El Pulitzer corona una burda caricatura de Corea del Norte

15 Jul 2014
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Me declaro estupefacto ante el hecho de que El huérfano (Seix Barral), de Adam Johnson, obtuviera en 2012 el Premio Pulitzer a la mejor obra de ficción por una novela que, despojada de todo su oropel, no es sino una burda caricatura del régimen de Corea del Norte y de su líder, Kim Jong-il, que falleció a finales de 2011 cuando el libro ya estaba en la imprenta. Produce sonrojo ver el nombre de este profesor de escritura creativa de la Universidad de Stanford en una lista en la que figuran Steinbeck, Faulkner, Hemingway, Updike, Bellow, Roth o Morrison.

Johnson ha osado escribir un tocho de 600 páginas con el ligero equipaje de una breve visita al reino ermitaño, mucha documentación unilateral, un puñado de testimonios de huidos al sur de la península y la coartada de que, al tratarse de una novela, no tiene por qué ceñirse a la verdad ni demostrar nada, sino que posee todo el derecho a echar a volar su imaginación. Eso sí, siempre al servicio del relato único que presenta la dictadura norcoreana —que se atreve a desafiar al imperio con su programa nuclear— como el infierno sobre la Tierra, la versión estalinista del jardín de las delicias del Bosco, el reino de la opresión, el hambre y la tortura.

Johnson juega con ventaja. Sabe que habrá comentaristas que frenarán sus dardos estrictamente literarios por temor a ser acusados de justificar la dictadura comunista hereditaria de los tres Kims. Cuesta encontrar críticas que señalen que, justo porque se pasa de la raya, porque exagera sin medida, porque utiliza un espejo en exceso deformante, Johnson pierde el derecho a resultar creíble en sus dos líneas narrativas. No sólo en la exposición de la indefendible realidad social y política norcoreana, sino también en lo que respecta a la consistencia de la historia de amor imposible (e inverosímil) y las peripecias del protagonista en las cloacas y en la cúpula del régimen.

En The Guardian, Barbara Demick concede a El huérfano una entidad que le permite emparentarla con 1984 o Un mundo feliz, por su evocación de una sociedad cerrada en la cual la individualidad está férreamente sometida a la voluntad arbitraria de un Estado totalitario y de un líder que convierte su capricho en ley universal. No obstante, Demick, que ha informado extensamente sobre el país y ha escrito un libro clave sobre el mismo, no puede por menos de señalar que la gente está dispuesta a creer sin cuestionarla cualquier barbaridad que lea sobre Corea del Norte, y que ella jamás oyó una sola palabra sobre, por ejemplo, la supuesta lobotomización de prisioneros o disidentes mediante la inserción de clavos en el cerebro a través de los ojos. Y conste que este es sólo uno de los ejemplos —y no el más brutal— del extenso catálogo de torturas, atrocidades y arbitrariedades a las que, según Johnson, el Querido Líder somete a cualquiera que desafíe su omnímodo poder y la línea oficial del régimen.

En El huérfano, el lavado de cerebro al que se somete a la población norcoreana convierte a Estados Unidos en la encarnación del mal y la injusticia frente al paraíso comunista. Eso sí, pasando por el tamiz del ridículo cualquier crítica o dato objetivo, como el alto porcentaje de pobres en el paradigma del capitalismo salvaje, dejando claro que se trata del fruto podrido y falso de la propaganda omnipresente de un régimen totalitario que no da al pueblo los elementos necesarios para tener una opinión independiente.

Como muestra de ese relato deformado, la heroína Sun Moon dice a una prisionera norteamericana: “Me pregunto qué debéis soportar a diario en América sin un Gobierno que os proteja, sin nadie que os diga qué hacer. ¿Es verdad que no os dan cartillas de racionamiento y que debéis encontrar la comida por vosotros mismos? ¿Es verdad que vuestro trabajo no tiene otro objetivo que el simple papel moneda? ¿Qué emiten los altavoces? ¿A qué hora es el toque de queda? Si una mujer pierde a su marido, ¿cómo sabe que el Gobierno le asignará un buen marido de reemplazo?”.

Johnson ofrece un burdo cóctel de realidad y fantasía en el que vale todo y es imposible separar el grano de la paja. Relata misiones secretas para secuestrar a cantantes de ópera o simples ciudadanos nipones que puedan servir como profesores de japonés, describe una red de túneles bajo la zona desmilitarizada que separa las dos Coreas, permite acometer misiones terroristas en el sur, convierte los pesqueros norcoreanos en centros de espionaje flotante, asegura que las jovencitas hermosas son apartadas de su familia y puestas a disposición de jerarcas del régimen, que los huérfanos que vagan por las calles son secuestrados y reducidos a una práctica esclavitud, que se deja morir a los enfermos graves mientras se les extrae hasta la última gota de sangre, que se ha perfeccionado hasta el delirio el arte de la tortura, convertida en instrumento de castigo antes que en medio para obtener información, que la verdad oficial penetra de forma obsesiva en el conjunto de la población a través de una gigantesca red de altavoces…

En esa selva del horror que dibuja Johnson, nadie está a salvo, excepto el Querido Líder Kim Jong-il, hijo de Kim Il-sung y padre del actual máximo dirigente, Kim Jong-un. Discernir en tal marasmo la realidad de la exageración y el descarnado disparate resulta misión imposible. Lo cierto es que el propio régimen, con sus acciones y con su cierre al exterior, es en buena medida responsable de esa imagen. Los escasos periodistas que son autorizados a visitar el país ven limitados sus movimientos y son acompañados por guías cuya misión es asegurarse de que no hablan con quien no deben y no ven lo que no conviene.

Muchos de esos informadores vuelven a sus países con poco más que una impresión plástica de Corea del Norte, con unas cuantas fotos y un puñado de declaraciones coincidentes y sin credibilidad. Y caen en el vicio que Pablo Iglesias atribuye a muchos periodistas políticos españoles: que se nutren de lo que ya escribieron otros colegas, lo que perpetúa el mismo relato siniestro e incompleto, con sus perfiles más negativos emanados de las declaraciones de huidos al Sur y de la propaganda disfrazada de datos objetivos que filtran de forma interesada los servicios secretos de Seúl.

El huérfano está al servicio de ese designio maniqueo, pero lo peor de todo, teniendo en cuenta que no se trata de un ensayo sino de una novela, es que en mi opinión carece de la entidad literaria que justifique que el nombre de Adam Johnson entre a formar parte de la gloriosa lista del Pulitzer.


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