Fuego amigo

Blog de Manolo Saco

El timbre de Ruiz Gallardón

21 Sep 2006
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Mi mujer me acusa a menudo de que soy muy confiado. Para mí es una virtud, y para ella, un defecto. Ser confiado es una actitud ética, es una forma de decir que esperamos que los demás nos traten como nosotros los tratamos a ellos. “Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos…” Y es que en el fondo soy un cristiano inconfeso. Pero mi mujer insiste en que la virtud está precisamente en la desconfianza, porque una persona desconfiada, como el gato callejero, demuestra conocer mejor el medio en que vive, es decir, intuye que los demás son competidores de una jungla que pelean por la misma comida y las mismas hembras, conocimiento imprescindible para la supervivencia.
Y puede que tenga razón porque la confianza, por ejemplo, como herramienta en el análisis de los políticos, me ha llevado muchas veces a resultados desastrosos. Cuando un tal Rodríguez Zapatero alcanzó la secretaría general del Psoe, por una jugada de carambola a tres bandas entre los barones que se aborrecían, y salió a dar sus primeros discursos, me dije a mí mismo: “la hemos cagao”, aunque a los demás les conté la versión subtitulada: “pues estamos buenos; ¿no había por ahí una cosa más blanda?” Con el tiempo, aplicando el baremo de que lo que no es bueno para la derecha debe ser estupendo para la humanidad, comprendí que me había equivocado de medio a medio, según el ZAR iba perdiendo ante él las formas y la vergüenza.
Con Esperanza Aguirre, la presidenta de la comunidad de Madrid, anduve el camino contrario. Cuando los chicos de “Caiga Quien Caiga” la tomaron como mascota, como la cabra de la Legión, es un decir, me parecía una política con raras virtudes que yo valoraba mucho, como sentido del humor, capacidad de aguante, y un fino tacto para soportar y capear el acoso de la prensa. La anécdota de su declaración sobre “Sara Mago, una excelente pintora” no sé si es una leyenda urbana, aunque sí es seguro que le preguntó a la madre de la escritora fallecida hace años, Dulce Chacón: “¿dónde está Dulce, en Cuba? ¿Por eso no ha venido?” Pero eran detalles que yo estaba dispuesto a pasar por alto porque hacían más humano al personaje. Hoy, ya veis, se ha destapado como lo más rancio y extremo de la derecha meapilas, sin humor, ni tacto ni capacidad de aguante. ¿Cambian los personajes, se les cae el disfraz de pronto, o es que tiene razón mi chica que soy demasiado confiado en el primer análisis?
Este patinazo no me cogió de nuevas, porque cuando Rajoy relevó a José María Aznar al frente del Partido Popular, suspiré, y escrito queda mi suspiro inmenso augurando una nueva etapa en la forma en que la derecha ejercería la oposición desde aquel momento histórico. Y el caso es que debí decir momento histérico, porque Rajoy venía con el complejo del capataz inoculado en su alma: el capataz es siempre más cruel que el amo, más despiadado en la interpretación de su pensamiento.
Por eso debo haceros desde aquí una confesión: hasta hace unos días soñaba (“I have a dream”) que una derecha educada dentro del Partido Popular estaba fraguando una revolución interna… un golpe de mano audaz al que se podría sumar a última hora el mismísimo Rajoy, comportándose al fin como un hombre, y no como un “maricomplejines” como le insultan los obispos desde su emisora todos los días, sacudiéndose de encima a la extrema derecha que ha tomado mando en plaza dentro de su partido. ¿Y quienes serían los conjurados? Pues Núñez Feijóo, Piqué, Matas… liderados por Ruiz Gallardón.
Pero hete aquí que un tipo como yo, confiado hasta la médula, es una presa fácil para las dotes de seducción del Ruiz Faraón del ayuntamiento de Madrid. Para empezar, es odiado por la extrema derecha machista y meapilas de su partido, y eso le ennoblece. Y, además, cuando habla, lo hace como las personas, y no como los matones de barrio; es decir, la estética opuesta a los pujaltes y demás coro de reidores de las gracietas del ZAR. Mas, cuando estaba a punto de caer en sus brazos, vienen voces extrañas a malmeter y me cuentan chismes del faraón que me resisto a creer. Quien me lo cuenta es lo que en periodismo conocemos como fuente “generalmente bien informada”.
Narran estas fuentes que el alcalde de Madrid se ha hecho instalar un timbre, de un sonido singular para que no quepa la menor confusión, que hace sonar cuando va a salir de su despacho y se dispone a tomar el ascensor. Ese sonido es un mensaje de advertencia a todo el edificio para que los funcionarios permanezcan encerrados en sus despachos porque el alcalde va a hacer su aparición y no desea encontrarse con nadie en los pasillos.
Si esto es cierto, me asalta la duda de si los espíritus de los faraones, a los que no se les podía mirar a la cara como signo de veneración, están habitando el alma de Ruiz Gallardón. Primero las obras faraónicas que nos dejarán fuertemente endeudados durante tres décadas, y ahora este timbre anunciador para que nadie pueda mirarle a la cara.
Por favor, si alguien conoce alguna historia que pueda corroborar la veracidad de este timbre, que lo diga.
Y si es falso, mejor, porque de alguien así no se puede esperar que lidere algún día ninguna derecha razonablemente civilizada.


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