Espías, hipermnesia y los enigmas de la muerte de Lady Di

29 Abr 2014
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Después de leer Puente de Vauxhall (Destino), de Javier Sebastián, no tengo claro si se trata de una atípica novela de espías, de un ensayo sobre los complejos mecanismos de la memoria o de un instrumento para alimentar la teoría de la conspiración en torno a la muerte de Diana de Gales el 31 de agosto de 1997 en el túnel bajo la parisina plaza de Alma. Así que concluyo que es las tres cosas a la vez y, sobre todas ellas, un libro perturbador que exige la atención reflexiva del lector inteligente y que confirma a su autor, tras la también singular El ciclista de Chernóbil, como atrayente rara avis en el panorama literario español.

La muerte de Lady Di da mucho de sí, casi tanto como el asesinato de Kennedy o el 23-F. Sebastián recoge las incongruencias principales, las que llevaron Mohamed al Fayed, padre de Dodi, el compañero sentimental de la princesa que falleció con ella, a intentar sin éxito que se volviera a investigar el supuesto accidente: la ausencia de cámaras de seguridad en el túnel; que no saltasen los radares pese al exceso de velocidad, del que se dieron cifras muy diferentes; que el Mercedes en el que circulaban hubiese sido robado una semana antes y no se revisase al recuperarlo; que se detectase en la carrocería pintura de un misterioso Fiat Uno blanco pese a que se concluyó que no hubo colisión con otro vehículo; que el conductor llevase un montón de dinero en el bolsillo y (¿o no?) demasiado whisky en la sangre; que algunos testigos declarasen que oyeron una explosión; que el cuerpo de la ex esposa de Carlos de Inglaterra fuese embalsamado con más celeridad de la que parecía aconsejable dadas las circunstancias; o que un diario sensacionalista británico publicase una supuesta nota manuscrita de la princesa en la que ésta aseguraba que la matarían en un falso accidente de automóvil.

Incluso había algo que podía llegar a considerarse un motivo: que las andanzas de la princesa, ya divorciada y que nunca se avino al papel que le reservaba el protocolo, incomodaban a su marido y heredero al trono, a su madre y graciosa majestad y, de rebote, al establishment británico, incluidas sus cloacas, los potencialmente siniestros servicios de espionaje, tanto el interior (MI-5) como el exterior (MI-6).

Y aquí entran en juego los espías: los que lo son abiertamente y los que ni siquiera saben que lo son, y quizá por ello resultan incluso más eficaces. Entre los primeros, unos misteriosos coronel Dolado y general Lassage, intrigantes que maniobran al servicio de intereses siniestros, y una menos definida pero tan antipática como ellos Lena Cattermole que les busca las vueltas para desenmascararles. Entre los de la primera categoría, destaca una monja polaca, Loretta María Semposki, y una colegiala de 15 años, Fabiola –con la marca del sacrificio en la frente-, que se convierten en amigas, confidentes y protectoras fracasadas de la princesa.

Sebastián presenta a Diana de Gales en el entorno familiar, como una persona y una madre normal que no quiere asumir ni para sí misma ni para sus hijos todo el paquete de limitaciones al que se supone que les condena su condición. El autor bebe de fuentes como John Le Carré y Graham Greene –por los que no oculta su admiración- para profundizar con sensibilidad en la psicología de sus personajes. Lo que, sin embargo, más le separa de los dos maestros es que utiliza un estilo no siempre directo y asequible, que exige un superávit de atención pero que está claro que emplea como seña de identidad a la que no quiere renunciar.

Años después del accidente (¿) del túnel de Alma, otra espía no demasiado consciente de serlo, que interpreta el papel de narradora, recibe el encargo (por partida doble y enredada en un doble juego) de volver a reunirse con la hermana Loretta, ya octogenaria, para intentar reconstruir algunos de los cuadernos clave que le dictó precisamente en 1997, y que podrían aportar –de hecho lo aportan- luz sobre la muerte de la princesa.

Y justo aquí se asoman al escenario los complejos mecanismos de la memoria, el otro componente esencial de Puente de Vauxhall. Porque resulta que la monja en cuestión es uno de los pocos casos que existen en el mundo de hipermnesia, también conocido como hipertimesia y como síndrome hipermnésico. Se trata de un trastorno (o don) que dota a quien lo sufre (o disfruta) de una extraordinaria capacidad de recordar con todo detalle y precisión acontecimientos personales o generales, incluso los ocurridos muchos años o décadas atrás.

Como no acababa de fiarme de que las referencias que hay en el libro a este fenómeno fueran reales (después de todo se trata de una novela), y no fruto de la imaginación del autor, he comprobado que lo son. Cada afectado, investigador, centro científico o sustancia que cita Sebastián existen. Lo que no significa que sus descubrimientos o experiencias sean indiscutibles y puedan tener una aplicación inmediata.

Prueben, por ejemplo, a buscar estos nombres: William Beecher Scoville, John D. E. Gabrielli, Yadin Dubai, Todd Sacktor, Alain Brunet, Karim Nader, la actriz Marilu Henner y un tal H.M. al que succionaron el hipocampo “y parte de los lóbulos temporales medios adyacentes” con la consecuencia de que “perdió sus recuerdos y todos los días había que explicarle quién era”. O conozcan sustancias como el propanolol, supuestamente capaz de “disociar recuerdos y sentimientos y anular así el efecto paralizante de algunos episodios traumáticos”. O como el ZIP, “inhibidor de una enzima del cerebro conocida como PKM zeta y que en el laboratorio se había demostrado eficaz para borrar el recuerdo estimulado un poco antes (…) un recuerdo elegido entre otros”.

Para que una espía sea perfecta, con o sin hábito de monja, y aparte los graves efectos secundarios (hay recuerdos que matan), le beneficia ser  hipermnésica y recordar cada detalle, por nimio que sea. Sin embargo, a quienes la utilizan no les conviene que los almacene, ni ella ni quien recoja su testimonio, así que hay que inducirles una amnesia selectiva, incluso por su propia seguridad, ya que en ese mundo abundan los accidentes mortales.

Por fortuna para el proyecto literario de Sebastián, no ha habido un programa de inoculación masiva del ZIP a la población, así que, 17 años después, el recuerdo de Diana de Gales y de su extraña muerte en un túnel de París sigue vivo, con esa inmortalidad caprichosa reservada a unos cuantos elegidos de muerte trágica, como Sissi, Isadora Duncan o Grace Kelly.

 


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