Lafcadio Hearn, deslumbrado por la explosión de color en las Antillas

29 Jul 2016
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La editorial Errata Naturae rescata Un crucero de verano por las Antillas, del escritor y orientalista grecoirlandés Lafcadio Hearn (1850-1904), fruto de un viaje efectuado en 1887, de dos meses de duración y casi 5.000 kilómetros, en “un buque alargado, estrecho y grácil, con dos mástiles y una chimenea anaranjada”. Ese periplo, que poco o nada tenía que ver con los que ahora se efectúan a bordo de enormes ciudades flotantes para solaz del turismo masivo, le llevó por las pequeñas Antillas, con escalas en islas por entonces de soberanía norteamericana, inglesa, francesa y danesa, muchas de las cuales son hoy pequeños países independientes. El resultado ofrece una lectura entretenida e inteligente, perfecta para relajarse y aislarse en esas fechas.

Cabe suponer que ese crucero, en el que Hearn se empapó hasta la extenuación de colores y sensaciones, fue lo que le llevó a aceptar poco después una peculiar corresponsalía del Harper’s Magazine con base en La Martinica. Plasmó sus experiencias en Dos años en las Antillas francesas, considerado todavía, más de un siglo después de su publicación, como un libro imprescindible para captar la esencia de un paraíso único, pero que también adolece de algunos claroscuros.

Tras esas experiencias tropicales, Hearn dio un brusco giro a su peripecia vital y literaria y se trasladó a Japón, donde se convirtió en profesor de literatura inglesa en la universidad de Tokio, se casó con una nipona perteneciente a una rancia familia de samuráis y escribió la docena de libros con los que se ha ganado un puesto de privilegio en la posteridad. Destacan entre ellos Japón, ensayo de una interpretación; Kokoro, impresiones de la vida íntima en el Japón; En el país de los dioses, relatos de viaje por el Japón Meijí y Fantasmas de la China y Japón. Murió en Tokio en 1904.

Pero volvamos a las Antillas. El barco de este observador singular va recalando por un rosario de islas como Santa Cruz, San Cristóbal, Martinica, Barbados, Demerara, Trinidad, Granada, Santa Lucía y San Vicente. Con esa habilidad para captar el detalle que caracteriza a los grandes escritores de viajes, como Paul Theroux y Bruce Chatwin, Hearn se deja sorprender sobre todo por la sinfonía de colores que se abre a su paso. En el mar y en la tierra. Así, observa desde la cubierta un azul que le recuerda a la tinta violeta, nubes de espuma con un precioso moteado, un azul que resplandece como si el fuego lo atravesara de parte a parte, un horizonte tomado por una bruma lechosa, un sol que se hunde tras un banco de nubes cobrizas después de dar al agua un tono de lapislázuli llameante, el límite del cielo que arde como presa de una llama verdosa…  

Y todo eso como un aperitivo de lo que está por llegar, antes de descubrir por ejemplo lo que un compañero de viaje le asegura que es el auténtico azul, el azul tropical del Caribe, imposible de describir, que hay que ver para creer que existe. Resulta inevitable preguntarse si esa paleta de pintor es algo que está a la vista de todo el mundo, si cualquier viajero actual la encontrará a poco que se empeñe, si  le causará la misma impresión en el caso de que se aventure por la misma ruta, o si es algo reservado para quien tiene una mirada especial capaz de ver más allá de lo que capta el nervio óptico.

En cada una de las islas que divisa o en las que recala su barco, encuentra Hearn una singularidad que le fascina, ya sea su escarpado perímetro, sus volcanes amenazantes, sus espesas selvas, lo pintoresco de unos pueblos que con frecuencia conservan las huellas del paso de los españoles, la paleta de todos los colores de una naturaleza salvaje y solo a medias domesticada, o la variedad de costumbres, lenguas y tonos de piel de una población de aluvión que incluye a indios de la India, negros descendientes de esclavos, blancos en minoría y en retirada, mulatos y mestizos.

En estos últimos encuentra Hearn un ideal de belleza que le lleva al borde de la exaltación. Así describe, por ejemplo, a un joven mulato y en taparrabos de La Martinica: “Jamás, ni siquiera en un bronce, había visto yo tan hermoso juego de músculos. Un profesor de anatomía podría haberlo usado como modelo para su clase; un escultor deseoso de modelar un bello Mercurio en bronce habría quedado satisfecho sacando un molde de semejante cuerpo”. También se refiere en ocasiones a la belleza de las mujeres, pero nunca con tanta devoción.

Con todo, son los colores los que más le impresionan y conmueven. Así, se refiere a la “monstruosa belleza de estas selvas (…),  a tonos y colores que parecen exigir la creación de palabras nuevas”, una riqueza del follaje que “sume a los pintores en el estupor y la desesperación”, porque “no hay arte humano que pueda remedar su gloria”. Por supuesto, es el verde, un centenar de tonalidades de verde, lo que domina, pero, según la temporada, los bosques también estallan de pronto “en una desmesurada conflagración de amarillo fuego, rosa carne, rojo sangre, cian encendido, bermellón…”. Por no hablar de las cataratas arcoiris, los precipicios amarillo canario y las especies en flor que desprenden “destellos paradisiacos de cientos de tonalidades, espectáculos pirotécnicos de mezclas y contrastes”.

Hearn dedica una atención preferente a La Martinica, la isla natal de la emperatriz Josefina, esposa de Napoleón –una estatua de mármol, hoy guillotinada, la recuerda en la capital, Fort de France-, y la toma como referente de que, pese a su inabarcable belleza, la naturaleza salvaje de las llamadas Pequeñas Antillas no solo tiene capacidad para deslumbrar, sino también para amenazar y hasta resultar letal para quien no la respete. La isla es, por ejemplo, el hábitat casi exclusivo de una de las serpientes más venenosas del mundo, la víbora cabeza de lanza, de la que existen ocho variedades, con cabezas de colores diferentes.

Los gatos son los únicos que se atreven a plantarle cara. En el libro se describe una lucha a muerte, en la que se impone una gata, y que hace pensar que Rudyard Kipling tuvo a este libro in mente cuando escribió el capítulo de El libro de la selva (publicado en 1894) en el que recoge el enfrentamiento entre una cobra y una mangosta. Puede que la situación sea ahora diferente, pero de hacer caso a Hearn, en 1887 este reptil era dueño absoluto del bosque, sobre todo al caer de noche, cuando obligaba a los habitantes de pueblos y aldeas de La Martinica a recluirse en sus hogares.

Quince años después, en mayo de 1902, el volcán de Mont Pelée entró en erupción y arrasó la cercana localidad de Saint Pierre, en la que se había refugiado buena parte de la población de la isla. Murieron casi 30.000 personas. Sólo hubo dos supervivientes. Pocos días antes, interpretando mejor las señales que los humanos, una legión de ciempiés gigantes, hormigas caníbales y, sobre todo, víboras cabeza de lanza invadieron la ciudad atacando a todo lo que se movía. Murieron unas 50 personas, en anticipo del trágico final que aguardaba al resto de la población. Un recordatorio de que el infierno es a veces la otra cara del paraíso.