El delincuente siempre gana
Se supone que el código penal ideal más humano es el que hace coincidir la condena impuesta al reo con el tamaño e importancia del delito o falta cometidos. Un concepto ya presente en el derecho romano, al que tanto debemos, y que el Código Napoleónico garantista consagró como columna vertebral de la justicia moderna.
El problema comienza cuando hay que definir el concepto de proporcionalidad, sobre todo cuando las sociedades que hacen las leyes, y los jueces que las aplican, se miran en el espejo “jurídico” de los dioses justicieros con los que modelaron y contaminaron sus mentes desde la infancia, y a los que rezan y adoran a diario.
Las religiones del Libro son el más acabado ejemplo de la justicia desproporcionada, donde se justifica la tortura eterna para el penado, sin posible redención de penas, en el fuego perpetuo, no por haber provocado la muerte de seis millones de judíos, pongamos por caso, sino por haber tenido un pensamiento libidinoso justo antes del último suspiro con el pedazo de hembra de la enfermera que cuidaba tus días postreros en el hospital.
Cuando los legisladores y jueces justifican y disculpan a pies juntillas semejante disparate, todo derecho emanado de sus mentes debe ser puesto en entredicho. Algunas leyes, como la de Talión, justificaban el ojo por ojo y el diente por diente, y todavía perviven hoy las penas de amputación de la mano para los ladrones. En caliente, las encuestas detectan que una parte inquietante de la población española aceptaría, por ejemplo, la pena de muerte para los asesinos especialmente sádicos, o la prisión perpetua para violadores y pederastas.
Sabemos que donde reina esta desproporción entre pena y delito no existe justicia posible. Pero pensar que a Luis Roldán, a punto de ser puesto en libertad en esta semana, le esperan en algún punto del globo los miles de millones de pesetas robados que no devolvió, me hace dudar de la solidez de mis convicciones. Al menos mientras no se me borre del rostro la cara de gilipollas que se me va a poner cuando lo vea salir de la cárcel, en el telediario, rumbo a la cueva de Alí Babá de su paraíso fiscal.





