De los locos años veinte al holocausto nazi

07 Oct 2016
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Esta es la historia de una judía alemana que no fue consciente de que lo era hasta que Hitler curó su ceguera, a la que atraía más la Navidad que las fiestas hebreas, que tuvo tres hijos con otros tantos arios de pura cepa, que apuró hasta la última gota del desmadre de creatividad y libertades de los locos años veinte, que creía en el amor libre y lo practicaba sin reservas morales, y que vio cómo se hundía su mundo ideal y gozoso en la sima del horror del holocausto nazi.

Se llamaba Else, y su hija Angelika Schrobsdorff escribió décadas después de su muerte en 1949, una memoria-homenaje, que se lee como la más entretenida e interesante de las ficciones y que, muy acertadamente, tituló Tú no eres como otras madres. Dos sellos artesanales (Periférica y Errata Naturae) se han unido para publicar la obra en castellano, en una cuidada edición que, desde su primera impresión el pasado marzo, ha alcanzado un notable éxito de ventas y el unánime elogio de la crítica.

La primera parte del libro es un canto a la gloria de vivir sin ataduras ni convencionalismos, a la transgresión y la sexualidad desinhibida, a la exuberancia cultural, una loa a los locos años veinte, esa época irrepetible con la que se pretendía conjurar los fantasmas de una guerra reciente sin caer en la cuenta de que se sentaban las bases de otro conflicto aún más horrible, el más mortífero que vieron los siglos.

La capital alemana, quizá junto a París, se convirtió en el principal foco de esa luminaria. Fue el “preludio de una época nueva, moderna y emancipada que no tuvo oportunidad” de consolidarse porque antes de lograrlo la alcanzó la “grandiosa danza de la muerte”. Señala la autora de este libro singular: “La cantidad de gigantes del arte y del intelecto que el Berlín de entonces escupió de la noche a la mañana es simplemente increíble. La mitad de ellos eran judíos y conseguimos matarlo todo: a los judíos, el arte y el intelecto”.

Else y sus tres hijos tardaron en darse cuenta de que el ascenso de Hitler y su posterior llegada al poder significaban una condena de muerte para el mundo tal y como lo conocían, además de para ellos mismos, que nunca se habían detenido a pensar que ellos, como judíos o medio judíos, podían no ser unos alemanes como todos los demás. Había de pasar aún bastante tiempo hasta que, ya en el exilio de Bulgaria, Else dijera a la adolescente y mestiza de primer grado Angelika (nacida en 1927): “Es peligroso y equivocado rechazar lo que uno es. Puedes empeñarte en que no, pero no dejarás de serlo”.

Solo Peter, el hermano mayor, fue precozmente consciente de su condición, al extremo de abandonar el país, declararse judío al cien por cien y, tras penalidades sin cuento, acabar sus días en el campo de batalla, en las filas del ejército de la Francia libre. En cambio, la otra hermana, Bettina, más por ignorancia que por convicción –como un pedazo de pan, abnegada hija, esposa y madre- pasó por una época de fervor nazi, para espanto de su familia.

Angelika, la menor, la más parecida a su madre, tardó en convencerse (si es que lo hizo alguna vez) de que era más judía que alemana, pese a que amase la lengua, la cultura e incluso hasta cierto punto la religión alemanas. Tras la derrota de Hitler, volvió al país, luego vivió un tiempo en Israel y se casó con Claude Lanzmann, director de la aclamada película Shoah. Hoy, a sus 89 años, vive de nuevo en Berlín el que un dia fue feliz y despreocupada y, gracias sobre todo a Tú no eres como otras madres, está considerada como una de las cumbres de la literatura germana del siglo XX.

Para 1938, incluso antes de la llamada Noche de los Cristales Rotos (9 de noviembre), incluso quien no quería abrir los ojos no tuvo más remedio que entender que la deriva hitleriana conducía a una persecución sistemática de los judíos: prohibición de asistir a teatros, cines, exposiciones y conciertos; retirada del carné de conducir; exclusión de la universidad; enajenación de sus empresas; obligación de entregar joyas y títulos de valor; retirada de los nombres hebreos del callejero; conversión de los médicos en meros “sanadores de enfermos”; tarjetas de identidades especiales; “prestación de desagravio” a pagar al Estado y a cargo de toda la comunidad, comienzo poco visible de los internamientos en campos… Y lo peor estaba por llegar: el horror absoluto y abominable que convirtió en una obviedad la famosa frase de Schopenhauer: “Desde que conozco al hombre, amo a los animales”.

Tú no eres como otras madres no es otro libro más sobre el ascenso de Hitler al poder y la persecución a los judíos. De hecho, más de la mitad de sus páginas transcurren casi ajenas a lo que se estaba cociendo en Alemania y que terminaría alterando el curso de la historiando. Angelika Schrobsdorff rinde aquí un sentido homenaje a su madre, que fue un espíritu libre durante la mayor parte de su vida, hasta que la tragedia y la enfermedad la abatieron, que marcó a cuantos la conocieron e incluso a quienes la sufrieron por su chispa indefinible, su alegría y entusiasmo, su desprecio de los convencionalismos y su contagioso amor a lo mejor que puede ofrecer la vida, pero también en ocasiones por su inconstancia, su egoísmo y su falta de fidelidad a quienes solo veían por sus ojos.

Amó y engañó a muchos hombres, aunque solo le dejaron huella los padres de sus tres hijos, y estos siempre le guardaron devoción, incluso cuando su vida exagerada le impedía prestarles la atención que requerían. Es, en fin, un personaje de novela, poliédrico y conmovedor.

El cataclismo hitleriano arrastró todo lo que encontró a su paso, y el sufrimiento de Else y de su familia palidece quizá frente a otras historias del holocausto. No hay en Tú no eres como otras madres descripciones naturalistas de la persecución a los judíos en Alemania y los horrores de los campos de exterminio. Solo el reflejo del efecto demoledor sobre una familia burguesa e ilustrada, del hundimiento del mundo perfecto y tolerante en el que creían vivir, pero que apenas era un sueño que se desvaneció de un soplo dejando tras de sí un vacío desolador. Angelika Schrobsdorff relata con magistral pulso literario ese vivir en una nube de gloriosa irrealidad y la ulterior y demencial caída a los infiernos.

Pocos libros como éste valen lo que cuestan.