A patadas con las instituciones
Ayer fue un día intenso, de tensión indisimulada. Dos cuestiones que afectan enormemente a las instituciones, a España como estado de derecho, a la preeminencia de la lógica sobre el disparate, planeaban sobre la opinión pública. Fue un día, al parecer, crucial para la buena conclusión del secuestro de los marineros del atunero Alakrana, y para la continuación del Real Madrid en la copa, el equipo de fútbol más caro de la historia, secuestrado por once parias de un equipo de segunda B.
No sabría decir en este momento en que os escribo cuál de las dos cuestiones tenía más angustiado al personal. Pero en el caso del Alakrana por primera vez me pareció entrever que algo se mueve, o que la situación es tan delicada, que pende de un hilo tan fino, que al fin mandaron callar a los pescadores de votos que pretendían sacar tajada política de la desgracia de los familiares de los secuestrados.
Era demasiado descarado. Hasta el más tonto de sus votantes se avergonzaba del espectáculo de un PP engolfado en utilizar el estado emocional de las víctimas (una vez más, ¡qué asco!) como método de oposición.
Tras la reunión de los familiares de los marineros con el presidente de la Audiencia Nacional, y más tarde con el presidente del Gobierno, a cuyo término se les impuso la ley del silencio como mejor estrategia para no empeorar las cosas, comienza a quedar claro que la resolución del conflicto pasa por retorcer el derecho, acusar a los dos piratas de cómplices, y no de autores (como pide uno de los abogados salidos de la nada), y dejar abierta la vía para una extradición.
La institución de la Justicia española quedaría así a salvo con este ingenioso parche.
Pero la otra institución fundamental del Estado, el Real Madrid, me temo que ha quedado tocada para siempre.
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Meditación para hoy:
En esta industria de los secuestros me llama la atención la existencia de bufetes de abogados especializados en llevar los negocios multimillonarios de los secuestradores, en establecer las negociaciones a la a luz del día, pujando como en una lonja de pescado, al parecer de forma legal, con despacho enmoquetado y número en el listín telefónico.
Ayer vi en televisión, por primera vez, al abogado de Willie, el pirata adolescente, manejándose ante la concurrencia con el empaque del apoderado de una estrella del fútbol. Supongo que debe ser así, porque parece que a nadie le ha extrañado más que a mi. Los periodistas le preguntaron quién le pagaba, y él contestó muy lacónicamente que no lo podía revelar.
A la Justicia se la representa con un paño tapándole los ojos, cuando en realidad debería llevar tapada la nariz.





