifican así a la lógica terrible de que un fin justifica los medios.
Para reivindicar hoy el crédito de la política y el relato de la emancipación humana sin sacrificar la decencia del pensamiento democrático, resulta conveniente equilibrar el peso de la argumentación entre la memoria y el futuro. No, el fin no justifica los medios. No podemos someternos una y otra vez al ritual de los engaños sacerdotales y las promesas incumplidas. Cuando la memoria se borra, no nos queda la nada, sino la mentira. El olvido es el arma de los que se consideran dueños del futuro. Los valores, la ética y el ejercicio de conciencia son el recurso de los que quieren sentarse a dialogar para tomar decisiones sobre un futuro que no está escrito, porque no es una fatalidad divina o científica, sino una elaboración de los seres humanos.
Contra la melancolía del futuro, ese sentimiento que nos invade cuando hipotecamos nuestro poder de decisión, queda el esfuerzo de una memoria del mañana. Recordemos las luchas, las victorias conseguidas a lo largo de la historia. No hay por qué resignarse a la congelación.
El orgullo ético sirve para romper la parálisis que imponen los sentimientos de culpa y las llamadas despóticas al sacrificio. La poesía de Luis Cernuda se consolidó cuando pudo asumir las consecuencias rebeldes de su orgullo. En un poema titulado A un muchacho andaluz, perteneciente al libro Invocaciones (1934-1935), escribió: “Porque nunca he querido dioses crucificados / Tristes dioses que insultan / Esa tierra ardorosa que te hizo y deshace”. Frente a una sociedad represiva, en la que imperaban la culpa, el luto y las servidumbres del sacrificio, el poeta declaró con orgullo su homosexualidad para cantar la belleza de los cuerpos libres.
Recuerdo los versos de Cernuda porque vivimos un tiempo de dioses crucificados. Mientras el vértigo de la especulación nombra presidentes de Gobierno y anula la soberanía de los ciudadanos, la democracia sacrifica sus valores y renuncia al orgullo político. Los sacerdotes del dinero promueven sentimientos de culpa para que nos acusemos entre nosotros. En vez de buscar una solución común, intentamos separarnos de los castigados por la divinidad. Grecia es culpable, Portugal es culpable, Italia es culpable, España será culpable. Nos están convenciendo de que lo que ocurre hoy en la economía es la consecuencia de haber vivido por encima de nuestras posibilidades.
Cuidado con los sentimientos de culpa porque son la carta más peligrosa que se guardan en la manga los represores. Para no caer en la trampa, conviene diferenciar bien los fallos en la gestión y las causas de la crisis. Hay que matizar y jerarquizar responsabilidades.
Cada vez que se discute sobre recortes en la inversión pública, ya sea en cultura, educación, sanidad o derechos laborales, practicamos el costumbrismo mental de sentirnos culpables por los posibles derroches. Somos sacerdotes de nuestra mala conciencia. Parece que debemos recortar ahora porque hubo unos gestores manirrotos que desperdiciaron el dinero en grandes fastos, medicinas, ordenadores para colegios, obras públicas, ayudas al campo o subsidios a los desempleados. No vayamos con tanta prisa, no nos declaremos culpables antes de tiempo. ¿Ha habido errores de gestión? Por supuesto. Es verdad que se ha disparado con pólvora del rey y se han cometido dislates de nuevos ricos. Fue un error grave subirse en la espuma de los años de bonanza perdiendo la conciencia social y la perspectiva de futuro. En España, por ejemplo, en vez de utilizar las saneadas cuentas del Estado para consolidar el sistema productivo, se redujeron los impuestos, debilitando aún más una fiscalidad tímida. Se generalizaron también algunas prebendas sociales sin diferenciar la situación económica de los ciudadanos. Cuando el Estado favorece a los poderosos, no facilita su solidaridad. Despierta su avaricia.
Hubo, pues, graves errores de gestión. ¿Pero estos errores son la causa de la crisis? ¿Estamos obligados los ciudadanos europeos a sacrificarnos por nuestros errores? No deberíamos enfangarnos en la mala conciencia, porque las causas de la crisis apuntan en otra dirección. Soportamos las consecuencias de un giro económico en el que la especulación y el libre movimiento de capitales han sustituido a la producción de riqueza. Esa es la realidad descarnada. El Estado del bienestar ha funcionado durante años incluso con injusticias, errores de gestión y derroches. Así que las miserias de la catástrofe tienen otros culpables. Un capitalismo especulativo feroz se apodera del mundo sin encontrar un discurso político que sea capaz de enfrentarse a él. Europa podría haber encabezado ese discurso si hubiera intentado convertirse en un Estado real, con política económica y fiscal propia, en vez de en una unión monetaria al servicio de los mercados.
Es un error sacrificar nuestras vidas y nuestros votos al sentimiento de culpa para ponernos en manos de los verdaderos causantes de la crisis: los especuladores y los partidos que defienden el neoliberalismo. Más que hacer los deberes impuestos por los mercados, tengamos el orgullo de regresar a la política. Repitamos con Cernuda que nunca hemos querido dioses crucificados, tristes dioses que insultan esta tierra ardorosa que nos hizo y nos deshace. Pónganse en pie los acusados. Digan que no.
Las leyes electorales manipuladoras generan dinámicas de descrédito de la política y facilitan la separación de la vida real y las representaciones oficiales. Junto a la elaboración injusta de los resultados, la ingeniería electoral provoca con el paso de los años unos sentimientos que acaban convirtiéndose en verdaderos mecanismos del sistema para limitar cualquier tipo de alternativa. Nada más útil que los efectos del rencor y el miedo para la imposición del conformismo electoral.
El rencor es la indignación sin sentido político. Se trata de convertir a un presidente del Gobierno en el culpable de todas las desgracias de la nación. Lo que ocurre en las calles, los hogares, las cuentas de los bancos, las finanzas internacionales y la intimidad de los bolsillos es culpa del malvado presidente. Da igual que situaciones parecidas estén ocurriendo en otros lugares del mundo. Basta con encontrar un chivo expiatorio para cargarle todas las responsabilidades a través de interpretaciones simples y demagógicas, elaboradas a golpes de titular populista.
Las consecuencias de este rencor son inmediatas y ciegas. Se evita un análisis del sistema que es el verdadero responsable, más allá de los errores personales, se convierte cada elección en una venganza y se nos convoca a votar contra alguien. Como el bipartidismo presenta sólo una opción capaz de hacerle daño al Gobierno, el rencor llama al voto útil. ¡Votemos a estos! ¡No son los míos, pero son los únicos que pueden echar a los otros! Así que vamos a cerrar los ojos mientras embestimos.
Una lógica parecida trabaja en los argumentos del miedo. ¡Estos son malos, pero los otros peores! ¡Y son los únicos que podrían suavizarlos! El miedo sin sentido político nos conduce a la ingenuidad. Es otra forma de embestir. Basta con un poco de calma para tomar conciencia de que buena parte de las amenazas anunciadas responden a la misma lógica de las medidas que han despertado el rencor contra el Gobierno. En España, por ejemplo, la derecha da miedo. Pero hay que ser muy ingenuo para olvidar que los futuros recortes en los servicios públicos son la consecuencia inevitable de la política neoliberal asumida por los socialistas.
No deja de ser curioso. A lo largo de una legislatura, el Gobierno socialista pacta con la derecha para hacer una reforma laboral, evitar cualquier cambio en la ley electoral o en la legislación hipotecaria, imponer un neoliberalismo radical y degradar desde una óptica economicista el sentido social de la Constitución. Después de tanta coincidencia, llegan las elecciones y se nos alerta de los graves peligros de la derecha.
El rencor y el miedo son mecanismos de control del sistema. No sitúan la discusión en la búsqueda de alternativas, sino en la lógica rutinaria de las alternancias. El rencor juega con la insatisfacción y el miedo con la incertidumbre, dos sentimientos cada vez más poderosos en una sociedad que recorta derechos individuales, ridiculiza ilusiones colectivas, distribuye soledades, borra compasiones y promueve la inseguridad como factor de humillación. El furor desatado por el grito de sálvese quien pueda no es más que una parte del proceso de doma. La penúltima coz mientras nos colocan la silla de montar.
El votante es convocado a las urnas por rencor o miedo entre los malos y los peores. La defensa de sus propias ideas pierde importancia, queda relegada a la calle. Se produce así un efecto perverso, de carácter espectacular, debido al propio bipartidismo de los medios de comunicación. Los debates políticos, y por tanto las elecciones también, suceden en los medios. Mientras los votantes se quedan en la calle, su voto pertenece al videojuego electoral. No se trata de caer en el error de pensar que el votante mayoritario es tonto o deshonesto, sino de comprender las estrategias que lo convierten en un personaje virtual. En la barra del bar, se enfurece contra los abusos de los unos y los otros. Pero a la hora de votar cumple el rito del rencor y el miedo y vota por los unos o los otros como si las demás opciones no entraran en el argumento del espectáculo.
El descrédito de la política separa de forma grave la vida real y su representación. Las elecciones no son ya una fiesta de la democracia.
Las noticias sobre cultura suelen venir acompañadas estos días de la palabra cierre. Se suspenden festivales, se despiden músicos y bibliotecarios, se apaga la luz de las fundaciones y se niegan ayudas a programas de conferencias. Llueve sobre mojado en los dividendos de las grandes empresas, pero cae un sol implacable sobre la sequía de la educación y la cultura. El panorama es aún más grave después de la bancarización de las cajas de ahorros. Por lo que se refiere a patrimonio y actividades culturales, el Estado sólo llegaba a muchos territorios a través de la obra social de las cajas.
Es verdad que estos recortes llaman menos la atención que el candado en quirófanos y salas de urgencia. Pero merece la pena preocuparse de ellos, aunque sea en voz baja, en medio de la escandalera de la crisis. ¿Qué nos queda a los ciudadanos? Puede resumirse en una palabra: la telebasura.
Dentro del horizonte social ilustrado, la cultura se identificó con el conocimiento y la educación. Los estudios realizados en los últimos años sobre esta materia indican que los europeos identificamos ya cultura con espectáculo. Y el espectáculo no se concibe como propuesta de pensamiento o belleza, sino como un modo de diversión fácil. Filósofos y tertulianos del corazón pertenecen al mismo circo. Pero los filósofos dan la lata y los tertulianos entretienen.
Como la labor intelectual es inseparable de la conciencia crítica, los poderes económicos y políticos más conservadores prefieren invertir en su desprestigio. Han sido frecuentes las campañas de publicidad contra el mundo de la cultura bajo la consigna de que actores, cantantes, cineastas, escritores y músicos viven del pesebre, las subvenciones estatales y los favores del Gobierno socialista. Con un mínimo análisis de la realidad, se comprueba que muchos de los nombres criticados nunca apoyaron al PSOE y que la parte más significativa de la llamada ceja necesitaba pocas subvenciones públicas debido a su éxito profesional. Las ayudas o los recortes en cultura afectan más a los artistas jóvenes que a los consagrados.
Las fundaciones y los foros culturales han jugado un significativo papel de intermediación. Al desaparecer este tejido de articulación cívica, los individuos quedan sometidos a la farsa populista del poder. El éxito de las campañas contra la cultura, en las que la derecha ha contado con el apoyo furibundo de algunas voces izquierdistas, es un síntoma que va más allá de las tácticas coyunturales del partido conservador. Se relaciona con un descrédito interesado de los políticos y los intelectuales. Es grave para la democracia que se pretenda ridiculizar el apoyo público y libre a una opción política. Y es grave para la sociedad que se desprecie la inteligencia. ¿Qué se habrán creído estos?, ¿es que son más importantes que yo?, preguntan los devotos de la telebasura. Ningún ser humano es más importante que otro. Pero es una trampa confundir la igualdad democrática con el desprecio al estudio, el conocimiento y la reflexión. Los instintos bajos del populismo y las reacciones viscerales no son un buen camino para definir la sociedad. Importan más los argumentos de peso y la lentitud del pensamiento. Desde esta perspectiva sí vale la experiencia del respeto democrático. Conocemos doctores y personajes con fama de cultos que dicen verdaderos disparates, y gente anónima, de sabiduría vital, capaz de enseñarnos a mirar el mundo.
Albert Camus nos avisó de que la zafiedad y la degradación en el tiempo de ocio son tan graves como la precariedad laboral y la falta de libertad. El populismo grotesco de la política dominante, los chistes, las tonterías y los silencios de los candidatos, el papel de las mentiras en las campañas electorales, serían poco efectivos sin ciudadanos acostumbrados a despreciar la cultura, orgullosos de su propio analfabetismo. Este es el horizonte que se cultiva con el cierre de fundaciones, festivales, orquestas y bibliotecas. Se trata de recortes en la capacidad de pensar al margen del populismo dominante.
El compromiso intelectual es doble: dejarse ver con seriedad en la política y dar un poco la lata en el trabajo profesional. La cultura no tiene por qué someterse a las exigencias del entretenimiento facilón.
Mi padre, coronel de infantería, fue destinado a San Sebastián en los primeros años ochenta, cuando la barbarie terrorista vivía uno de sus capítulos más sangrientos. Pasé con él algunas temporadas en los cuarteles de Loyola. El anuncio que hace ETA de su abandono definitivo de las armas es, antes que nada, un motivo de inmensa alegría. Sé que resulta un lujo poder brindar hoy con mi padre. Pero creo razonable pensar que la satisfacción alcanzará a todos los que han sufrido una existencia marcada por la barbarie.
Es angustioso saber que detrás de una esquina espera la bala de un canalla. Pero es más desolador descubrir que una parte significativa de la comunidad cierra los ojos y justifica el asesinato. Cada cual tiene sus debilidades. A mí me resultaba especialmente despreciable la opinión de muchos jóvenes de la burguesía que, en nombre de su identidad, eran capaces de celebrar como un gran acto revolucionario la ejecución de un guardia civil. Con frecuencia las víctimas eran campesinos andaluces o extremeños que habían entrado en el cuerpo para huir de la pobreza.
Brindemos por la Policía y por su trabajo. Brindemos también por los que tomaron conciencia de que el conflicto no podía abordarse sólo con medidas policiales. La política era necesaria para dejar sin apoyo social a los terroristas. Brindemos por la política. Brindemos por la decisión de José Luis Rodríguez Zapatero de abrir públicamente en la pasada legislatura el diálogo con ETA. Cuando las bombas de la T-4 rompieron la tregua, los sectores abertzales del País Vasco debieron admitir que la responsabilidad del conflicto no correspondía a la intransigencia del Estado, sino a la crueldad de una organización violenta que estaba fuera de lugar. El cese de la violencia que no quiso ETA, lo firmó entonces la sociedad civil vasca. Ahora recogemos su fruto. ETA desaparece sin conseguir sus objetivos porque la batalla democrática nunca se produjo en torno a sus objetivos, sino a sus métodos. Por eso era tan importante la tregua civil. No se trataba de dejar de luchar por el independentismo, sino de no matar.
Brindemos por la fortaleza democrática de aquellos que no se plegaron ni a la brutalidad de los asesinos, ni a la degradación de los procedimientos policiales. La denuncia del GAL, la tortura, el asesinato y el terrorismo de Estado ocupa un lugar importante en la historia reciente de la dignidad política de España. Enhorabuena.
Brindemos por los políticos que no quisieron convertir la tragedia y el horror en un negocio electoral. Se han buscado muchos votos en Madrid, Sevilla o Valladolid a través de posturas demagógicas que en realidad entorpecían la solución de los problemas. De ahí la frecuente diferencia de interpretaciones y sensibilidades que se ha dado en la sociedad vasca y en la española. Las discrepancias surgían incluso en el interior de los propios partidos.
La desaparición de la violencia provoca a menudo daños colaterales. Supongo que la profesión de guardaespaldas va a sufrir una crisis seria en Euskadi. No será la única damnificada. La barbarie de ETA ha creado muchas inercias políticas, periodísticas e intelectuales. Ha creado también un partido de maquillado populismo reaccionario. Hubo quien quiso confundir la lucha entre el Estado y la violencia con una guerra entre el nacionalismo español y el vasco. Ahora que ETA abandona las armas, evitemos confundir la memoria con el resentimiento. A una parte de la caverna no debe costarle trabajo. Durante años ha homenajeado sin escrúpulos a los golpistas de 1936. Algunas calles de España llevan todavía el nombre de verdaderos asesinos en serie.
Respetemos el dolor de las víctimas. Pero tengamos claro que las víctimas tienen derecho a la solidaridad, no a decidir desde su sufrimiento las actuaciones judiciales o políticas. El padre de una niña asesinada no es un argumento para reclamar la pena de muerte o la cadena perpetua. El dolor comprensible de las víctimas no puede convertirse en la coartada para denigrar los esfuerzos legítimos que intentan darle sentido al verbo convivir y a la palabra justicia.
Brindemos, sobre todo, por la víctima que ya no se producirá. Y con mis amigos, no con el coronel García, brindo por el cese de todas las armas.
El tiempo de descrédito que vivimos -ya nos han contado todos los cuentos, todos los compromisos son una estafa- se alimenta de estrategias sociales que conviene detectar. La abstracción gobierna nuestras vidas como una mala novela sin relato y la lectura se convierte en un ejercicio insoportable. El conocimiento de la realidad exige hoy, en la lógica de los mundos virtuales, esforzarse para ver lo invisible, escuchar eso que aspira al silencio y al enmascaramiento, reconocer el sabor ácido de lo que pretende vivir en un territorio insípido y sin responsabilidades éticas, percibir el mal olor de aquello que se esconde bajo la neutralidad higiénica de lo científico y tocar con las manos el efecto carnal de las órdenes sin rostro. Frente a la borradura de las experiencias y el olvido de la historia, se trata de vivir el mundo con los cinco sentidos.
La política sale muy mal parada en las conversaciones furiosas que genera la crisis. El odio se centra en los errores de los políticos o en la estupidez derrochadora de los ciudadanos. Pocas veces surge el nombre del banquero, del especulador, del economista que calcula las estrategias de los fondos de inversiones y los mercados. De vez en cuando, debido a la extensión popular de los debates económicos, aparece en la prensa el nombre de algún estafador o de algún avaricioso que utiliza el dinero público para fijarse sueldos e indemnizaciones millonarias. Pero la situación dominante es la invisibilidad. La moneda de los paraísos fiscales procura no sudar.
El poder ha borrado su rostro, nadie puede levantar los ojos para mirarlo a la cara. Su presencia flota como el entramado abstracto de una corte, el palacio de puertas cerradas donde se toman decisiones al margen de la soberanía civil. Hubo un tiempo en el que los políticos entraban en el palacio, hacían política de palacio frente a la realidad de la calle. La situación de hoy es más espesa. El poder ha dejado en la calle a los políticos para que sean despedazados, para que entretengamos con ellos nuestra furia. Arriba está el trono de la invisibilidad, y abajo los cadáveres de la tragedia, el hambre, la soledad de la gente que sufre, la indefensión, el desempleo, la pérdida de derechos laborales, el descrédito de las convicciones. En medio de tanto escombro humano, parece estar también el cadáver de la política.
No se trata de restarle importancia a los errores de los políticos en las dinámicas sociales. Pero conviene tener clara la perspectiva de la denuncia. Su responsabilidad no apunta a la causa de los problemas, sino a la falta de decisión a la hora de defender a los ciudadanos del ataque planetario de los seres invisibles. Sin valor para enfrentarse a los invasores, han decidido hacerse cómplices de ellos. En la lógica de los turnos y las alternancias, el salvador puede ser incluso más fiel a la invisibilidad que el gobernante castigado. Porque la estrategia de la invisibilidad tiene un segundo efecto. La falta de un rostro concreto contra el que luchar hace que las ilusiones se volatilicen y que la indignación se extienda sin un cauce definido. La crispación envenena y simplifica, el descrédito lo domina todo y se pone en duda hasta el derecho a la compasión que tienen las víctimas. El desdén hacia la política conlleva la criminalización de las víctimas. Quedan limpios los rostros invisibles de los culpables.
Esta estrategia fantasmal de la ausencia necesita que las alternativas sean tan invisibles como los poderes gobernantes. Por eso el crédito de las ilusiones colectivas depende de nuestra capacidad de ver lo que ocurre en la calle y de recordar que hay muchos relatos que han salido bien. El siglo XX no fue sólo horror. Hubo gente que ocupó las plazas, y se sintió despreciada por oponerse al sistema, y conoció la cárcel, la tortura o la muerte. Aunque muchas voces intentaron ridiculizarla como una encarnación de la estupidez o la locura, esa gente consiguió levantar los ejes fundamentales del pensamiento democrático.
Ver lo invisible significa ponerle rostro a los especuladores. Significa también reconocer el trabajo de la gente que, entre los hilos de la invisibilidad, está dignificando hoy la política, la cultura, la solidaridad, la condición humana.
El poeta José de Espronceda, a pesar de su lucidez irónica y su inclinación a mofarse de las mentiras de la sociedad, nunca perdió el instinto de la compasión. Aunque renegaba en la mesa del café de todo sentimiento caritativo, durante las epidemias de cólera morbo que asolaban Madrid, se metía a escondidas en casa de los enfermos para cuidarlos. Lo contó su amigo Ferrer del Río en un ensayo biográfico que ahora reedita Jesús García Sánchez como prólogo a la Poesía Licenciosa (Visor, 2011) del famoso romántico.
El sentido de la rebeldía ante la sociedad injusta es inseparable de una conciencia clara del valor de los cuidados. Pero más allá incluso de la disidencia, los cuidados adquieren una significación decisiva. Fundan la comunidad, hacen posible el sentido de pertenencia. Los desvelos de los amantes, la atención de los padres a los hijos, de los jóvenes a los mayores, de los sanos a los enfermos, crean el espacio común, la razón de la historia compartida. Hay muchos motivos para sospechar del nacionalismo de cualquiera que renuncie a los cuidados. Su patria, más que la respuesta geográfica a la existencia de una comunidad, será la tapadera de los mercaderes, la selva de los avaros.
Cuando la comunidad se enfrenta a una situación de crisis económica recortando de forma precipitada sus inversiones en sanidad y en educación pública, hay efectos negativos obvios. Es una evidencia el enfermo que padece y no puede ser operado porque se cierran los quirófanos. Es una evidencia el niño con dificultades condenado al fracaso y a los márgenes por no contar con la ayuda especial de un profesor. Son una evidencia las enfermedades que no se detectan a tiempo, las aulas masificadas, el desánimo de los profesionales y los dese-
quilibrios entre pobres y ricos.
Pero hay quizás otros efectos, muy dañinos a la larga, que pasan desapercibidos. Los recortes imponen su lección de insolidaridad, crean un discurso antisocial, una pedagogía de las carencias, y no sólo económicas, sino también éticas. Contagian un mensaje de valores recortados, una invitación a desentenderse de los demás. Una comunidad dispuesta a desdeñar los cuidados que sus miembros se merecen genera de forma inevitable individuos llamados a enfrentarse entre sí.
El cuidado, como obligación y como derecho, le da sentido a la palabra nosotros. Quien no merece ser cuidado es alguien que no pertenece a la comunidad. Quien puede desentenderse de la necesidad de cuidar es un descastado o un usurpador del poder, alguien que no responde a los intereses de sus hermanos. Los cuidados tienen siempre un precio, y la capacidad de cuidar, un valor. Darle más importancia al precio que al valor supone deshacer la convivencia por dentro. Si hay que hacer números, si conviene equilibrar los presupuestos, es para someter los precios a los valores, no para recortar los valores en nombre de los precios. Renunciar a los cuidados y negarse a pensar otras posibilidades, otra formar de equilibrar lo que se da y se recibe, lo que se ingresa y se gasta, implica la destrucción ética de la comunidad, el deterioro humano y democrático de una convivencia que no puede tener más sentido que la dominación.
El primer síntoma de la desarticulación social provocado por la crisis fue el racismo, el desprecio a los que habían llegado de fuera, la denuncia del gasto que suponían en sanidad, sus problemas respecto a la educación y la convivencia. Pero el modo en el que tratamos a los demás es un resumen de la forma que tenemos de tratarnos a nosotros mismos. La exclusión desborda ahora sus límites, todos vamos siendo expulsados de la palabra nosotros. Es el segundo síntoma de la crisis, convertirnos a todos en inmigrantes, un concepto que borra la antigua estela romántica del extranjero y nos empuja en propia casa hacia la ley del más fuerte.
No habrá receta económica, ni racionalismo ideológico que nos salve si somos incapaces de sentir compasión por los otros. La compasión es el amor de los necesitados. Y todos lo somos. Basta con mirarse en el espejo, con ver la tristeza de la ropa interior y de los desnudos en la consulta de un médico. Hasta el cuerpo más bello está condenado a la decadencia. ¿De forma digna? Cuidarse no es sólo dejar de fumar.
El descrédito de la política se debe en buena parte al sentimiento de mentira que domina la vida pública y las decisiones individuales. El relato de la emancipación humana, esa búsqueda inacabada de dignidad y justicia, necesita un compromiso de sinceridad. Contar no puede confundirse con mentir, ser cómplices de una farsa que convierte la representación en simulacro, el análisis del presente en enmascaramiento de la realidad y de los rostros del poder, las decisiones personales en una invitación a la hipocresía, al rencor, el cinismo o la renuncia. Empecemos por no mentir, por hacer compatibles la voluntad del relato y la conciencia crítica.
Una vez asumida la responsabilidad del comisario político capaz de justificar los crímenes en nombre de un sueño, analicemos la rutina de una degradación democrática basada en la mentira. Los debates políticos entre el Gobierno y la oposición insisten hasta el hartazgo en unos papeles bien definidos. Da igual quien ocupe la casilla número uno o número dos en las declaraciones del bipartidismo. La oposición no analiza la realidad, sino que elige titulares y manipula datos para hacer culpable de todo lo que ocurre al Gobierno. La crisis mundial, los problemas que afectan a un sistema, las carencias de un orden económico que desborda las fronteras, se resuelven en el odio a un presidente de Gobierno concreto. Al mismo tiempo, la crítica feroz se escuda en una falta absoluta de propuestas. Los líderes agresivos aprenden de la invisibilidad de los poderes económicos. Aunque sean muy aparatosos en sus denuncias, se hacen invisibles en sus propuestas. Se trata de encubrir que cuando gobiernen asumirán, multiplicadas por la ideología y justificadas en la herencia del pasado, las mismas políticas que ahora denuncian.
Los defensores del Gobierno, por su parte, asumen pocas responsabilidades en las decisiones. Hablan de la realidad, de Europa y los mercados como si se tratase de verdades divinas y no de ámbitos coyunturales conformados según unas reglas políticas y susceptibles de transformación. Atemorizan, además, a los ciudadanos con la llegada al poder de sus adversarios, anunciando como catástrofes una serie de medidas, recortes y hábitos sociales que ellos mismos han empleado en su mandato. La función de esta mecánica descansa en el rencor, y sus consecuencias nos llevan a un dominio general de la mentira. El ciudadano no es convocado a votar para defender un proyecto propio, una ilusión, un deseo sincero. Ya sabe que las promesas no se cumplen. Vota por rencor, por miedo al que viene o por odio al que está. Las elecciones no significan el hallazgo de un líder con el que identificarse, sino la búsqueda de un culpable.
Nuestro voto es así una mentira, igual que la mayoría de nuestros debates políticos. El esfuerzo de sinceridad individual se ve muy limitado por los planteamientos iniciales que imponen las manipulaciones populistas y los instintos rencorosos. Conducen a la mentira, a la invisibilidad de los verdaderos problemas, las polémicas que centran las carencias de la educación en la pereza de los profesores, la deuda del Estado en el derroche de las inversiones sociales, la precariedad laboral en los errores de los sindicatos, el paro en el absentismo de los trabajadores y la crisis en la ambición mercantil de los individuos. El populismo mentiroso salva a los culpables criminalizando a las víctimas. ¿Hay errores? Por supuesto, pero esos errores no son la causa del desastre.
Si miramos a la política internacional, el imperio de la mentira es también desolador. Un mundo globalizado que no cuenta con un derecho internacional democrático es el escenario propicio para las grandes mentiras. ¿Hasta cuándo soportaremos las mentiras sobre Libia, Siria, Afganistán, el cuerno de África, Sáhara o Israel? La tragedia de Palestina no deja de ser un síntoma perverso de la gran mentira que somos. El dolor de las víctimas de los campos de concentración y del nazismo, en vez de reivindicar una memoria de la solidaridad, es utilizado por algunos dirigentes para justificar un nuevo genocidio con el apoyo de la hipocresía occidental.
Seamos sinceros. Los secretos de Estado, las mentiras políticas y el voto por rencor se parecen en algo: liquidan la soberanía cívica.