Neruda: ‘Confieso que he vivido’

14 Oct 2016
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El chileno Pablo Neruda (1904-1973) ganó un sólido prestigio y una extendida popularidad entre la juventud progresista española que anhelaba la muerte de Franco a comienzos de los años setenta del pasado siglo. Lo logró gracias a su compromiso izquierdista, a que puso la poesía a ras de tierra y al servicio no del ideal estético sino del político, a la obtención del Premio Nobel en 1971, al apoyo sin reservas a Salvador Allende, a que se convirtió en una especie de mártir cuando murió pocos días después de que lo hiciera el presidente en un Palacio de la Moneda bombardeado por orden de Pinochet, y a la publicación en 1974 de unas memorias, Confieso que he vivido, que se regalaba por entonces con el mismo entusiasmo con que los enamorados compartían los versos de juventud contenidos en un pequeño volumen titulado Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Releídas más de 40 años después –por el impulso del desconcertante filme Neruda, de Pablo Larraín-, en la edición original de Seix Barral, las memorias resisten aceptablemente el paso del tiempo. Conservan gran parte de su frescura original, aunque a veces chocan por su ingenuidad y sorprenden por su actitud acrítica respecto a la Unión Soviética antes del crucial XX Congreso del PCUS, en el que Jruschov denunció los excesos del estalinismo… cuando Stalin llevaba ya casi tres años muerto. Interesan por el vívido relato de una peripecia humana que, siempre a cuestas con sus versos, le llevó desde Birmania y Ceilán hasta la guerra civil española, la militancia comunista, el Senado chileno y las embajadas de México o París. También por la descripción de sus relaciones amistosas con lo más granado de la cultura de su época, desde Lorca a Elouard, Aragon o Picasso. Y se mantiene la vigencia de la mayor parte de sus opiniones sobre el papel del poeta en su relación con su entorno, de manera especial con la entonces y todavía compleja e injusta situación latinoamericana.

Se atribuye a Borges la afirmación de que Neruda pasó de ser un mediocre poeta sentimental a un gran poeta revolucionario. Puede que no sea del todo cierto, pero sí lo es que el premio Nobel chileno renunció al preciosismo estético a favor de la pasión y la relación estrecha con su tierra y su pueblo, entendiendo como tales los de todo un continente maltratado por la historia y los gobernantes. “La belleza congelada de Góngora”, asegura en Confieso que he vivido, “no conviene a nuestras latitudes (…) Nuestra capa americana es de piedra polvorienta, de lava triturada, de arcilla con sangre. No sabemos tallar el cristal. Nuestros preciosistas suenan a hueco”.

Las memorias de Neruda adolecen de cierto desorden que, si bien no destruye un interés que ha logrado sobrevivir al paso de las décadas, sí que causa notables y frecuentes disfunciones. No es de extrañar que sea así porque, cuando murió el poeta en su casa de Isla Negra en el nefasto septiembre de 1973, el texto quedó incompleto y fragmentado. Fueron su viuda, Matilde Urrutia, y el escritor venezolano Miguel Otero Silva quienes recompusieron el rompecabezas utilizando a veces añejos y dispersos textos autobiográficos. A ello se añade que solo en contadas ocasiones se indica la fecha de los hechos que se recogen, que no hay en sentido estricto una ordenación cronológica, que existen importantes huecos temporales, y que se produce algún que otro error de bulto. Quizás el que más chirría sea que, al relatar un viaje a la Unión Soviética en 1949, se asegura que el motivo fue asistir al centenario de la muerte de Alexander Pushkin (1799-1837) cuando, obviamente, se trataba del 150º aniversario del nacimiento del poeta y gloria nacional rusa. Cabe suponer que un fallo tan de bulto no es atribuible a Neruda, sino a un descuido de sus editores póstumos.

Confieso que he vivido es fiel reflejo de una época en la que la poesía –hoy menospreciada y privilegio de una minoría de estetas- se reivindicaba casi como un instrumento al servicio de la militancia y el cambio social en entornos de efervescencia política –como en España- o revolucionaria –como en América Latina-. Ese carácter es lo que confiere a la relectura de las memorias de Neruda una frescura y un interés que podría interpretarse como nostalgia de aquella época en la que contra Franco vivíamos mejor.

La poesía era entonces más cercana a la vida real, como refleja el propio Neruda en esta obra en numerosas ocasiones. Como cuando temiendo el enfrentamiento con un matón de taberna, éste se viene abajo, admite que es un rufián, le enseña la fotografía de una muchacha sonriente –la única cosa limpia en su vida- y casi llorando le dice: “Ella me quiere por usted, don Pablito, por sus versos que hemos aprendido de memoria: “Desde el fondo de ti y arrodillado, un niño triste como yo nos mira”. O como cuando los artilleros rusos que, en 1960, derribaron un avión espía norteamericano declararon que llenaban su tiempo de ocio en su remota base de los Urales con versos de Pushkin y Neruda.

Las memorias del Nobel chileno contienen también algunos pasajes que muestran su apasionado amor por la lengua castellana, el idioma de los conquistadores que “allá por donde pasaban quedaba arrasada la tierra”. A aquellos “bárbaros se les caían de las botas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes”. Y concluye: “Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”.

Esas mismas palabras le permitieron apreciar la “pasión genital que ardía en Quevedo”, la “fuerza salvaje de Berceo o el arcipreste de Hita”, incluso esa “belleza congelada” de Góngora antes citada. Y también, al otro lado del Atlántico, las “gotas de vino” de Martín Fierro o la “miel turbia” de Gabriela Mistral. Es el destilado de esas y muchas otras influencias (algunas contemporáneas, como las de Lorca y Alberti) lo que ayudó a parir los mejores versos de los nerudianos Canto general, España en el corazón, Residencia en la tierra o Los versos del capitán.


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