Atentado contra Bob Marley y breve historia de siete asesinatos

05 Jul 2016
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Breve historia de siete asesinatos (Editorial Malpaso), del jamaicano Marlon James, ni es breve ni trata de siete asesinatos. Tiene cerca de 800 páginas y en todas ellas hay un rastro de violencia que va mucho más allá de la moderada cifra de muertes a la que remite el título, y que corresponden a una sola matanza, que ni siquiera tuvo lugar en Jaimaca –escenario obsesivo del libro-, sino en el Bronx neoyorquino, y en la que tampoco hubo siete muertes, sino once.

El caso es que, pese a ésta y algunas incongruencias más que quizás no reflejan dejadez sino ejercicio de estilo, y tras  convencerse de que los excesos malsonantes contribuían a la solidez literaria y antropológica del texto, el jurado del premio Man Booker -el más prestigioso en lengua inglesa-, se rindió el pasado año a esta polifónica exhibición de talento que no dejará a nadie indiferente.

Con múltiples y con frecuencia discordantes voces, sin narrador ni protagonistas únicos, James ilustra una época siniestra de la isla caribeña, y más en concreto de la situación en los paupérrimos guetos de Kingston, esa etapa de los años setenta y ochenta del pasado siglo en la que la vida no valía nada y el concepto de violencia gratuita adquiría un significado literal. Se mataba por comida, por dinero, por una mala mirada, por cumplir órdenes de capos de la droga o al servicio de los políticos y, con increíble frecuencia, por ningún motivo, porque “para matar no hacían falta razones”, ya que “las razones son para los ricos” y a los habitantes del gueto “sólo les quedaba la locura”.

Tras mucho dudar, reunir una extensa documentación y desechar borradores, James se dio cuenta de que no tenía el material necesario para la gran novela que quería escribir. ¿O sí? No contaba con nadie que se pareciera a un protagonista convencional, sino tan solo un puñado de personajes, algunos perfectamente elaborados, pero otros muchos en embrión o a medio construir, a veces sin evidente relación entre ellos. Algo parecido a un rompecabezas. Fue entonces cuando tuvo una visión que a la postre ha resultado genial: presentar todas las piezas al lector –eso sí, en un orden preciso que va diseñando una trama argumental- y dejar que fuese él quien las armase.

Sin un narrador externo pero con muchas primeras personas, los diversos capítulos recogen testimonios –cada uno con lenguaje y voz propios- de 13 personajes de ficción. Cada uno es testigo de una parte del relato común, que en lo general retrata la caótica situación de Jamaica y en lo particular gira en torno al intento de asesinato, el 3 de diciembre de 1976, de Bob Marley. El rey del reggae , muerto en 1981 a los 36 años víctima de un raro tipo de cáncer, era –y es- un ídolo nacional de Jamaica, se implicó en las luchas políticas de su país y contribuyó decisivamente a la difusión de la religión rastafari, que cree en la supremacía negra y considera al ya fallecido exemperador y autócrata etíope Haile Selassie la tercera reencarnación de Jah (el Yahvé de los judíos), tras Melquisedec y Jesucristo. La novela da muchas vueltas en torno a ese atentado, a los responsables indirectos y directos y a cómo les persiguió el ángel de la muerte.

 

Entre los actores a los que la imaginación de Marlon James dota de voces distintivas, hay agentes de la CIA y de la Cuba castrista en plena Guerra Fría, espías renegados, políticos corruptos, jefes de ejércitos de sicarios que controlan los guetos, pistoleros y matones, capos del narcotráfico en Jamaica y EE UU, víctimas inocentes y un periodista norteamericano. Éste sigue incansable el rastro que dejó el atentado contra el Cantante –así se le llama siempre-, al que siguió un efímero tratado de paz que cambió por algún tiempo las coordenadas de la violencia.

Breve historia de siete asesinatos constituye un inusual ejercicio literario, porque cada personaje utiliza un lenguaje propio, acorde con su estrato social, su bagaje educativo o la zona en la que vive. Puede ser el inglés norteamericano o jamaicano canónico, pero también el dialecto criollo (patois). Toda esa variopinta riqueza idiomática es imposible de conservar por muy buena que sea la traducción al castellano, y por eso la edición de Malpaso se abre con una explicación.

¿Qué hacer cuando el vaivén de los recursos verbales no es un mero recurso literario, sino un tema en sí? “Hemos escogido”, señalan los editores, “la versión cubana de la elocuencia caribeña, no por afinidad lingüística o parentesco gramatical, sino por proximidad física y, sobre todo psicológica”, casi por analogía porque, como se lee en el propio libro, “Jamaica y Cuba son uña y carne”. Así, a la meticulosa traducción del escritor Javier Calvo se ha unido la “cubanización de los pasajes pertinentes” por parte de la cubana Wendy Guerra. Aunque sin poder comparar con la versión en inglés, el resultado es que Breve historia de siete asesinatos conserva una capacidad de sugestión que la convierte en una de las novelas más relevantes de los últimos años.


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