Satán!
Satán!
Queramos o no, todos pertenecemos a alguna secta. Hay fieles de Facebook, con el dios Hazte Fan. Fieles de Starbucks, cuyo símbolo es el capuchino de tres euros. Fieles a Pablo Motos. Fieles al Real Madrid. O fieles a fiestas modernacas como la del Pantera: en cuyo templo te puedes dejar la piel bailando Vitalic cada sábado de madrugada. No me digan que no es satánico, que no es violento gastarse tanta pasta como consumidores religiosos de ese producto al que veneran. Luego están las sectas de verdad. Esas en las que un hombre con cualidades maravillosas (maravillosas para mentir) te promete sacar todos los males de tu cuerpo, curar todas tus penas o darte paz eterna. En España hay más de 200 sectas cutres en las que la fe deviene en miedo, robo y amenaza. ¡Y tú que creías que sacrificando a tu perro y enterrándolo en el jardín limpiarías tu alma impura! Vete al Carrefour. Cómprate unas Cocacolas y unas patatas. Consume. Siente que perteneces a un determinado grupo por adquirir una u otra marca. Distínguete y el Demonio te dejará tranquilo: a él también le pierde el capital. En la tele, de vez en cuando, salen imágenes muy divertidas de la policía descubriendo algunos puntos de reunión de los miembros de la secta, asaltando locales o incaut’andose material. Los sitios suelen ser bastante precarios, los líderes absurdos y los devotos unos seres con rostro apenado. Pero lo que de verdad quiero ver es otro vídeo: ese reportaje ficticio en el que la Guardia Civil, los Carabinieri y hasta el FBI entran a patadas en el Vaticano y acusan a su cabecilla de Estafa Universal. ¡Qué listos, los empresarios con sotana!




