Chacel, Puig, Zweig, Bishop y Montes: 5 escritores varados en Río

22 Jul 2016
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Varados en Río, de Javier Montes, es un libro desconcertante, ya desde su inserción en la colección Narrativas Hispánicas de Anagrama. ¿Se trata de una novela? Ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Se parece más bien a una indagación periodística y literaria, se supone que ajustada en lo fundamental a los hechos, pero con la libertad que da la imaginación –y por tanto la ficción- para llenar huecos y adornar situaciones. En lo esencial, se trata del resultado de una operación de rastreo por los lugares, las vivencias, las relaciones personales e incluso los estados de ánimo que experimentaron en Río de Janeiro cuatro escritores: Rosa Chacel, Manuel Puig, Stefan Zweig y Elizabeth Bishop.

¿Por qué Río? Porque el autor vivió allí dos años, experimentó algunos de los sudores que la ciudad provoca a muchos recién llegados con intención de quedarse, y porque su variada gama de contrastes puede convertirla tanto en infierno como en paraíso, porque puede deslumbrar, pero también abrumar. Así, Montes dice que la ciudad fue cruel al recibirle, hasta el punto de hacerle pasar la primera noche por un “susto metafísico”, aunque ese espanto se volvió luego “admiración y afecto”.

En realidad, no trata de cuatro escritores, sino de cinco (pero seis personajes, si incluimos a la ciudad), ya que el autor –que ya desconcertó no poco con su original Vida de hotel- es un protagonista más, puede que incluso el más importante, lo que quizá supone un lastre que amenaza con producir un descarrilamiento, evitado siempre in extremis a golpe de oficio. El problema es que en su investigación de las andanzas de unos personajes a los que admira por su excelencia literaria, Montes nos coloca demasiadas páginas superfluas y egocéntricas, cuando lo lógico sería que el libro se centrase más en el póquer de escritores.

Se muestran aquí el Río de cada uno de ellos: el de los “placeres solitarios y rutinas tranquilas” de Puig, el “cutre y hostil en su indiferencia” de Chacel, el “dolorosamente ajeno al fondo de las fotos de suicidio” de Zweig, y el “glamuroso, de casas ultramodernas, intrigas políticas y bohemia dorada” de Bishop.

Las pesquisas para conocer detalles íntimos de los cuatro exiliados objeto de su estudio pueden conducir al conserje de una casa en la que vivió Puig, pero que es tan discreto que no suelta prenda; o a la visita a la mansión de vacaciones convertida en museo de unos amigos de Chacel y su marido y a la conversación con una pariente cuya única confidencia añade poco a lo ya sabido sobre los motivos personales de la amargura que impregnó la vida de la escritora en el paraíso carioca.

Lo que convierte a Varados en Río en un libro que merece la pena leer es que está muy bien escrito y que, aunque su autor no descubra ningún tesoro escondido, nos acerca a la peripecia personal y a algunas claves de la obra de cuatro grandes autores, más gracias a lecturas y fuentes documentales diversas que al intento con frecuencia frustrado de buscar testimonios directos y novedosos.

Por si alguien considera que uno de sus homenajeados, Manuel Puig, no acaba de encajar en la categoría de “gran escritor”, quede claro que Montes sí que lo cree así, e intenta demostrarlo, aunque deslindando su valía literaria de sus manías, fobia a las entrevistas y una tacañería que rozaba lo patológico. En cuanto a mí, nunca he llegado a tener una opinión precisa, pero no dejé sin leer y disfrutar ninguna de sus novelas.

El autor de El beso de la mujer araña, al que unía una relación casi enfermiza con su madre –que le sobrevivió-, se esforzó toda su vida por evitar que ella leyese sus libros más explícitos y se enterase de su homosexualidad, aunque resulte inconcebible que no lo supiera. También convirtió su domicilio de Río, en los tiempos de desarrollo del vídeo doméstico –un invento que consideraba casi milagroso-, en una cinemateca con miles de cintas aprovechadas hasta el último centímetro –para ahorrar- y resultado del esfuerzo de multitud de agentes repartidos por todo el mundo, que le suministraban sobre todo clásicos de diversa factura y con frecuencia exóticos. Convirtió en un ritual las sesiones con amigos en las que el derroche de buen cine pretendía olvidar lo magro del convite. El propio Montes recreó la atmósfera de esos pases privados tras asistir a una sesión de formato similar, aunque sin relación alguna con Puig.

Montes, por supuesto, trata también, aunque sin demasiada profundidad, de la estancia de Elizabeth Bishop en Río, “adónde llegó para quince días y se quedó quince años”, así como del exilio de Zweig y su archiconocido suicidio junto a su esposa. Sin embargo, el libro está marcado, sobre todo, por la presencia de Rosa Chacel, y en menor medida de Puig.

De la autora de Barrio de Maravillas se refleja un desamparo casi existencial surgido del deterioro de su vida conyugal, de la traición de su marido y su hijo, de su conversión en una figura superflua e irrelevante, y de su falta de conexión con Río, donde apenas queda huella de su paso y jamás fue reconocida como la gran escritora que fue. La familia llegó a Brasil tras la Guerra Civil y, con alguna intermitencia, Chacel no regresó a España hasta 1974. En 1967 escribía con indisimulada amargura: “Después de 27 años en este país, ni una amistad”. ¿Puede haber mayor prueba de su desamparo?

Ni Nelida Piñón ni Clarice Lispector guardaron un recuerdo nítido de cuando la conocieron. Con la ciudad, “la invisibilidad era recíproca”, afirma Montes. “Si Río no la veía a ella, ella tampoco conseguía ver Río”. Y en la cercana Valença, donde pasó largas estancias con su familia, en la mansión, hoy museo, de sus anfitriones los Pentagna, se recrea con vajilla de lujo una cena de Nochebuena, con lugares reservados para Timo –su marido- y Carlos –su hijo-, pero no para ella.

Un golpe mortal para una escritora que, como la inmensa mayoría, crece con la admiración ajena y sufre con la indiferencia. Para ella, la culpa también era de Río y Brasil, donde siempre se sintió extranjera, “desterrada de una patria mental a la que nunca podría volver”, porque era la España anterior a la guerra. A su regreso, con Franco todavía vivo, “Río, más que como un purgatorio o un infierno “quedó atrás como una especie de limbo”. La maldición del exilio.