La lengua jurásica
En un apacible lugar de Asturias habita un sujeto que en su web personal se autodefine como el más fecundo de los escritores españoles. Hasta aquí bien. Lo que natura no da Internet lo presta. El lunes recién pasado este escriba fecundo publicó una encendida sarta de insultos contra todos los latinoamericanos, que él llama hispanoamericanos, y su primera frase dice: “ España acogió con honores de grandes literatos a autores que nunca triunfaron en su tierra y cuyo único mérito era ser rojos”. Hasta aquí bien, sin embargo, este sujeto confunde a los turistas que acuden con la intención de visitar el Parque Jurásico Asturiano, otra de las estupendas ofertas estivales de la región y, más de alguno, con la camisita azul del revanchismo bien planchada, pregunta por el dinosaurio come rojos.
Otra de las frases célebres del artículo citado reza: “Hoy fumar y beber están proscritos y la mariconería protegida por el Gobierno”. La verdad es que no sabemos si los dinosaurios gruñían, maullaban o ladraban, y sería injusto suponer que en la lengua jurásica este tipo de expresiones suscitaran entusiasmo entre nuestros antepasados de cabeza inclinada, ajenos al impasible ademán joseantoniano, pero hoy emocionan a los que piden mano dura y caña contra ellos, los otros, los que no son como nosotros, los de siempre, contra los rojos. El fecundo ejemplar del jurásico social tiene un nombre: José Ignacio Gracia Noriega, y el ejemplar más popular del jurásico asturiano, tal vez por culpa de Spielberg, es el velociraptor. He visto a niños audaces que se acercan al dinosaurio de resina e intentan alimentarlo con patatas fritas, plátanos y restos de helados, porque en la imaginación de los chicos el dinosaurio era un bicho que provocaba miedo, es un peligro definitivamente pasado.
Así, resulta una dicha dejar a los infantes en manos de monitoras del Parque Jurásico Asturiano, jugando a ser Indiana Jones, excavando premunidos de palitas y cepillitos hasta que cada uno da con un huevo de tiranosaurio rex que se lleva de recuerdo. Confío en que ningún chico dará con un huevo de escriba fecundo, que rompa el cascarón del pasado y lo obligue a cantar el cara al sol, como en los viejos tiempos del jurásico nacionalcatólico.





