Periodismo en el campo de batalla

11 Jul 2012
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“¿Qué hacía un cuarentón como yo en aquel punto perdido de la volátil frontera turco-siria, comportándose como un colegial ávido de aventuras?” Se lo pregunta Marc Marginedas, enviado especial de El Periódico de Catalunya, en la página 224 de Periodismo en el campo de batalla (RBA), la crónica periodística y personal en la que recoge su experiencia profesional de casi tres lustros “tras el rastro de la yihad”. Se trata de un interesante recorrido que se remonta hasta la guerra civil de Argelia de los noventa y que transcurre por las de Chechenia, Irak, Líbano, Afganistán, y Pakistán para culminar en las que son consecuencia directa de la primavera árabe: Libia y Siria. Todo un exorcismo de la obsesión compulsiva por un Islam en efervescencia y que vive una transición traumática como revulsivo contra años de sometimiento a Occidente.

En Siria, como en muchos otros lugares antes, Marginedas ha corrido riesgos que probablemente no compensan los resultados, por brillantes que sean, pero se supone que es el precio justo a pagar por ser testigo en un conflicto sin reglas ni frentes definidos, en el que cada día son asesinadas decenas de personas, donde la prensa no tiene cobertura legal ni protección diplomática, sin visado ni garantía de que la salida del país vaya a ser tan afortunada como la entrada, donde el periodista es con frecuencia un testigo incómodo al que eliminar. Tal vez por eso, a él, como a tantos de sus compañeros en zonas de guerra, pese a ser conscientes de la necesidad de contar lo que pasa (porque la brutalidad que se ceba en los más débiles se alimenta de la desinformación), le atormenta la duda de si estará haciendo lo correcto y razonable. O de si no habrá llegado el momento de pasar el testigo.

Les contaré una batallita que puede ilustrar este dilema, reflejo de una situación peligrosa, pero que la mayoría de los corresponsales de guerra profesionales encontraría casi rutinaria. Si la traigo a colación es porque la viví con Marc Marginedas y guarda relación con su reflexión en Siria. El 2 de octubre de 1999, pocos días después de que el tándem Yeltsin-Putin comenzase a bombardear Chechenia en una “operación antiterrorista” para despejar el ascenso al poder del antiguo coronel del KGB, un nutrido grupo de periodistas, entre ellos siete españoles (Marc incluido), entrábamos en la república rebelde, desde la vecina Ingushetia y, al poco, éramos recibidos en Grozni por el presidente Aslán Masjádov. Con él estábamos cuando llegó la noticia: las tropas rusas habían atravesado la frontera. “La guerra ha comenzado”, anunciaba el líder independentista. Nos encontrábamos en el lugar adecuado en el momento adecuado.

Los días siguientes, viajamos a puntos diversos del frente, sentimos el ruido y el olor de las bombas, vimos los puestos de avanzada chechenos, entrevistamos a heridos y refugiados y corrimos “riesgos razonables”, segregando adrenalina no tanto por el miedo como por el temor a que nuestra crónica no llegase a la redacción central antes de la hora de cierre.

Lo peor fue que, desde la administración de Masjádov, nos llegó pronto el consejo de que abandonásemos Chechenia con urgencia porque no se podía garantizar ya nuestra seguridad, y no por la guerra sino porque varias bandas de secuestradores planeaban capturarnos para exigir rescate. Eso, la peor pesadilla de un reportero, era entonces la industria más lucrativa en la república caucásica, y privó a ésta del aura heroica del primer y victorioso conflicto con los rusos (1994-96). El aviso no cayó en saco roto y, en dos días, se marcharon todos los periodistas de otras nacionalidades… pero ni uno solo de los siete españoles. Éramos amigos, pero también competidores, y ninguno quería irse si el compañero de un medio rival quedaba atrás. Si eso no era temeridad (o estupidez), se le parecía bastante.

A medida que las advertencias se hacían más acuciantes y que la sensación de peligro crecía, se fue imponiendo la necesidad de poner tierra por medio. Cada noche, votábamos a favor de salir pitando la mañana siguiente pero, llegado el momento, alguno cambiaba de opinión, y el resto se volvía también atrás de forma inmediata. Marc no era de los que tenía más prisa por marcharse. Cuando la amenaza se hizo opresiva, tres o cuatro días después, salimos en bloque, tras sobrepasar el límite de lo razonable. ¿Hicimos lo que debimos? Yo, con 51 años en ese momento, lo dudé tanto o más que Marc en Siria 13 años después.

En aquel grupo de Chechenia había magníficos reporteros de guerra y excelentes personas, como Julio Fuentes, de El Mundo, y Ricardo Ortega, de Antena 3. El primero fue asesinado el 19 de noviembre de 2001 en Afganistán. El segundo murió de dos balazos durante un tiroteo en Puerto Príncipe el 7 de marzo de 2004, aunque no confundían profesionalidad y temeridad. En recuerdo de ambos, Marc, te lo ruego, ten mucho cuidado y la próxima vez piénsatelo dos veces.