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Blog de Manolo Saco

Cómo desintegrar un prejuicio

25 Mar 2011
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Etimológicamente hablando, un prejuicio sería una conclusión adoptada antes de un juicio meditado. Es incurable, como esos enfermos que se niegan a tomar la medicina. ¡Qué tiempos estos en que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio!, dicen que dijo Einstein.

 

En la postguerra circulaba un chascarrillo sobre aquella Guardia Civil ultramontana que, cuando te detenía, formaba en el cuartelillo su particular “prejuicio”, a hostia limpia, antes de ponerte en manos del juez. Se contaba que tras una redada a un grupo de gitanos (para ellos, sinónimo de chorizos), y tras requisar varias navajas, a uno de ellos sólo le encontraron 50 céntimos en el bolsillo. “Conque ahorrando para una navaja, ¿eh?”, le gritaba el sargento chusquero mientras le incrustaba el puño en el estómago.

 

El prejuicio era, sobre todo, un juicio de intenciones, y el método perdura hasta hoy, por más que Fukushima o Chernobil nos recuerden lo peligroso que puede resultar eso de andar por ahí desintegrando átomos. La Audiencia Nacional acaba de anular la orden ministerial del canon que grava los soportes susceptibles de almacenar cualquier tipo de información que devengara derechos de autor. La SGAE, con el prejuicio de que todos somos unos chorizos en potencia, se había convertido en el vivo retrato de aquel guardia civil, y cuando te comprabas un cd te gritaba en el cogote: Conque acaparando cedés para duplicar discos de los Beatles, ¿eh?

 

Y no solo la SGAE. El Tribunal Supremo, donde debería tener morada todo supremo juicio, y no el prejuicio, prohíbe la inscripción de Sortu con argumentos simétricos. “Conque presentándose a las elecciones para que ETA tenga voz en el Parlamento, ¿eh?”

 

Vistos los resultados, sería bueno que dejásemos en paz el átomo y que no perdiésemos el juicio por culpa de los prejuicios.