Fuego amigo

Blog de Manolo Saco

Corramos un estúpido velo

21 Mar 2007
Compartir: facebook twitter meneame
Comentarios

En Gran Bretaña están viéndose obligados a solventar un problema que tarde o temprano llegará a España. Distintas instancias judiciales han amparado a los colegios públicos que deseen prohibir el uso del niqab, el velo islámico que apenas deja al descubierto los ojos de las mujeres. El propio gobierno ha publicado una guía de comportamiento ante un problema como este, con muchas ramificaciones, tanto religiosas como sociológicas como de convivencia.

Son tres, sobre todo, las razones que se esgrimen para su prohibición:
– La falta de identificación de la persona que se oculta tras el velo.
– La dificultad para una enseñanza y aprendizaje dinámicos, por los problemas de comunicación que se derivan entre profesor y alumno, debido al efecto barrera del niqab.
– Su papel de símbolo religioso, inaceptable en una enseñanza pública laica.

La dificultad para identificar a alguien embozado es el alimento mismo del espíritu del carnaval, el día en que el pueblo llano, parapetado en el anonimato como un troll del ciberespacio, se burlaba de los poderes civiles y eclesiásticos que los oprimían los 364 días restantes del año. Está muy bien para descargar adrenalina un día, pero todo un año de carnaval podría derivar en graves peligros para la convivencia. ¿Os imagináis una clase de alumnos enmascarados, cuando aún ahora, a cara descubierta, es difícil mantener el orden?

La segunda razón es igual de obvia, sobre todo para quienes hayáis tenido alguna experiencia en tareas de enseñanza. El rostro de un alumno es un emisor y receptor de emociones que un profesor atento debe saber leer con la misma facilidad que la palabra escrita. Es el “lenguaje corporal” que el alumno emite para que el receptor compute y juzgue su nivel de atención y de interés.

Y en cuanto a la tercera razón, nosotros los españoles sabemos mucho de la presencia obsesiva de símbolos religiosos en edificios públicos y privados. En los colegios de mi infancia las aulas estaban presididas por un crucifijo flanqueado por los dos modernos ladrones del Gólgota: los retratos de Franco y José Antonio Primo de Rivera. Los evangelios se referían a uno de ellos como el ladrón bueno, pero yo nunca supe cuál de los dos cumplía ese papel en la pared de mi aula, si el asesino golpista o el fascista.

Con todo, y preocupándome sobremanera la utilización indebida de cualquier símbolo religioso, y más aún en la infancia y la adolescencia, creo que el niqab debería prohibirse aunque tan sólo fuese por su significado más profundo: el de ser el emblema de la opresión de la mujer en determinadas culturas medievales, mujeres que, programadas desde la infancia, son cómplices inocentes, en la mayoría de los casos, del machismo social que programa sus cerebros para que desaparezcan físicamente detrás de esa cortina ignominiosa. El niqab y el burka son los símbolos más hirientes del desprecio universal a la mujer.

Muchas veces he pensado, y escrito, que cuanto más dios contienen las naciones, mayor es su retraso económico y social. Y no me cabe la menor duda de que a ello contribuye en gran manera el congénito menosprecio a la mujer por parte de las religiones, cuya fuerza de trabajo y su inteligencia desperdician. Una sociedad que dilapida la mitad de su patrimonio está condenada a la miseria física y moral.