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	<title>Luis Sepúlveda</title>
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		<title>La paranoia</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Aug 2009 04:46:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Opinión</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es interesante comprobar que una manía persecutoria individual puede convertirse en sentimiento colectivo y, además, en plataforma política. Así pues, sin necesidad de cambiar la sigla, el PP ha cambiado de nombre y hoy es el Partido Paranoico. Todos persiguen al PP, jueces, policías, bomberos, periodistas, boy scouts, y cualquier ciudadano que sin querer pase [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es interesante comprobar que una manía persecutoria individual puede convertirse  en sentimiento colectivo y, además, en plataforma política. Así pues, sin  necesidad de cambiar la sigla, el PP ha cambiado de nombre y hoy es el Partido  Paranoico.<br />
Todos persiguen al PP, jueces, policías, bomberos, periodistas,  boy scouts, y cualquier ciudadano que sin querer pase por la calle Génova corre  el riesgo de ser acusado de conspiración, de ser parte de una de las tantas  tramas montadas desde un siniestro despacho en La Moncloa.</p>
<p>La visión de  cargos del PP esposados de manera desproporcionada y discriminatoria ha  estremecido los corazones de los españoles, y la congoja ha sido mayor cuando  algún periodista ha preguntado si son ciertos o no lo cargos que se les imputan.  La conjura zapaterista ha logrado distraer la atención sobre esas manitas unidas  por lacerantes argollas de acero, y la ha fijado en la pueril necesidad de saber  si hubo o no chanchullos. Así, la natural tendencia de ser forever young, el  acto de amor que significa aceptar regalos de un amigo del alma y responder con  algún favorcillo que fortalece la amistad, se ha convertido en algo reprobable  por culpa de jueces, periodistas y fiscales que no conocen el placer de dar y  recibir. ¿Acaso un partido político no desea lo mejor para los ciudadanos?  ¿Acaso este deseo no es un acto de elemental generosidad? Eso es lo que la  conjura zapaterista persigue; la generosidad de los que saben dar lo mejor de sí  mismos, información privilegiada, contactos, contratos, preferencias, trato  especial, y a cambio reciben con humildad presentes que testimonian afectos  imperecederos.</p>
<p>Los crueles perseguidores exigen que aparezcan papeles  inexistentes, por ejemplo ciertos contratos extraviados en la Federación  Española de Municipios durante los años en que Rita Barberá presidía la FEMP.  Saben que en todos los archivos hay ratones particularmente glotones con los  documentos guardados de forma apresurada, papeles muy sabrosos cuando cualquier  acto ilícito que escondan está a punto de prescribir. Lo saben, pero insisten,  de pura maldad y afán persecutorio.<br />
En algún lugar de España Rajoy suspira:  ¡Ay señor!, ¿cuándo acabará este calvario? Y Soraya Sáenz de Santamaría lo  observa en monástico recogimiento.</p>
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		<title>La lengua jurásica</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Aug 2009 04:54:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Opinión</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[En un apacible lugar de Asturias habita un sujeto que en su web personal se autodefine como el más fecundo de los escritores españoles. Hasta aquí bien. Lo que natura no da Internet lo presta. El lunes recién pasado este escriba fecundo publicó una encendida sarta de insultos contra todos los latinoamericanos, que él llama [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En un apacible lugar de Asturias habita un sujeto que en su web personal se  autodefine como el más fecundo de los escritores españoles. Hasta aquí bien. Lo  que natura no da Internet lo presta. El lunes recién pasado este escriba  fecundo publicó una encendida sarta de insultos contra todos los  latinoamericanos, que él llama hispanoamericanos, y su primera frase dice: “  España acogió con honores de grandes literatos a autores que nunca triunfaron en  su tierra y cuyo único mérito era ser rojos”. Hasta aquí bien, sin embargo, este  sujeto confunde a los turistas que acuden con la intención de visitar el Parque  Jurásico Asturiano, otra de las estupendas ofertas estivales de la región y, más  de alguno, con la camisita azul del revanchismo bien planchada, pregunta por el  dinosaurio come rojos.</p>
<p>Otra de las frases célebres del artículo citado reza:  “Hoy fumar y beber están proscritos y la mariconería protegida por el Gobierno”.  La verdad es que no sabemos si los dinosaurios gruñían, maullaban o ladraban, y  sería injusto suponer que en la lengua jurásica este tipo de expresiones  suscitaran entusiasmo entre nuestros antepasados de cabeza inclinada, ajenos al  impasible ademán joseantoniano, pero hoy emocionan a los que piden mano dura y  caña contra ellos, los otros, los que no son como nosotros, los de siempre,  contra los rojos. El fecundo ejemplar del jurásico social tiene un nombre:  José Ignacio Gracia Noriega, y el ejemplar más popular del jurásico asturiano,  tal vez por culpa de Spielberg, es el velociraptor. He visto a niños audaces que  se acercan al dinosaurio de resina e intentan alimentarlo con patatas fritas,  plátanos y restos de helados, porque en la imaginación de los chicos el  dinosaurio era un bicho que provocaba miedo, es un peligro definitivamente  pasado.</p>
<p>Así, resulta una dicha dejar a los infantes en manos de monitoras del  Parque Jurásico Asturiano, jugando a ser Indiana Jones, excavando premunidos de  palitas y cepillitos hasta que cada uno da con un huevo de tiranosaurio rex que  se lleva de recuerdo. Confío en que ningún chico dará con un huevo de escriba  fecundo, que rompa el cascarón del pasado y lo obligue a cantar el cara al sol,  como en los viejos tiempos del jurásico nacionalcatólico.</p>
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		<title>Fábula del sapo</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Aug 2009 04:33:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Opinión</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace un par de días llegó hasta mi jardín un sapo, feo, verde y viscoso, pero sapo a fin de cuentas y con derecho a vivir también bajo el refrescante follaje. Así argumentaron mis dos perros y el gato, y de inmediato lo instruyeron en las reglas generales de convivencia. Se trata de no jorobarnos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace un par de días llegó hasta mi jardín un sapo, feo, verde y viscoso, pero  sapo a fin de cuentas y con derecho a vivir también bajo el refrescante follaje.  Así argumentaron mis dos perros y el gato, y de inmediato lo instruyeron en las  reglas generales de convivencia. Se trata de no jorobarnos los unos a los  otros y de colaborar a la mantención del habitat. Nosotros, por ejemplo,  mantenemos alejados a los cacos, señaló un perro. El gato detalló su tarea de  mantener la alacena libre de ratas, y el otro perro, más didáctico, le explicó  los acuerdos suscritos conmigo. El tío no nos pega, nos alimenta, dejamos  que se sienta nuestro amo y nosotros, además de cumplir con las tareas  asignadas, somos simpáticos, no mordemos ni rasguñamos a las visitas.</p>
<p>Como  los perros y el gato creen en la nobleza de ganar el sustento, al sapo lo  nombraron inspector general de moscas. Su tarea consistía en tragarse cualquier  mosca que se acercara a la casa. El acuerdo funcionó los primeros días, pero  descubrí a unas ratas en la alacena, roían con entusiasmo un chorizo, y de  inmediato increpé al gato por su negligencia. Esa tarde los animales se  reunieron en el patio para tratar el asunto, y uno de los perros tiró a los pies  del sapo unas bolsitas de plástico verde que había encontrado en su  madriguera. Con esto te sobornaron las ratas, sapo corrupto, ladró el  perro. El sapo tomó una de las bolsas, enseñó la ridícula etiqueta en la que se  leía “forever sapo” y alegó que eran pellejos comprados con sus ahorros. Como  es natural en animales honestos, le exigieron que mostrara las facturas, pero el  sapo acusó a un perro de espiar su intimidad, al otro de perseguirlo nada más  que por el hecho de ser verde, húmedo y viscoso, y al gato lo denunció como  instigador de la violación sistemática de sus derechos batracios. Desde sus  escondites, las ratas chillaron que vivían en la peor de las dictaduras y el  sapo, envalentonado, afirmó que pediría la colaboración de otras alimañas para  terminar con ese régimen soviético.</p>
<p>Los dos perros y el gato se miraron  consternados, se sintieron ridículos porque no podían expulsar al sapo del  jardín ya que eso sería violar un acuerdo de convivencia, y se sintieron muy  tristes cuando el sapo, dirigiéndose al jefe de las ratas, le dijo: amiguito de  la cloaca, te quiero un huevo.</p>
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		<title>El «Gallego sin atributos»</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Aug 2009 04:53:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Sepúlveda</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[Dicen que El Hombre sin Atributos de Robert Musil es la obra cumbre de la literatura alemana, pero lo cierto es que, pese a ser un coñazo, Ulrich, el protagonista, tiene tantas similitudes con Mariano Rajoy que hace interesante su lectura. El pobre Ulrich es un tío de 30 años que decide dedicar uno para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dicen que El Hombre sin Atributos de Robert Musil es la obra cumbre de la  literatura alemana, pero lo cierto es que, pese a ser un coñazo, Ulrich, el  protagonista, tiene tantas similitudes con Mariano Rajoy que hace interesante su  lectura.<br />
El pobre Ulrich es un tío de 30 años que decide dedicar uno para  saber qué hacer con su vida y además salvar Kakania, que es como Musil define al  Imperio austrohúngaro. Así, en el argumento de la novela se forman comisiones  sin que el lector se entere para qué, de la misma manera como hasta ahora  tampoco nos enteramos por qué y para qué Aznar dedizó a Rajoy como  sucesor.</p>
<p>En la novela el pobre Ulrich no se aclara jamás, y para más inri el  autor la dejó inconclusa, tan inconclusa como la frase barriobajera que se le  escuchó a Rajoy al inicio de sus vacaciones: si el Gobierno no rectifica su  política económica los españoles acabarán sufriendo “algo como el corralito”.  Tal afirmación lo evidencia como uno de los pocos gallegos carentes de nobleza,  como El Gallego Sin Atributos, porque llamar a la estampida, al pánico para que  la gente retire el dinero de los bancos justamente ahora, en medio de una crisis  de la que los bancos no son precisamente inocentes, es arrojar gasolina al  incendio.</p>
<p>En la novela, Ulrich es un cantamañanas que ni siquiera sabe si  tiene sensualidad, deseo, ganas de vivir o morir, o si la relación que cultiva  con su hermana Agathe terminará en un incesto de padre y señor o en una profunda  unidad espiritual. Nuestro Gallego sin Atributos tampoco sabe en qué terminará  su relación con Bárcenas, Camps, o si las declaraciones de María Dolores de  Cospedal usando el terrorismo como tapadera para el Caso Gürtel es ya una  confirmación de incestuosa concordancia a la hora de ser infames.</p>
<p>En la  novela, Ulrich juzga la historia con criterio de contable pues antepone los 60  años de reinado de Francisco José a los 30 de Guillermo II sin llegar a ninguna  conclusión. Nuestro Gallego sin Atributos juzga el presente de las encuestas con  alma de registrador de la propiedad y saca pecho al saber que por primera vez el  PP tiene una mínima ventaja sobre el PSOE en el ánimo de los votantes, pero su  triste condición de ser el político peor valorado lo mantiene estupefacto.<br />
Le  haría bien a Rajoy leer esta novela de Musil en sus vacaciones. Aunque sea un  coñazo.</p>
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		<title>Fábula de la CEOE</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Jul 2009 04:57:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Sepúlveda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónica Marginal]]></category>

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		<description><![CDATA[Tengo dos perros cuyo contrato los compromete a cuidar la casa, no jorobar al gato y a ser simpáticos con las visitas. Mi obligación con ellos consiste en darles de comer dos veces al día. Hasta aquí, bien, pero llegó la crisis y, aunque no me importan los efectos que pueda tener en mi economía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo dos perros cuyo contrato los compromete a cuidar la casa, no jorobar al  gato y a ser simpáticos con las visitas. Mi obligación con ellos consiste en  darles de comer dos veces al día. Hasta aquí, bien, pero llegó la crisis y,  aunque no me importan los efectos que pueda tener en mi economía ya que la hucha  la tengo en un paraíso fiscal, se me ocurrió que era un buen argumento para  tener más, en ningún caso para ahorrar sino para tener más, y los convoqué en el  jardín.<br />
Empecé diciendo que las cosas estaban mal, muy mal, y que a partir de  ese momento empezaríamos a aplicar, de común acuerdo, una serie de medidas  denominadas flexibilidad alimenticia, que básicamente consistían en que yo les  daría de comer un día sí y otro no, y ellos, por su parte, acudirían a comer un  día sí y otro no. Esto, como se ve, aseguraba un sacrificio simétrico, ambas  partes cedíamos algo para salir de la crisis.</p>
<p>Luego llamé al gato, cuyo  contrato lo obliga a mantener la casa libre de ratones, a no jorobar a los  perros y a no rasguñar a las visitas. Tras definirle los terribles efectos de la  crisis, le anuncié que a partir de ese día aplicaríamos, de común acuerdo,  medidas de flexibilidad alimenticia y escatológica. Yo le daría pienso un día sí  y otro no, él se acercaría a su platito celeste un día sí y otro no, le  limpiaría la caja de gravilla donde caga un día sí y otro no, y él cagaría con  una frecuencia simétrica y acorde con las medidas.<br />
Al poco rato y mientras yo  encendía una velita al retrato de Milton Friedman, vi a los dos perros y al gato  sentados en el jardín. Ninguno jorobaba al otro. Un perro alzaba una pata,  ladraba algo, luego el gato hacía lo mismo y maullaba enérgicamente, enseguida  el otro perro intervenía de manera enfática, y así, hasta que dieron por  finalizada la asamblea.</p>
<p>Los cacos empezaron a asaltar mi casa y los ratones  la alacena una noche sí y otra no, coincidiendo de manera simétrica con las  medidas de flexibilidad alimenticia, pero, extrañamente, los perros seguían  siendo simpáticos con las visitas y el gato no rasguñaba a nadie.<br />
Tras  meditar mucho, llegué a la conclusión de que tanto los perros como el gato son  una banda de sindicalistas retrógrados y piqueteros.</p>
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