Por: Expedición Malaspina
Etiquetas
Nos encontramos navegando en el Atlántico norte, a 20º de latitud norte y a 47º de longitud oeste, en una zona influida por las corrientes de dirección suroeste pertenecientes al giro del Atlántico Norte. En este giro se produce un mecanismo oceanográfico de macroescala, es decir, en una extensión de miles de kilómetros existe una circulación de masas de agua que se desplazan en el sentido de la agujas del reloj a lo largo de las costas de Norteamérica, para llegar a Europa y bajar por la Península Ibérica y oeste de África, para después volver hasta por encima del Ecuador (sobre los 20º N) y hasta el Caribe y Península de Florida.
En la zona central oeste de este giro, al norte del Caribe, nos encontramos con un área de notable calma, pocos vientos y aguas casi sin movimiento. Es el Mar de los Sargazos. Su nombre proviene de un alga (Sargassum) de color pardo-amarillento y de pequeñas hojas aserradas, que tapiza literalmente los primeros 50 centímetros de su superficie, cubriendo centenas de millaresde kilómetros cuadrados. La alta flotabilidad que presentan estas algas la proporcionan unas pequeñas vesículas del tamaño de una lenteja que están rellenas de aire.
La biodiversidad en esta zona es espectacular. Además de los abundantes organismos planctónicos, del tamaño de cabezas de alfiler, encontramos pequeños cangrejitos, camarones, peces, anémonas, percebes, cefalópodos o caballitos de mar. Numerosos organismos encuentran en el enjambre formado por las hojillas y los caules (los tallos de las algas) un refugio ante predadores, protección ante la radiación ultravioleta o simplemente un lugar donde fijarse o adherir las puestas de huevos. Es un gran oasis en medio del desierto oceánico. Y lo es porque vivir en los primeros decímetros de la superficie de los océanos sin protección tiene muchos inconvenientes, entre ellos el alto riesgo de ser detectados fácilmente por predadores visuales, como pequeños peces, que aprovechan la iluminación del sol para detectar con facilidad a las presas.
Otro problema es la dañina radiación ultravioleta que soportan esos primeros centímetros de agua. Como contrapartida, y esta razón seguramente les compensa, es estar en un lugar donde la producción de microalgas es elevada. Estas microalgas son, a su vez, la base alimenticia de los herbívoros planctónicos marinos, uno de los principales eslabones de las redes alimenticias de los sistemas oceánicos. Es como ser león y vivir en un verde prado donde las cebras pastan a sus anchas.
No me extraña que tan productivo enclave lo hayan escogido para desovar las anguilas europeas. Estos peces salen de nuestros ríos en los que viven, para realizar una masiva migración hasta la costa oeste del Atlántico. Allí, en el Mar de los Sargazos, las anguilas desovan y sus larvas alimentan, crecen y toman energía durante su primer año de vida. Luego regresan a los ríos en forma de creciditas angulas. Después continúan, de los10 alos 12 años, en los cauces altos hasta que vuelven a emigrar a los Sargazos. Aún no se conocen todos los factores que dirigen esta migración y de qué mecanismos disponen los juveniles de estas anguilas para encontrar la ruta hacia estos ríos. Lo cierto es que nacen en un lugar rebosante de vida, un oasis en medio del inmenso y transparente océano.
Juan Ignacio González-Gordillo es Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Sevilla y Doctorado en Ciencias del Mar y Ambientales, Universidad de Cádiz.
Por: Expedición Malaspina
Etiquetas
Algunos de nosotros, y más a menudo los recién llegados, suelen decir que el barco es un laberinto. No les falta razón. Andar por los interiores del Hespérides es recorrer numerosos pasillos, pasar escotillas, bajar escalas… A cada lugar se puede llegar por distintos sitios, dependiendo de la rapidez con la que queramos llegar, de si vamos más o menos cargados, si hace mala mar o de si alguno de los marineros está realizando las tareas de limpieza. A modo de ejemplo podría indicar que el bajar desde uno de nuestros camarotes hasta los laboratorios de análisis, donde trabajan unas 12 personas, implica cruzar una sala, recorrer tres tramos de pasillos, bajar dos inclinadas escalas y abrir y cerrar varias puertas y escotillas. Esa es otra, hay numerosas escotillas a lo largo de los pasillos, algunas más o menos simples y otras estancas (como aquellas que se ven en las películas de submarinos), y todas deben quedar cerradas a nuestro paso para evitar que el sofocante calor ecuatorial no se haga dueño del barco.
Los primeros días a bordo uno se siente como alma en pena, abriendo y cerrado puertas, intentado orientarse y buscando cómo llegar al respectivo camarote sin pasar por la cocina, el pañol de pinturas o la lavandería. La tripulación, ya acostumbrada a ese tipo de desfiles, nos orienta el camino casi sin tener que preguntarles, intuyendo rápidamente dónde queremos llegar. Pero algo bueno tiene esto. Este deambular caótico por los pasillos nos brinda la posibilidad de encontrar a miembros de la dotación que no hemos conocido en todos los días que llevamos a bordo y cuyos destinos son remotos lugares como el puente de mando o la sala de máquinas. Eso sí, cuando oímos por megafonía “Comienza el reparto de la comida, preferencia guardia entrante” no se sabe por qué extraño sortilegio todos conseguimos alcanzar el comedor a la primera, y es que la comida de Paco despierta los sentidos.
Juan Ignacio González-Gordillo es Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Sevilla y Doctorado en Ciencias del Mar y Ambientales, Universidad de Cádiz.
Por: Expedición Malaspina
Etiquetas
Hace ya unas cuantas millas desde mi anterior post (¿Quién se aclara con el tiempo cuando se adelanta el reloj cada cuatro o cinco días?) y quedó pendiente una somera explicación sobre el fenómeno que en él se apuntaba, la existencia en la Tierra, a imagen y semejanza del hombre, de uno o varios ombligos. Vamos allá.
En el Océano Pacífico Norte se encuentra uno de los denominados garbage patch (aunque en castellano son denominados, menos peyorativamente, sopa de plástico), esto es, una inmensa pelusa planetaria formada por restos de plástico cuyo origen es, como no podría ser de otra manera, humano. No esperemos un mar repleto de bolsas de plástico, garrafas ni botellas, trozos de cabo o vasos de yogur… en su mayor parte, estos restos son de pequeño tamaño, algo así como los papelillos de Carnaval de Cádiz o el confetti del resto del mundo. Pero, ¿cómo llegan a formarse estas no-suaves, no-mullidas, no-simpáticas áreas? Pues resulta que cuando un objeto de plástico acaba en el mar, el material del que está compuesto tarda muchos años en degradarse (algunos más de una vida humana; otros más que la vida de unas cuantas tortugas), tantos que estos objetos y los fragmentos en los que se van convirtiendo son capaces de incorporarse a las corrientes oceánicas en su lento discurrir y acabar todos juntitos en los colosales remolinos que los oceanógrafos físicos llaman giros oceánicos, que se forman en las cuencas de los océanos como resultado de la acción de los vientos, la existencia de aguas ligeras y pesadas (en términos de densidad) y de la rotación de la Tierra. Una vez allí sólo les queda esperar a que otros como ellos se les vayan uniendo y no hay dedo de dimensiones suficientes como para retirarlos disimuladamente, tal y como hacemos los humanos con nuestro giro personal.
Cada uno de estos inmensos pelusones, cuyo representante más famoso es el Great Pacific Garbage Patch (cuya traducción libérrima podría ser algo así como Gran Plasturrón Plasticoso Tranquilo), podría llegar a ocupar una superficie equivalente a los Estados Unidos, si bien cálculos más conservadores (pues es difícil decidir dónde empieza un área con abundancia de plástico y otra sin él) lo estiman en torno al millón de kilómetros cuadrados (son tantos campos de fútbol que es mejor imaginarse España y Francia juntas… aunque sea difícil de imaginar). No vayáis a buscar fotos en Internet de estas zonas: no se ven desde los satélites ya que el tamaño de las partículas que los forman no lo permite (aunque también podríamos alimentar una teoría conspirativa promovida por algún contubernio industrial por la cual esta es precisamente la causa por la que se borran los mares en Google Maps) Las consecuencias, más allá de las estético-morales (por estos mares no abundan los testigos y vale, somos un poquito guarretes, pero mira, ya se recoge todo solito) son objeto de debate, pero se sospecha que las partículas plásticas pudieran incorporarse a la cadena alimentaria a través de los organismos planctónicos y acabar por devolvernos, de alguna manera, la botellita que no pudimos tirar a la papelera.
Han pasado unos días y ahora navegamos por una zona desértica. No hemos visto aves ni otros seres vivos más allá de los microscópicos durante días. A pesar de esto, me alegro de dejar atrás el ombligo del mundo. Me quedo con las criaturitas que nuestros compañeros de zooplancton Reyes (UCA), Naiara (AZTI), Claire (ULPGC) y José Luis y Jorge (U. de Oviedo) toman prestados de estas aguas para su estudio y para mi asombro permanente. Y ahora miro hacia delante, ansioso, esperando ver en algún momento entre la espuma que levanta la proa del Hespérides el misterioso, rico, pleno de vida Domo de Costa Rica del que todo el mundo habla desde hace unos días. No os preocupéis: algún compañero tomará el relevo y os lo contará. Hasta ese momento, yo seguiré aquí con la boca abierta.
Desde 14º 17′ 41” N, 117º 50′ 28” W, con Amor, Jorge Tornero
Ayudante de Investigación del Centro Oceanográfico de Cádiz, Instituto Español de Oceanografía
Por: Expedición Malaspina
Etiquetas
Hace ya unos cuantos días que desapareció tras el horizonte la figura de Diamond Head, el cráter de un extinto volcán desde el que se puede contemplar una de las vistas más impactantes de Oahu, isla-capital del archipiélago de Hawaii. Entre tanto, a bordo del BIO Hespérides, nos hemos acoplado a la rutina de trabajo y hacemos una vida normal dentro de lo que es la vida a bordo de un barco de investigación oceanográfica: trabajamos, aprendemos cosas nuevas y procuramos descansar en la medida de lo posible. La mar, de momento, se está portando bien con nosotros, aunque todos sabemos que el organismo humano no está diseñado para barcos, naves espaciales ni tiovivos y siempre puede presentarse la fatiguita, sobre todo los primeros días, que te agobia un poco. Pero luego todo suele ir como la seda y siempre surgen momentos en los que uno puede dedicarse a pensar en cosas (la mayor de las veces, buenas) más allá de la roseta, el fito, el zoo, el DMS o los nutrientes del agua del mar o los aerosoles.
Así estaba yo en estos días atrás, contemplando un mapa del Leg 6 de la expedición Malaspina (Honolulú-Cartagena de Indias), en el que estamos metidos, cuando acerté a ubicar la posición del Hespérides, unas 450 millas al este de las Islas Hawai. Al darme cuenta de qué aguas navegábamos, me dije: ¡¡Esta claro que uno no puede dejar de sorprenderse ante los diversos fenómenos naturales que, por medio de remolino, torbellino, vórtice o espiral nos ofrecen un espectáculo (la mayor de las veces) digno de recrearse en él!! Así, nos encontramos con las galaxias espirales, una de las cuales -la Vía Láctea- nos da cobijo. Su forma espiral podría deberla (o eso aseguran algunos astrónomos y astrofísicos) a los efectos gravitatorios de agujeros negros que, invisibles a nuestros instrumentos más sofisticados, atraerían hacia sí con voracidad a cuanta materia se encontrara a su alcance. Otro agujero negro, más humilde y en esta ocasión (dicen) ayudado por la misteriosa fuerza de Coriolis, nos ofrece el cotidiano espectáculo del agua corriendo hacia el mismo mar por el que navegamos por el desagüe del lavabo. Dicen por ahí que en el hemisferio sur el remolino gira en el sentido de las agujas del reloj y al contrario en el hemisferio boreal. O quizá sea al revés.
Yo tuve la oportunidad de poder comprobarlo hace unos años con motivo de una visita a un país del sur de África y lamento decir que, si bien lo llevaba en el ‘Plan de Campaña’, finalmente no recordé verificarlo: otra ocasión perdida para la Humanidad. Los aeroplanos siembran remolinos en las nubes al atravesarlas con las puntas de sus alas; en los barbechos que vigila el milano se forman polvorientas tolvaneras; ¿quién se no se ve atrapado por la emoción de observar cómo los trozos de pimiento, tomate y pepino se enfrentan a su sabroso destino cuando brrrr, brrrr, brrrr, los pasamos por la batidora al preparar un gazpacho? Quizás no haya ninguna otra figura geométrica que nos haga centrarnos tanto en ella misma como una espiral… dirige nuestra vista hacia su centro inexorablemente, de la misma manera que el agujero negro atrae hacia sí a los astros del su vecindario, el agua se pierde por el sumidero o el viento de levante pastorea los papeles que reúne en los rincones. Pero aún hay otro vórtice -si es que se puede llamar así- interesante que solemos observar en momentos de recogimiento de cuya atracción no puedo escapar. Sobre todo por el paralelismo existente entre este pequeño e íntimo fenómeno y otro de un calado profundamente distinto, de escala planetaria.
Ya quedaron atrás los tiempos en los que los humanos nos vestíamos con pieles. Aprendimos a tejer el pelo de los animales o las fibras que trabajosamente arrancábamos de los vegetales, cruzando tramas y urdimbres ordenadamente. Entonces la naturaleza se rebeló ante nuestro afán domesticador y con la ayuda del Gran Atractor comenzó su tarea de deshacer el trabajo del hombre. Así, de la misma manera que el río vuelve a su cauce cuando es desviado llevándose por delante casa, huerta y borrico de quien lo desafió construyendo en su misma orilla, la tela, laboriosamente tejida, es concienzudamente arañada por una fuerza desconocida de cuya presencia queda, como testimonio, una pelusa salvajemente desordenada pero mullida y suave en nuestro ombligo. No todos los ombligos se comportan así, pero los afortunados (o no) poseedores de uno de estos prodigios anatómicos saben bien lo que significa: operaciones clandestinas de limpieza, siempre al abrigo de las miradas ajenas. Rápido vistazo alrededor y, cuando no hay moros en la costa, ¡pop! el dedo corazón obra el milagro y nuestro ombligo queda dispuesto para una nueva cosecha.
Del mismo modo, nuestro planeta tiene no uno, sino varios ombligos. Pero por desgracia para nosotros y para el resto de seres vivos que lo habitamos, no se cubren de acolchada pelusa que podamos apartar en un momento de recogimiento con disimulo gozoso, no. ¡¡En ellos se acumulan ingentes cantidades de plástico!! Y en aquellos momentos navegábamos cerca de uno de ellos.
Continuará…
Jorge Tornero es ayudante de investigación del Centro Oceanográfico de Cádiz (IEO)
Por: Expedición Malaspina
Etiquetas

FRAN RODÍGUEZ
Después de una semana en el Hespérides, es buen momento para hacer un resumen de las experiencias vividas en los últimos días durante nuestro viaje por el Pacífico, que nos llevará desde Honolulú a Panamá. En estos primeros días hemos cruzado aguas tropicales en el extremo sureste del giro subtropical del Pacífico norte. Son aguas transparentes de un azul intenso debido a la poca abundancia de plancton, y pobres en nutrientes a causa de la estabilidad en la capa superficial del océano, que dificulta la entrada de nutrientes desde capas más profundas. De este modo, tenemos mucha luz en superficie, pero difícilmente puede ser aprovechada para la fotosíntesis debido a la escasez de nutrientes. En este ambiente tan hostil proliferan alegremente las algas unicelulares de menor tamaño (<3 µm), también llamadas fitoplancton. Este es el reino de las cianobacterias fotosintéticas, los primeros organismos fotosintéticos que poblaron nuestro planeta y permitieron en gran medida la existencia de una atmósfera rica en oxígeno para el desarrollo de la vida tal y como la conocemos.
En concreto, esta región oceánica está dominada por una cianobacteria llamada Prochlorococcus, que es con toda probabilidad el ser vivo fotosintético más abundante del planeta. Así lo demuestran los datos obtenidos en las primeras estaciones desde nuestra salida de Honolulú por el investigador del CSIC Luis Lubián mediante citometría de flujo. Sorprendentemente, la existencia de Prochlorococcus se desconocía hasta el año 1988, año en que esta técnica, la citometría, permitió detectar por primera vez su presencia, confirmada luego en todos los océanos desde latitudes ecuatoriales hasta los 40º en ambos hemisferios.

En mucha menor abundancia siguen apareciendo grandes células de los grupos dominantes en zonas costeras, como las diatomeas y los dinoflagelados. Pero no hablamos de las mismas especies, se trata de otros habitantes de zonas tropicales oceánicas, que también han desarrollado adaptaciones tanto morfológicas como fisiológicas a este medio marino más exigente.
En este post comentaré el caso particular de un dinoflagelado denominado Ornithocercus, cuya presencia es general en aguas tropicales y subtropicales de nuestros océanos. Es un organismo mixótrofo, es decir, en términos coloquiales, es mitad animal, mitad planta, aunque pertenece al grupo de las Dinophysiales, donde existen numerosos “parientes” tanto fotosintéticos como heterótrofos. Pues bien, Ornithocercus ha desarrollado la capacidad de adquirir cianobacterias del medio marino y mantenerlas como ectosimbiontes, es decir, están asociadas pero de forma externa, dispuestas en una estructura en forma de corona sobre las células de Ornithocercus. Esto lo podemos ver en una imagen de fluorescencia comparada con la imagen en luz blanca de Ornithocercus, que muestra la luz rojiza de la clorofila contenida en dichas cianobacterias. Ornithocercus “cultiva” así sus propias algas, aprovechando las ventajas que ya hemos comentado de estos diminutos seres fotosintéticos en el océano abierto. A su vez, es de esperar que las cianobacterias obtengan alguna clase de beneficio, ya sea en forma de materia orgánica producida por el propio Ornithocercus, o alguna protección frente a depredadores, etc.
Quién sabe, tal vez algún día podremos cultivar Ornithocercus y sus pequeños acompañantes en el laboratorio. Será entonces cuando nos sea posible avanzar en el conocimiento acerca de su relación mutualista. Hasta que llegue ese día, nos podemos seguir contentando, que no es poco, con disfrutar de su magnífica estampa en nuestras muestras. Nos esperan muchas más sorpresas todavía, eso seguro, hasta nuestro desembarco en Cartagena de Indias. Os mando saludos desde el Hespérides, a 18º 35’ 28’’ N y 135º 55’ 16’’ W.
Fran Rodríguez es Investigador del Centro Oceanográfico de Vigo (IEO)
Por: Expedición Malaspina
Etiquetas
LARA GARCÍA
Hace unos días tuvo lugar un acontecimiento único y especial para toda la tripulación a bordo del Hespérides, e incluso, para el propio buque. La noche del 19 de abril “ganamos” un día de vida. Sobre las 20.00 horas (las 7.00 de la mañana en España) cruzamos el meridiano 180º. Dicha línea imaginaria es utilizada en los mapas para decidir dónde se “corta” la esfera de la Tierra, para extenderla en el plano. De modo más gráfico, nos caímos por el lado derecho del mapa (zona este del mundo) y aparecimos por el lado izquierdo del mapa, al oeste. Eso significa, que ese día numéricamente no existió, pues para nosotros seguía siendo el mismo día del calendario.
El momento se hizo esperar, pero la emoción y el entusiasmo se palpaban en el ambiente y los grados, minutos y segundos del GPS marcaban nuestro pulso. El coordinador de la expedición MalaspinaMalaspina, el investigador del CSIC Carlos Duarte, sin despegarse del dispositivo satelital ni por un segundo, “cantó” el esperado 179º 59’ 59’’. Mientras, la bocina del buque tronaba marcando un momento mágico en el infinito y azulado océano Pacífico.
Para celebrarlo, parte de la tripulación científica acudimos a la segunda cubierta de estribor y brindamos con una copa de vino (o cerveza), acompañados de una magnífica luna llena, protegida tras una capa de nubes, que aumentaba la sensación de “fin del mundo” (o del mapa, en nuestro caso).
Este “repetido día” significa una experiencia totalmente nueva y que de algún modo nos hace pensar en la relatividad de la vida, en cómo el ser humano ha establecido ciertas normas para marcar el imparable tiempo. Momentos como este “nos rompen los esquemas” que hemos creados para situarnos en el espacio y el tiempo. Durante varios días, reinó cierto caos entre los científicos en sus etiquetas en las muestras y en las fechas de sus bases de datos.
Un dato curioso (se hicieron hasta apuestas) fue si el GPS marcaría los 180º exactos, y muy a pesar de los perdedores, se pasó de las 179º Este a los 179º Oeste.
Pronto cruzaremos el Ecuador y esperemos que sea de día, ¡para poder “ver la línea”!
Lara García es estudiante de doctorado en el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (CSIC)
Alda Ólafsson Álvarez
Departamento de Comunicación
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
Por: Expedición Malaspina
Etiquetas
GUIOMAR DUARTE AGUSTÍ
A nuestro excepcional fotógrafo a bordo, Joan Costa, le ha salido un “competidor”, el científico y profesor del CSIC en el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona, Miquel Alcaraz, que es el ilustrador científico oficial de la expedición. No sólo considero que realiza unas acuarelas maravillosas, sino que trabaja muy duro y su labor tiene un significado especial.
La expedición Malaspina original de 1789- 1794 fue la primera con fines científicos de la historia de España y en ella participaron naturalistas y pintores que realizaron una serie de grabados y dibujos dejando constancia de la flora, fauna y paisajes de los lugares visitados. Miquel se embarca con el objetivo de retomar esa misión de ilustrador, que desde el siglo XIX ha perdido vigencia, que no valor, por el reinado en solitario de la fotografía sobre emulsión, y en la actualidad, de la fotografía digital. Como bien dice Miquel, al hacer esto en 2011, “estamos poniendo vino viejo en barriles nuevos”. Y podemos decir orgullosos que contamos con dos artistas a bordo, cada uno de ellos representando el espíritu de las dos expediciones Malaspina.
A Miquel siempre le ha interesado la pintura, ya desde pequeño. Pero al ser la ciencia su verdadera vocación, su afición nunca fue más allá de ilustrar algunos artículos que publicó para la Historia Natural dels Paisos Catalans. Y aunque ya ha participado en una veintena de campañas como científico, investigando la ecología del plancton, esta es la primera como ilustrador (aunque reconoce que seguro que será “inevitable” que eche una mano al bloque de zooplancton).
Miquel ofrecerá una ponencia el próximo 13 de mayo en el Waikiki Aquarium de Honolulú. Hablará de la necesidad de recoger toda esta serie de datos de forma gráfica, sobre los métodos que empleaban en tiempos pasados y sobre las actuales técnicas, basadas en la fotografía y el eterno dibujo.

Miquel Alcaraz
Por: Expedición Malaspina
Etiquetas
GUIOMAR DUARTE AGUSTÍ
Hoy he leído que la mítica canción Stairway to Heaven de Led Zeppelin ha cumplido 40 años. En el artículo también explicaban curiosidades y anécdotas sobre el proceso de creación y grabación de ese temazo de Jimmy Page. Ahora os preguntaréis qué tiene esto que ver con la Expedición Malaspina. Descubrir detalles del proceso de creación de Stairway to Heaven, me ha hecho pensar que no se diferencia tanto de otros, como el de la Expedición Malaspina. Pero, por favor, no me malinterpretéis. No comparo la canción, sino sus procesos de creación.

Jimmy Page fue el elemento clave que juntó una serie de piezas y provocó la chispa que dio paso al fuego. A continuación esa idea se pulió y modeló gracias a la ayuda de otros durante su proceso de creación. Hasta que, finalmente, se vio materializada dentro un disco, llegando a convertirse en un clásico. Podría haber resultado un grano más en la arena, pero no solamente la genialidad de su autor hizo que fuese lo que conocemos ahora, sino que también la de todos aquellos que le influyeron y cooperaron en su creación.
Digamos, por tanto, que el proceso de creación de esta canción es aplicable a cualquier otro procedimiento creativo y apliquémoslo a la Expedición Malaspina. Una persona, inspirada por el trabajo y las publicaciones de otras tuvo la idea que actualmente está cobrando forma gracias al trabajo y colaboración de otras tantas, sin las cuales su existencia sería imposible.
Para mí, el proceso de creación alimenta en cascada a muchos otros. Así, las ideas y conclusiones que a su vez surjan de los datos obtenidos en esta expedición oceanográfica global podrían servir a otros científicos y a las generaciones futuras como base para comprender mejor el funcionamiento de los ecosistemas marinos, el cambio global y encontrar soluciones a los problemas que debemos y deberemos hacer frente en el futuro.
Por: Expedición Malaspina
Etiquetas
GUIOMAR DUARTE AGUSTÍ
La salida. El pasado 17 de marzo, a las 17.00 horas, tal y como estaba previsto, el Hespérides dejó el puerto de Fremantle, en Perth (Australia), para iniciar el periplo de la expedición Malaspina hacia Sidney. La concentración era máxima en el puente de mando, nada podía fallar. Pero un piso más abajo, en la cubierta de vuelos, el ambiente era muy distinto. Los científicos charlaban relajadamente al aire libre mientras el Hespérides abandonaba el puerto. Una mezcla de sol, salitre, relajación, ganas, ilusión y un poco de estrés llenaban el sentir de la cubierta. Tras unos pocos días de relax, todos eran conscientes de que volvía el trabajo duro, las horas sin dormir y la presión de dar lo máximo para que todo saliese bien.
Reunión a las 20.30 horas. Los científicos ya estaban en faena a esa hora. En esa reunión, la jefa de esta campaña, la investigadora del CSIC Susana Agustí, exponía cuáles iban a ser los retos de este tramo de navegación. Básicamente, se pueden resumir en dos. Por un lado, las peculiaridades de trabajar en aguas australianas exigían realizar un reajuste de las posiciones de muestreo. Y por otro, la llegada a Sidney prevista para el próximo miércoles 30 de marzo, exigía elevar la velocidad del buque ocenográfico en comparación con otros tramos de la expedición. Esta exigencia deja muy poco margen para imprevistos, por lo que habrá que ser muy precisos para poder completar todas las maniobras a tiempo.
¿Conseguirán nuestros científicos superar con éxito estos nuevos retos? ¿Y los marinos los suyos? Yo estoy segura de que sí, pero para contaros cómo transcurren los momentos de estrés y de trabajo contrarreloj estaré yo como testigo y vosotros como cómplices.
Por: Expedición Malaspina
Etiquetas
BELÉN GONZÁLEZ
Ayer atravesamos el Ecuador de la tercera etapa de la expedición. No uno geográfico (eso lo dejamos para otras fases), sino uno temporal, ya que se cumplían 16 de los 31 días de travesía desde que nos alejábamos lentamente del Cabo de Buena Esperanza. En estos 16 días hemos tenido lluvias, olas, días sin estación por mala mar, jornadas de arduo trabajo para recuperar ese tiempo perdido, un jamón devorado hasta los huesos (reconozco que jamás había visto una pata de cerdo curada repelada hasta poder flexionarse), filetes con patatas, nuevos experimentos de incubaciones de plancton, algún cumpleaños, una comida en cubierta, SAIs (sistema de alimentación ininterrumpida) chamuscados, noches de karaoke, ensayos de trompeta y, sobre todo, muchas horas de convivencia.
Los primeros momentos de incertidumbre se diluyen, como los contaminantes en el océano, cada día más, y dan paso a un ritmo de trabajo igualmente duro, pero poblado de sonrisas, saludos del tipo bon dia reina y manos amigas dispuestas a ayudar a cualquier hora del día o de la noche. Parece que llevásemos aquí trabajando juntos mucho tiempo, puesto que el aislamiento que se vive en el barco hace que las cosas se vivan con intensidad. Como dicen los marineros, “en el Hespérides lo bueno es mil veces más bueno y lo malo es mil veces más malo”. Por eso un error de calibrado se convierte en el disgusto más grande de la semana y la perspectiva de una celebración de carnaval con disfraces home made (gracias al material fungible de laboratorio) o un torneo de futbolín (que os aseguro que en alta mar es todo un reto) es la ilusión que te hace levantarte sonriendo a las 6 de la mañana para ir a muestrear.
No sé si desde tierra es posible comprender lo que significa ver día tras día el mar infinito, no poder tener contacto con el exterior más que vía internet (y esto con grandes problemas debido a la cobertura satelital del Índico), no poder realizar más que una llamada cada nosecuantos días (y a buen precio, oiga) o leer la prensa con días de retraso (si es que consigues por un momento alguno de los ordenadores conectados al exterior). Nada es importante aparte de las maniobras del día siguiente y los trabajos de análisis consecuentes. Estamos inmersos en el proyecto Malaspina, sin importar lo que pase en el resto del mundo, y así la intensidad de lo vivido se retroalimenta. Para lo bueno y para lo malo.
Yo también tengo que retroalimentarme, y hoy hay sopa para cenar, así que me despido a bordo, en la mar, latitud 29º 49’ 24’’ sur, longitud 81º 12’ 28’’ este.