En deuda con Roald Dahl

15 Jul 2016
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Hace unos días, a raíz del estreno de Mi amigo el gigante, de Steven Spielberg, basado en un cuento para niños de Roald Dahl (1916-1990) titulado en España El gran gigante bonachón, el mayor de mis sobrinos, Miguel Ángel, ya cuarentón, me recordaba el día en que le regalé un ejemplar con el que disfrutó como solo es capaz de hacerlo un renacuajo de ocho o diez años cuando se alimenta su imaginación. Unas semanas después, se lo cambié por otro que le dedicó el autor con ocasión de la entrevista que le hizo un compañero y amigo de El País, donde yo trabajaba por entonces.

Mis sobrinos primero, y mis hijos después, han sido lectores incondicionales de los libros infantiles del escritor galés de origen noruego, desde Charlie y la fábrica de chocolate a James y el Melocotón gigante, Matilda, El superzorro, Las brujas, Los cretinos o Cuentos en verso para niños perversos. Por supuesto, como los lectores que sean padres imaginarán, yo también me convertí en el proceso en un consumidor compulsivo de cada nuevo libro de Dahl, de cuyo nacimiento se cumplen ahora 100 años.

Los ajados ejemplares de cubiertas amarillas editados por Alfaguara permanecen a buen recaudo en espera de pasar el testigo a la siguiente generación. Por desgracia, lo previsible es que el tránsito ya no sea tan automático, hasta tal punto van perdiendo los niños la fascinación por la lectura, abducidos por móviles, tabletas, ordenadores y redes sociales. Pero aun así, se ha consolidado el legado de Roald Dahl, ya todo un clásico infantil, potenciado por las numerosas versiones cinematográficas.

El secreto de Dahl en sus libros para niños (luego hablaré de los otros) es que huye de los tópicos y la sensiblería (diferencia notable con los productos de la factoría Disney), les trata como a personas inteligentes y, se pone siempre de su parte en el enfrentamiento con los adultos, ya sean padres, tíos, profesores o preceptores. Eso ha hecho que, en ocasiones, se llegase a hablar de cierta influencia dañina, por potenciar supuestamente la rebeldía y la desobediencia. Sin embargo, lo que en realidad consigue es estimular la imaginación, el desarrollo de la personalidad  y el pensamiento crítico de los niños, es decir, facilitar el tránsito armónico desde la infancia a la juventud y la edad adulta. En otras palabras: que más que llorar cuando muere la madre de Bambi esbocen una sonrisa y aprecien el valor de la ironía y el ingenio incluso en la descripción de situaciones crueles.

Ya he contado en otro artículo cómo se produjo mi iniciación en la obra de Roald Dahl, su teoría sobre las cualidades que deben adornar a un buen escritor de ficción y algunos detalles de su atormentada biografía, que daría para una película mejor que Mi amigo el gigante. Sin embargo, mi deuda con el escritor galés va mucho más allá de los buenos ratos de lectura inteligente que sus libros infantiles han proporcionado a mi familia, ya que los dirigidos al público adulto, aunque no tan conocidos, se bastarían por sí solos para reservarle un lugar de honor en la literatura de entretenimiento del siglo XX.

La etiqueta de autor de obras de entretenimiento hace que con frecuencia se le considere un escritor menor, una maldición que también persiguió a Mark Twain o Alejandro Dumas, pero que sería justo que se conjurase de una vez por todas.

Dahl defiende que conviene escribir con “cierto grado de humildad”, pero también con una “gran autodisciplina” y una ambición de perfeccionismo. La aplicación de esos principios es evidente en toda su producción literaria, incluidos sus relatos cortos para adultos y su única novela, la desternillante Mi tío Oswald.

Sin grandes alharacas, gracias sobre todo al de boca a oído, Dahl se fue ganando durante décadas una legión de entusiastas seguidores que bien habrían podido formar una red mundial de clubes de incondicionales. Sus Relatos de lo inesperado o sus compilaciones como El gran cambiazo, con una estructura interna que primero provoca la curiosidad del lector y luego le dirige en volandas hasta ingeniosos y desconcertantes desenlaces, despertó por ejemplo el interés del mago del suspense, que versionó varios de sus cuentos en la serie televisiva Alfred Hitchcock presenta.

Uno de ellos, Cordero para cenar, inspiró también una de las escenas más memorables del filme de Pedro Almodóvar ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, aunque sustituyó la pierna de cordero por un jamón. Otro, El hombre del sur, con un final magistral, llamó también la atención de Quentin Tarantino para su Four rooms, además de la del propio Hitchcock.

Una de las más destacadas virtudes de los relatos de Roald Dahl (reunidos por Alfaguara en un solo volumen) es que, como los cuentos de toda la vida, tienen una estructura que les convierte en herramientas perfectas para amenizar veladas familiares o entre amigos. Conservan la estructura clásica de planteamiento, nudo y desenlace, y se desarrollan con un in crescendo, un progresivo aumento de la tensión calculado para mantener la atención de los oyentes (o los lectores) hasta desembocar en un final que siempre sorprende y nunca defrauda. Y todo ello con un lenguaje en el que no sobra ni falta una palabra, límpido y transparente, fácil de traducir por su sencillez y perfecto en inglés para practicar este idioma.

En cuanto a Mi tío Oswald, si no es una obra maestra se le acerca mucho, y se cuenta sin duda entre lo más divertido que le leído jamás, aunque no ha gozado del mismo éxito que alguno de los libros infantiles de Dahl. El protagonista es un aventurero, “el mayor fornicador de la historia”, que une fuerzas con una hermosa y desinhibida hurí iraní y un peculiar investigador que desarrolla un potente afrodisiaco a partir un raro escarabajo del Sudán. El objetivo es crear un banco de semen tras robar con fines comerciales el de científicos, literatos y testas coronadas gracias a la química y las más sofisticadas artes de seducción.

Entre los expoliados sin ellos saberlo, de los que autor esboza agudos y desopilantes perfiles, se encuentran Joyce, Stravinski, Picasso, Proust (un caso difícil), Bernard Shaw (tampoco sencillo, aunque por motivos diferentes), Einstein, Freud y Alfonso XIII, quien por cierto se muestra digno abuelo de su nieto emérito.