La herida abierta del conflicto vasco se hace novela en ‘Patria’

28 Sep 2016
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A veces, la ficción es el mejor instrumento para reflejar una realidad compleja. El escritor donostiarra Fernando Aramburu lo demuestra en Patria, su novela más ambiciosa hasta la fecha. A través de la peripecia cotidiana de dos familias unidas hasta donde alcanza la memoria pero luego separadas porque una tiene a un verdugo y la otra a una víctima, se refleja el desgarro que el terrorismo de ETA y el conflicto vasco han provocado en una sociedad que tan solo ahora, tras más de 50 años de violencia, se asoma a un horizonte de normalidad.

Aramburu sostiene que él no toma partido, pero eso no significa que sea equidistante. Es imposible equiparar a los que mueren y a los que matan. Aunque se reproduzca de forma convincente la atmósfera viciada en la que unos jóvenes de un pequeño pueblo vasco se van convenciendo de buena fe de que el asesinato es un arma legítima para liberar Euskal Herria del yugo de un Estado opresor, en Patria hay algo parecido a una explicación, pero ni la más mínima sombra de justificación, pero tampoco de condenar porque, ante todo, se trata de entender. Y para entender hay que dar voz a las dos partes, incluidos los terroristas y quienes les apoyan, sin soslayar que abusos como las torturas a los detenidos alentaron el odio durante décadas.

Dos mujeres amigas desde niñas, vascas de pura cepa, casadas con vascos de pura cepa, con hijos vascos de pura cepa, que un día quisieron hacerse monjas al mismo tiempo, que no podían vivir separadas, se distancian cuando el hijo de una de ellas entra en ETA, forma parte del comando que asesina al marido de la otra –incluso quizás aprieta el gatillo- y, una vez detenido, es condenado a pudrirse en la cárcel. De golpe y porrazo, forzada a elegir, su madre toma partido por él, se convierte a su causa, comparte su ideario ultranacionalista-terrorista, y considera a su vieja amiga una provocadora porque atreve a regresar al pueblo, a provocar al inquirir sobre lo sucedido a su marido, incluso a contactar con su hijo para pedirle que le cuente la verdad y pida perdón. Solo así, dice, podrá morir tranquila.

En Patria importa mucho el ambiente: la cuadrilla que anima a la kale barroka (incendiar un autobús, lanzar cócteles molotov a la Etzainza, hacer pintadas señalando objetivos…), el ostracismo que sufren los amenazados o extorsionados por ETA, los cárteles que exigen el acercamiento de los presos, los entierros multitudinarios a etarras muertos (incluso a los suicidas), el cura que justifica y anima a la lucha armada … Se trata de una atmósfera exterior, de puertas afuera, que nadie se atreve a cuestionar en público porque podría resultar peligroso. Pero de puertas adentro, en el interior de cada vivienda, el escenario es muy diferente, y por ejemplo en el seno de las dos familias que articulan la novela, con diez miembros en total, solo el etarra y su madre están al otro lado de la frontera del horror.

El conflicto vasco, o sencillamente el conflicto, permea las 646 páginas de Patria, articulada a través de 125 capítulos en los que se utilizan y se mezclan diversas voces, incluida la del narrador, que combina la primera y la tercera persona, aunque el relato nunca resulta confuso. Antes al contrario, es de una claridad esencial, forjada de una prosa sencilla y precisa, siempre con la palabra justa y accesible, aunque al servicio de un argumento complejo y ambicioso.

Patria tiene como eje a las dos amigas, que envejecen juntas cargando cada una con su propia tragedia, pero desarrolla también las vivencias de toda una galería de personajes secundarios, el resto de los miembros de las dos familias que intentan seguir con sus vidas, aunque los parientes del asesinado no puedan hacerlo siquiera en el pueblo en el que crecieron porque son vistas allí como intrusos. Algunas de esas historias personales tienen, por sí mismas, un gran interés, sus caracteres están perfectamente construidos, recogen dosis éxitos y fracasos, frustraciones e incluso, en alguna ocasión, tragedia. Pero solo encajan en el conjunto por la huella concreta que el conflicto ha dejado en ellas.

Aramburu ha declarado que fue en 1984, a sus 27 años, al ver cómo introducían en un ataúd el cuerpo del asesinado senador Enrique Casas, cuando se dijo que algún día escribiría sobre el conflicto. “Preguntarme qué pasa al día siguiente de que el muerto ocupe un lugar en los periódicos me hizo novelista” (El Periódico, 20 de septiembre).

Pero no hay que buscar fuera. La clave está en Patria. Hay que ir a la página 551 de su libro para encontrar, en boca de un escritor –su clon literario- que participa en un acto del Colectivo de Víctimas del Terrorismo, los motivos para escribir la novela: “Por un lado, la empatía que les profeso a las víctimas del terrorismo. Por otro, el rechazo sin paliativos que me suscitan la violencia y cualesquiera agresiones dirigidas contra el Estado de derecho”. Ahí explica también que escribe “contra el crimen perpetrado con excusa política”, que lo ha hecho “sin odio pero contra el lenguaje del odio, la desmemoria y el olvido (…), a favor de la literatura y el arte, por tanto de lo bueno y lo noble que alberga el ser humano. Y a favor de la dignidad de las víctimas de ETA en su individual humanidad, no como meros números de una estadística”.

Es también en ese acto en el que Aramburu sitúa a personajes reales y ficticios donde reconoce que él también fue “un adolescente vasco expuesto como tantos otros chavales de la época a la propaganda favorecedora del terrorismo y a la doctrina en que ésta se fundamenta”. El Joxe Mari de Patria que atenta contra El Txato, el marido de la íntima amiga de su madre que de niño le compraba helados , no pudo, no supo o no quiso escapar de esa dinámica, aunque quien sabe si terminará pidiendo perdón, el único lenitivo aceptable para que, más allá de que termine la lucha armada, Euskadi pase por fin página.