La paranoia

30 Ago 2009
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Es interesante comprobar que una manía persecutoria individual puede convertirse en sentimiento colectivo y, además, en plataforma política. Así pues, sin necesidad de cambiar la sigla, el PP ha cambiado de nombre y hoy es el Partido Paranoico.
Todos persiguen al PP, jueces, policías, bomberos, periodistas, boy scouts, y cualquier ciudadano que sin querer pase por la calle Génova corre el riesgo de ser acusado de conspiración, de ser parte de una de las tantas tramas montadas desde un siniestro despacho en La Moncloa.

La visión de cargos del PP esposados de manera desproporcionada y discriminatoria ha estremecido los corazones de los españoles, y la congoja ha sido mayor cuando algún periodista ha preguntado si son ciertos o no lo cargos que se les imputan. La conjura zapaterista ha logrado distraer la atención sobre esas manitas unidas por lacerantes argollas de acero, y la ha fijado en la pueril necesidad de saber si hubo o no chanchullos. Así, la natural tendencia de ser forever young, el acto de amor que significa aceptar regalos de un amigo del alma y responder con algún favorcillo que fortalece la amistad, se ha convertido en algo reprobable por culpa de jueces, periodistas y fiscales que no conocen el placer de dar y recibir. ¿Acaso un partido político no desea lo mejor para los ciudadanos? ¿Acaso este deseo no es un acto de elemental generosidad? Eso es lo que la conjura zapaterista persigue; la generosidad de los que saben dar lo mejor de sí mismos, información privilegiada, contactos, contratos, preferencias, trato especial, y a cambio reciben con humildad presentes que testimonian afectos imperecederos.

Los crueles perseguidores exigen que aparezcan papeles inexistentes, por ejemplo ciertos contratos extraviados en la Federación Española de Municipios durante los años en que Rita Barberá presidía la FEMP. Saben que en todos los archivos hay ratones particularmente glotones con los documentos guardados de forma apresurada, papeles muy sabrosos cuando cualquier acto ilícito que escondan está a punto de prescribir. Lo saben, pero insisten, de pura maldad y afán persecutorio.
En algún lugar de España Rajoy suspira: ¡Ay señor!, ¿cuándo acabará este calvario? Y Soraya Sáenz de Santamaría lo observa en monástico recogimiento.

La lengua jurásica

23 Ago 2009
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En un apacible lugar de Asturias habita un sujeto que en su web personal se autodefine como el más fecundo de los escritores españoles. Hasta aquí bien. Lo que natura no da Internet lo presta. El lunes recién pasado este escriba fecundo publicó una encendida sarta de insultos contra todos los latinoamericanos, que él llama hispanoamericanos, y su primera frase dice: “ España acogió con honores de grandes literatos a autores que nunca triunfaron en su tierra y cuyo único mérito era ser rojos”. Hasta aquí bien, sin embargo, este sujeto confunde a los turistas que acuden con la intención de visitar el Parque Jurásico Asturiano, otra de las estupendas ofertas estivales de la región y, más de alguno, con la camisita azul del revanchismo bien planchada, pregunta por el dinosaurio come rojos.

Otra de las frases célebres del artículo citado reza: “Hoy fumar y beber están proscritos y la mariconería protegida por el Gobierno”. La verdad es que no sabemos si los dinosaurios gruñían, maullaban o ladraban, y sería injusto suponer que en la lengua jurásica este tipo de expresiones suscitaran entusiasmo entre nuestros antepasados de cabeza inclinada, ajenos al impasible ademán joseantoniano, pero hoy emocionan a los que piden mano dura y caña contra ellos, los otros, los que no son como nosotros, los de siempre, contra los rojos. El fecundo ejemplar del jurásico social tiene un nombre: José Ignacio Gracia Noriega, y el ejemplar más popular del jurásico asturiano, tal vez por culpa de Spielberg, es el velociraptor. He visto a niños audaces que se acercan al dinosaurio de resina e intentan alimentarlo con patatas fritas, plátanos y restos de helados, porque en la imaginación de los chicos el dinosaurio era un bicho que provocaba miedo, es un peligro definitivamente pasado.

Así, resulta una dicha dejar a los infantes en manos de monitoras del Parque Jurásico Asturiano, jugando a ser Indiana Jones, excavando premunidos de palitas y cepillitos hasta que cada uno da con un huevo de tiranosaurio rex que se lleva de recuerdo. Confío en que ningún chico dará con un huevo de escriba fecundo, que rompa el cascarón del pasado y lo obligue a cantar el cara al sol, como en los viejos tiempos del jurásico nacionalcatólico.

Fábula del sapo

16 Ago 2009
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Hace un par de días llegó hasta mi jardín un sapo, feo, verde y viscoso, pero sapo a fin de cuentas y con derecho a vivir también bajo el refrescante follaje. Así argumentaron mis dos perros y el gato, y de inmediato lo instruyeron en las reglas generales de convivencia. Se trata de no jorobarnos los unos a los otros y de colaborar a la mantención del habitat. Nosotros, por ejemplo, mantenemos alejados a los cacos, señaló un perro. El gato detalló su tarea de mantener la alacena libre de ratas, y el otro perro, más didáctico, le explicó los acuerdos suscritos conmigo. El tío no nos pega, nos alimenta, dejamos que se sienta nuestro amo y nosotros, además de cumplir con las tareas asignadas, somos simpáticos, no mordemos ni rasguñamos a las visitas.

Como los perros y el gato creen en la nobleza de ganar el sustento, al sapo lo nombraron inspector general de moscas. Su tarea consistía en tragarse cualquier mosca que se acercara a la casa. El acuerdo funcionó los primeros días, pero descubrí a unas ratas en la alacena, roían con entusiasmo un chorizo, y de inmediato increpé al gato por su negligencia. Esa tarde los animales se reunieron en el patio para tratar el asunto, y uno de los perros tiró a los pies del sapo unas bolsitas de plástico verde que había encontrado en su madriguera. Con esto te sobornaron las ratas, sapo corrupto, ladró el perro. El sapo tomó una de las bolsas, enseñó la ridícula etiqueta en la que se leía “forever sapo” y alegó que eran pellejos comprados con sus ahorros. Como es natural en animales honestos, le exigieron que mostrara las facturas, pero el sapo acusó a un perro de espiar su intimidad, al otro de perseguirlo nada más que por el hecho de ser verde, húmedo y viscoso, y al gato lo denunció como instigador de la violación sistemática de sus derechos batracios. Desde sus escondites, las ratas chillaron que vivían en la peor de las dictaduras y el sapo, envalentonado, afirmó que pediría la colaboración de otras alimañas para terminar con ese régimen soviético.

Los dos perros y el gato se miraron consternados, se sintieron ridículos porque no podían expulsar al sapo del jardín ya que eso sería violar un acuerdo de convivencia, y se sintieron muy tristes cuando el sapo, dirigiéndose al jefe de las ratas, le dijo: amiguito de la cloaca, te quiero un huevo.

El «Gallego sin atributos»

09 Ago 2009
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Dicen que El Hombre sin Atributos de Robert Musil es la obra cumbre de la literatura alemana, pero lo cierto es que, pese a ser un coñazo, Ulrich, el protagonista, tiene tantas similitudes con Mariano Rajoy que hace interesante su lectura.
El pobre Ulrich es un tío de 30 años que decide dedicar uno para saber qué hacer con su vida y además salvar Kakania, que es como Musil define al Imperio austrohúngaro. Así, en el argumento de la novela se forman comisiones sin que el lector se entere para qué, de la misma manera como hasta ahora tampoco nos enteramos por qué y para qué Aznar dedizó a Rajoy como sucesor.

En la novela el pobre Ulrich no se aclara jamás, y para más inri el autor la dejó inconclusa, tan inconclusa como la frase barriobajera que se le escuchó a Rajoy al inicio de sus vacaciones: si el Gobierno no rectifica su política económica los españoles acabarán sufriendo “algo como el corralito”. Tal afirmación lo evidencia como uno de los pocos gallegos carentes de nobleza, como El Gallego Sin Atributos, porque llamar a la estampida, al pánico para que la gente retire el dinero de los bancos justamente ahora, en medio de una crisis de la que los bancos no son precisamente inocentes, es arrojar gasolina al incendio.

En la novela, Ulrich es un cantamañanas que ni siquiera sabe si tiene sensualidad, deseo, ganas de vivir o morir, o si la relación que cultiva con su hermana Agathe terminará en un incesto de padre y señor o en una profunda unidad espiritual. Nuestro Gallego sin Atributos tampoco sabe en qué terminará su relación con Bárcenas, Camps, o si las declaraciones de María Dolores de Cospedal usando el terrorismo como tapadera para el Caso Gürtel es ya una confirmación de incestuosa concordancia a la hora de ser infames.

En la novela, Ulrich juzga la historia con criterio de contable pues antepone los 60 años de reinado de Francisco José a los 30 de Guillermo II sin llegar a ninguna conclusión. Nuestro Gallego sin Atributos juzga el presente de las encuestas con alma de registrador de la propiedad y saca pecho al saber que por primera vez el PP tiene una mínima ventaja sobre el PSOE en el ánimo de los votantes, pero su triste condición de ser el político peor valorado lo mantiene estupefacto.
Le haría bien a Rajoy leer esta novela de Musil en sus vacaciones. Aunque sea un coñazo.