‘La guerra no tiene rostro de mujer’

02 Feb 2016
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“Una vez me confeccioné una blusa de una tela roja, me la puse y al día siguiente tenía manchas rojas por todos los brazos. Como ampollas. Mi organismo no aceptaba ni la tela de color ojo, ni las flores rojas, ¡ni hablar de rosas o claveles! Nada que fuese rojo, de color sangre. Ni siquiera ahora tengo nada rojo en mi casa”.

María Yakólevna Yezhova, comandante de unidad sanitaria soviética

El con frecuencia polémico Premio Nobel ha descubierto para el gran público la obra de una magnífica autora cuya materia prima es la vida –y la muerte- en estado químicamente puro. Hace mucho tiempo que la obra polifónica de Svetlana Alexiévich (nacida en Ucrania, criada en Bielorrusia y que escribe en ruso) dejó de catalogarse como periodística y se consagró como gran literatura, con subtítulos como novela colectiva y coro épico. Su pasión es reflejar las voces íntimas y trágicas de sus compatriotas, las pequeñas historias de centenares, si no miles, de ciudadanos de la antigua Unión Soviética en circunstancias extremas, como la Gran Guerra Patria (contra los alemanes), la de Afganistán, la catástrofe nuclear de Chernóbil o la ‘gran utopía’ del homo sovieticus, que saltó en pedazos cuando lo hizo la URSS. El resultado de ese esfuerzo titánico ha sido un gran fresco humano de un país tan inabarcable y fascinante como castigado cruelmente por la historia.

Acantilado publica El fin del ‘homo soviéticus”’ y Debate hace lo propio con La guerra no tiene rostro de mujer, además de reeditar Voces de Chernóbil y de programar para este mismo mes Los muchachos del zinc. En apariencia, todas estas obras son recopilaciones de testimonios, lo que debería producir una multiplicidad de voces. Y las hay, pero Alexiévich -al congregarlas, ordenarlas, enriquecerlas y contextualizarlas- les otorga una unidad estilística, una voz genuina que es, a la vez, la de sus incontables protagonistas y la suya propia.

Este artículo está dedicado a La guerra no tiene rostro de mujer, traducida por Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González, y que presenta la peculiaridad de que recoge las confesiones, a partir de 1978, décadas después de que callaran las armas, de centenares de mujeres, algunas de ellas apenas unas niñas, de toda la Unión Soviética que se alistaron como voluntarias tras la invasión alemana de 1941 (hubo cerca de un millón). Se trata de un relato polifónico que poco tiene que ver con el habitual, monopolizado por los hombres y que carecía incluso de términos femeninos para oficios bélicos como soldado de infantería, francotirador o conductor de carros de combate.

Las mujeres, apunta Alexiévich, incluso las que lucharon en primera línea, guardaban silencio y, cuando por fin se decidieron a hablar, no lo hicieron sobre victoria, derrota o tácticas militares: “No hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo seres humanos involucrados en una tarea inhumana”. Justo lo que buscaba la futura Premio Nobel, excelentes y espontáneas narradoras que “extraen las palabras de su interior en vez de usar las de los libros”.

Ella da fe, convertida en una “gran oreja”, leyendo las voces hasta convertirse en “historiadora del alma”, porque “los sentimientos son la realidad”, “la memoria bélica de las mujeres posee una luminosidad extraordinaria” y su guerra  “es más terrible que la masculina”, porque para ellas, esencialmente, es un asesinato, y les resulta insoportable tener que matar porque lo suyo es dar la vida, regalarla.

No es de extrañar que los censores soviéticos se cebaran sobre la redacción original del libro, en una época en la que la forma oficial de presentar la guerra era la de un combate victorioso que tapaba los aspectos más siniestros. Después de leerlo, le dijo uno de esos guardianes de la ortodoxia, nadie querrá ir a la guerra: “Con su primitivo naturalismo está humillando a las mujeres, a la mujer heroína. La destrona. Hace de ella una mujer corriente, una hembra, y nosotros la tenemos por santa. La mujer soviética no es un animal”. A lo que Alexiévich replicó: “Busco la verdad”. Y el censor contrarreplicó: “La verdad es lo que soñamos. ¡Es lo que queremos ser!”

La censura cobró su tributo, y la autocensura también, lo que llevó a la escritora a completar y ampliar hace unos años el texto que, inicialmente, no pudo publicarse hasta la llegada de la perestroika, cuando se convirtió en un éxito instantáneo, con una tirada de dos millones de ejemplares y una versión teatral muy bien acogida.

Resisto la tentación de ofrecer una pequeña antología de los testimonios recogidos en La guerra no tiene rostro de mujer. Baste con decir que hay más detalles de la vida cotidiana en el frente que relatos de combates, pese a que hubo mujeres en prácticamente todas las especialidades bélicas que quepa imaginar, desde francotiradoras a médicas, zapadoras o partisanas. Donde más se revela su singularidad, la forma tan diferente a la de los hombres en la que entendían su contribución al esfuerzo bélico, es en la preocupación casi obsesiva para conservar su femineidad incluso en las circunstancias más adversas. Les preocupaba tener que llevar ropa interior masculina, que la parca les pudiera pillar sucias o desaseadas, con las piernas o el rostro destrozados por una granada. Por la noche, muchas incluso se pintaban o se ponían una falda: “Nos apetecía estar guapas. La vergüenza nos espantaba más que la muerte”.

Su memoria, más que de bombas o balas, es de matices, colores, sonidos. En sus relatos, “lo sencillo vence a lo grande”. No les gustaba recordar lo peor, que en Stalingrado, por ejemplo, no quedase ni un solo centímetro cuadrado de tierra que no estuviese impregnado de sangre humana, rusa y alemana. ”Usted es escritora”, le decían a Alexiévich. “Invéntese algo, algo bonito. Sin parásitos, ni suciedad, ni vómitos, sin olor a vodka y sangre. Algo no tan terrible como la vida”. Algo tan hermoso como el relato de una enfermera que salvó a dos heridos, arrastrando a ambos a lugar seguro con grave riesgo de su propia vida, en medio de un diluvio de balas y bombas. Uno era alemán, porque “es imposible tener un corazón para el odio y otro para el amor”.

La victoria no significó el fin de su calvario para muchas combatientes, cuyo esfuerzo no ha sido reconocido hasta época reciente. Los hombres eran recibidos a su vuelta como héroes e, incluso mutilados, podían casarse sin problemas. Para ellas fue muy distinto. “Pasamos muchas penas. Después de una guerra nos tocó otra guerra, igual de terrible. Los hombres nos dejaron con la espalda al descubierto. No nos protegieron”. Se pone de manifiesto con un ejemplo, el de un matrimonio celebrado en plena campaña bélica. A la vuelta, la madre del marido le recriminó: “¿Con quién te has casado? Es una fulana del frente. Tienes dos hermanas pequeñas. ¿Quién querrá ahora casarse con ellas?”

Peor aún fue el destino de quienes cayeron prisioneras, lo que en sí mismo, y por encima de las circunstancias concretas, era un estigma, una traición y suponía comparecer ante un tribunal y escuchar al fiscal decir cosas como “¡Cállate la boca, puta!” o “¿Por qué no has muerto?” El veredicto más frecuente eran años en el GULAG, cuando no la condena a muerte, por no seguir las consignas de Stalin, para el que no existía el término rendición y que ni siquiera aceptó canjear a su hijo cuando fue capturado por los alemanes.

Todas las guerras son terribles, pero esta fue la peor: unos 25 millones de muertos soviéticos, entre civiles y militares. Hasta que llegó Alexiévich solo teníamos una versión de ese horror, la de los hombres, la que más convenía al poder comunista, la menos real en el fondo. Gracias a la escritora bielorrusa podemos acceder a la de las mujeres, la más íntima, y probablemente la más real.


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