La vida exagerada de Eduard Limónov, enemigo de Putin

05 mar 2013
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Emmanuel Carrère, escritor y periodista, nieto de rusos blancos que huyeron de la revolución, ha conseguido con Limónov (Anagrama) el Prix des Prix 2011 a la obra más destacada entre las que ganan los ocho premios literarios más importantes de Francia. Se trata de una biografía novelada o novela de la realidad con evocaciones de A sangre fría. Como en el clásico de Capote hay detrás un exhaustivo trabajo de documentación, pero la voz del protagonista no procede tanto del testimonio directo al autor como de la imagen proyectada por su vida escandalosa, su polémica acción política y una obra transgresora sin parangón en los estertores de la URSS y en la Rusia que emergió de sus cenizas.

Además de un literato de prestigio, guía admirado por muchos jóvenes escritores rusos, Eduard Limónov fue, y sigue siendo a sus 70 años, una figura pública controvertida, incluso en el terreno político. Fundó el Partido Nacional Bolchevique, una formación incatalogable, sin representación en la Duma ni esperanza de tenerla, pero con fanáticos seguidores de su jefe y una ideología confusa en la que se mezclaban ideologías neonazis, de cabezas rapadas, estalinistas, anarquistas, nacionalistas, nostálgicas de la URSS, contraculturales y alternativas. Perseguido encarnizadamente por Vladímir Putin, fue ilegalizado cuando, en 2001, Limónov fue condenado de forma arbitraria a cuatro años de prisión por terrorismo, organización de banda armada e incitación a actividades extremistas.

Carrère se sintió fascinado por la personalidad de Limónov y lo convirtió en materia prima de un libro que, con técnicas de novelista, compone una biografía que transciende hasta convertirse en un retrato de la adormecida sociedad soviética, sobre todo en los tiempos de Breznev, y de las convulsiones que precedieron y sucedieron a la explosión de la URSS.

Se muestra aquí un Limónov -al que siempre le dolió Rusia- como un adolescente hijo de un insignificante oficial del KGB que soñaba en su Ucrania natal con ser un gran delincuente al estilo de los míticos ladrones en la ley; un profeta del underground agobiado en Moscú por la mediocridad de la cultura oficial y que se negaba a convertirse en un disidente como su envidiado y despreciado Joseph Brodsky, que luego obtuvo el Premio Nobel; un emigrado en Nueva York que conoció la miseria más absoluta, incluso la homosexualidad callejera e interracial, que fue mayordomo de un multimillonario y escribió obras tan escandalosas como las de Henry Miller; un escritor que no logró publicar en EE UU pero sí en Francia, donde conoció la gloria literaria a partir de la edición de Al poeta ruso le gustan los negrazos, y donde forjó su leyenda de héroe maldito y personaje inclasificable y original.

También fue un nacionalista paneslavo que defendió incluso con las armas la causa de la minoría rusa en el Trandsniéster moldavo, y la serbia en Krajina (contra los croatas) y en Bosnia (contra los musulmanes); un autor reconocido por fin en su patria, donde vendió centenares de miles de ejemplares de sus libros, a la que retornó en 1989 y en la que fracasó en todos sus intentos de hacer historia cambiando el rumbo enloquecido del tránsito salvaje del comunismo al capitalismo. Fue enemigo acérrimo del traidor Gorbachov y el criminal borracho Yeltsin, contra el que luchó y perdió (fue herido en un hombro) en el enfrentamiento entre el presidente y el Parlamento en 1993. Y es todavía un opositor acérrimo a Putin, contra el que sigue clamando en público, ya con pelo y barba blancos, al precio de nuevos e intermitentes encarcelamientos, y para el que cada 31 de mes orquesta una protesta callejera para exigirle que cumpla el artículo 31 de la Constitución, que reconoce la libertad de reunión.

Carrère compone con maestría y sobresaliente sentido del ritmo narrativo el retrato de Limónov. Le hace atrayente, sobre todo como personaje literario, incluso para quienes desconfían de su confusa y peligrosa ideología. Pero creo que desbarra al compararle con su gran enemigo. “Si uno repasa su vida”, dice en el último capítulo, “tiene la perturbadora sensación de que Putin es el doble de Eduard”. La diferencia, añade, es que uno ha triunfado y el otro no.

No estoy de acuerdo. Puede que Limónov comparta algunos rasgos con Putin, pero hay diferencias notables. Este antihéroe siempre estuvo con los más débiles, aún sin pretenderlo, mientras que el ex agente del KGB se apoyó en los más fuertes para satisfacer un ansia de poder sin límites y que ejerce de forma fría e implacable. Es imposible saber qué habría hecho Limónov en el Kremlin, pero la idea que la mayoría de sus compatriotas tienen de él, incluso la que se desprende del libro de Carrère, es la de que se trata de alguien más cercano a las necesidades y aspiraciones de sus compatriotas. Entretanto, los rusos siguen votando a Putin, el soviético presidente postsoviético.


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