En el PP van desgranado poco a poco su programa electoral. En realidad van aplicando en las comunidades que gobiernan las líneas maestras de lo que suponemos será ese programa. Ahorrar en sanidad pública y educación para entregar su gestión a manos privadas con criterios estrictamente empresariales (o doctrinales) y no de servicio público.
La precampaña electoral se la han repartido siguiendo la técnica del policía bueno y el policía malo. Aguirre, Cospedal, Pons, Arenas, Mato, Trillo, Mayor Oreja y el resto de la cuadrilla se encargan del trabajo sucio, poniendo en duda a diario la salud del estado de derecho acusando a gobierno, jueces, policía y fiscales de un contubernio contra su formación política. Rajoy es el bueno, el que no quiere subir los impuestos a los ricos (un rico cabreado vale por toda una Puerta del Sol repleta de indignados de la plebe), pero que piensa crear millones de puestos de trabajo para sacar del paro a los desempleados enviados a la calle por los malvados socialistas, y de paso, crear ilusión en los mercados de la deuda y rebajar el déficit público… aunque nadie sepa cómo lo va a conseguir aquel que no supo gestionar ni siquiera el desastre del Prestige, paralizado por los acontecimientos.
El policía bueno, especialmente dotado para la grosería en su anterior vida, se ha vuelto educado, y pretende gobernar a cualquier precio el guión de su propia campaña. Si en los últimos años fue imposible hacerle una sola pregunta en rueda de prensa, por culpa de unos medios de comunicación que servilmente le seguíamos el juego asistiendo a sus monólogos sin derecho a pregunta, en su equipo de campaña ya han dejado traslucir que los debates en televisión serán con preguntas pactadas previamente, y no las que los medios estimen convenientes.
Porque lo importante es mantener la ilusión de que Mariano tiene escondida en la bocamanga una buena idea. O dos, para asombro del universo mundo.
Hoy sabemos que si el ser humano no contase con una memoria selectiva, si no fuese porque es capaz de olvidar casi todo lo que aprende (miles de mensajes nuevos diariamente se cuelan por nuestros sentidos), llegaría a tener un cerebro tan atascado de información basura como inservible para su procesamiento. La ciencia llegó a esa conclusión mucho antes de descubrir al nieto de Franco, con el cerebro saturado quizá de leer La Razón, recomendando olvidar la tortura criminal a la que nos sometió su abuelito. Y sin embargo, la memoria, una gran memoria, como el pene en los hombres, la tenemos mitificada.
Igual de mitificada que la verdad. Si el ser humano no fuese capaz de descartar verdades en su vida diaria, la convivencia sería un infierno. Más aún, la cortesía, ese ingrediente imprescindible para las relaciones sociales, consiste en no decir siempre la verdad, en ocultarla estratégicamente, y hasta en mentir si con ello alegramos la vida de los demás. Imaginad por un momento diciendo a nuestro interlocutor, sin pestañear: ¡qué bajito y feo es usted, caballero, y cómo le huele el aliento!
En política, un exceso de verdad es, simplemente, un suicidio. Los descuidos a micrófono abierto y las escuchas policiales a políticos así lo certifican. Quienes reconocen estar en la política “para forrarse” o que llaman hijoputa a su compañero de partido convierten verdades privadas en desastres públicos.
Que se haya sabido que Berlusconi dijo en privado de Angela Merkel que tiene un “culo grasiento que no hay quien se lo tire” podría acarrear la ruina de Italia. Aunque nadie pone en duda que Berlusconi entiende mucho más de culos que de gobernar un país.
La derecha ultraliberal, aquí en España como en los Estados Unidos, o sea, aquí en la Tierra como en los Cielos, tiene una aversión enfermiza a lo que considera una intrusión del estado en la vida de los ciudadanos. Ya sea en las relaciones económicas, ya sea en la enseñanza pública, ya sea en la sanidad. Por ello, los españoles no salíamos de nuestro estupor al enterarnos de que la mitad de la población estadounidense, jaleada por el Tea Party, se oponía a la ampliación de la cobertura de su Seguridad Social, una institución que para nosotros es uno de los mayores logros del estado del bienestar. Porque el bienestar es la ausencia de enfermedad, como la felicidad es la carencia de dolor.
Nuestros ultraliberales, comandados por Esperanza Aguirre, esa presidenta de Madrid que atesora una ignorancia enciclopédica y que hace tiempo que empuja a la sanidad pública madrileña hacia la gestión privada, están tomando al asalto nuestro sistema sanitario y de enseñanza. El primero quieren convertirlo en la mayor fuente de ahorro, aunque se resienta con ello la calidad de la asistencia; y la enseñanza privada, como bien aprendieron de las religiones, es su fábrica de hacer adeptos.
Aguirre (¡me cuesta tanto pensar que es una Esperanza!), pide la dimisión del ministro Gabilondo por haberse atrevido a sugerir que no se recorten presupuestos en la educación, pan para hoy y hambre para mañana. Y sus hermanos en el Señor de Cataluña han ordenado a los médicos avanzar las altas médicas y restringir ciertas pruebas diagnósticas.
Y es que los pobres, cuando le cogen el gustillo a que les lleven el desayuno a la cama, no hay quien los levante.
Rodríguez Zapatero acaba de sufrir en sus propias y magras carnes el famoso epitafio del humor negro: al final de tus días, por mal que lo hayas hecho, saldrás a hombros. La despedida del presidente del Gobierno en el Senado parecía la sala del tanatorio donde los parientes recuerdan entre lágrimas lo bueno que había sido el sinvergüenza del finado, o la cama del enfermo terminal donde la esposa acaba perdonándole al pendón del marido el infierno de matrimonio que le hizo padecer.
Rodríguez Zapatero, que en vida había sido para Mariano Rajoy y su banda “un bobo solemne, cobarde, irresponsable, inexperto, antojadizo, veleidoso, inconsecuente, acomplejado, que tenía de adorno la cabeza, indigno, cobarde, perdedor complacido, hooligan, traidor, taimado, maniobrero, chisgarabís, sectario, falto de criterio, ambiguo, inútil, débil e inestable, además de tener sólo categoría para subsecretario, como mucho” (si no recuerdo de vez en cuando esta letanía, reviento)… al final de sus días políticos resultó ser un presidente que, en palabras del portavoz del PP en el Senado, Pío García Escudero, se merece “el máximo respeto”.
Dicho esto, se desató un empalagoso tsunami de cariño en forma de aplausos desde la bancada del PP, la misma que durante siete años le insultó y menospreció sin aplicarle no ya el máximo, sino el mínimo respeto. Creo que Zapatero, aunque lo haya hecho tan mal como dicen sus detractores, no se merece tanta crueldad en su despedida. En el PP saben que el halago debilita, y quieren rematar lo que queda de legislatura con un Zapatero maniatado por el efecto devastador del halago. El PP se la ha vuelto a jugar.
Lo fastidioso de los programas políticos ocultos es que corremos el peligro de apoyar a un candidato que piensa hacer todo lo contrario a lo que insinúa en su campaña electoral. Sin ir más lejos, Mariano Rajoy va a ganar las elecciones, según todas las encuestas de opinión, porque sus asesores le han aconsejado no soltar prenda de su programa ultraliberal y el castigo que nos espera.
Eso, como digo, sin ir más lejos. Yendo más lejos, nos topamos con el “programa electoral” de los rebeldes libios, gracias al cual compraron las simpatías y voluntades de las democracias occidentales, ocultándonos que pensaban sustituir el régimen dictatorial de Gadafi por la dictadura de la Sharia islámica. Eso nos pasa por ir por la vida salvando países.
Así que ahora resulta que hemos colaborado en sustituir el régimen represivo de un dictador demente por otro que se gobernará por la ley islámica donde reinará Alá a su capricho. Libia será desde ahora un país más justo, según los rebeldes, donde los adúlteros y los homosexuales serán castigados con la pena de muerte. Para casos menos graves valdrá una buena ración de azotes (hasta cien) o la amputación de una mano para los ladrones recalcitrantes. Entre las prohibiciones estará la consulta a magos y videntes, coger el pene con la mano derecha mientras orinas, que la esposa alegue que le duele la cabeza para no practicar sexo con su marido (de hacer el amor, ni hablamos), que las mujeres se queden a solas con otro hombre que no sea su marido, o que sostengan la mirada a un hombre sin bajarla; ya no valdrá comer cerdo, beber alcohol, y depilarse el entrecejo (esto último me parece sadismo puro).
Vale, lo sé: Alá es más raro que dios… pero más justo que Gadafi.
Cuando en plena batalla del tomate, no la de la exportación sino la de la “tomatina” de Buñol, me contaban cuántos beneficios económicos, en forma de turismo, captaba aquel aparente despilfarro, me dije para mis adentros y mis afueras que la tradición estaba consolidada para siempre. Si da dinero, como la visita del Papa, queda el disparate disculpado. Cierto que es un despilfarro, aunque no más que las toneladas de pólvora que explotan en el aire en nuestras fiestas patronales o las toneladas de material que arden en las fallas, pero que resulta ser una inversión rentable, como decía el pequeño de los Bush para animarnos a los españoles a arrebatarle el petróleo a Irak en aquella guerra tramposa y de venganza.
Pero si la adrenalina aportada por una inocente batalla a tomatazo limpio es adictiva, como se ha demostrado en apenas medio siglo de existencia, las fiestas con tortura animal, que sacan a relucir lo peor del ser humano, alcanzan la categoría de droga dura, de la que un pueblo no puede desengancharse fácilmente. Dejo para la psicología el estudio de qué pasa por la cabeza de mis paisanos de Tordesillas que disfrutan persiguiendo a un toro con lanzas, hasta que muere desangrado en una lenta agonía, después de haber sufrido el terror de una persecución multitudinaria. Puro arte y tradición ancestral.
El Toro de la Vega que se tortura hoy, 13 de septiembre, se llama Afligido, aunque él todavía no sabe por qué. Al parecer el alcalde (socialista) de Tordesillas está muy preocupado por el bienestar del animal, y ha mandado vigilar “que las lanzas tengan las medidas correctas”. Si el toro supiese leer bandos municipales, quizá a esta hora no estaría tan afligido.
Como en las guerras bien organizadas, como la de Irak, se prohíbe utilizar bombas racimo, balas explosivas y minas antipersonas. Ahora sí. La guerra ya puede empezar.
La más sutil de las trampas de los sistemas democráticos es el habernos convencido de que los ciudadanos tenemos el derecho a elegir en libertad a nuestros representantes políticos. Bueno, eso cuando el poder y las grandes decisiones económicas que lo modelan todavía estaban en manos de los políticos y no en el de esos famosos mercados financieros que hasta pueden exigir el cambio en la Constitución de países soberanos.
Claro que la contrapartida a la falta de libertad para elegir a nuestros representantes es todavía peor. Es la que abre la puerta a las dictaduras o a la aristocracia, es decir, “el gobierno de los mejores”, de los que se creen los mejores según su propio baremo, los que, ya en democracia, añoraban el llamado “voto de calidad” de la aristocracia cultural, un voto al que querrían asignarle el doble o el triple de valor que al del analfabeto.
Y digo lo de la aparente libertad democrática porque el ruido mediático y la acumulación de los mensajes y su capacidad subliminal de manipulación es tal que uno ya no sabe si lo que piensa es de su propiedad intelectual o se lo han cocinado en alguna fábrica de pensamiento.
Es la teoría del libre albedrío, esa trampa que sostiene, sobre todo, el edificio de las religiones, y sin cuya existencia los dioses pasarían a ser unos sádicos por dar vida a criaturas a las que saben que tendrán que condenar luego eternamente. De no ser por esa trampa filosófica, los seres humanos no seríamos responsables de nuestros actos y, por lo tanto, los dioses no podrían condenarnos por ello.
Y sin embargo, ya veis, el 20 N vamos a ejercer nuestro libre albedrío, a pesar de que el dios de la democracia conoce previamente que va a crear una criatura defectuosa. Están locos los dioses.
La derecha ha declarado la guerra a la asignatura de Educación para la Ciudadanía porque la propia asignatura encierra en su enunciado dos conceptos que derecha e izquierda entienden de manera contrapuesta. Fueron tantos siglos confundiendo educación con adoctrinamiento, tanta la contaminación religiosa en la formación de los alumnos, tan grosera la utilización de la escuela franquista para propagar la doctrina fascista nacida del golpe de estado que despreciaba el concepto de ciudadanía, libre y democrática, que el proyecto de una educación laica les provoca un sarpullido.
El PP tiene un plan premeditado para boicotear esa educación y esa ciudadanía que le son incómodas, poniendo cerco a la escuela pública, propiciando una política descarada en favor de la privada, sobre todo la que está en manos de la Iglesia. La Consejera de Educación de Madrid reconocía ante la secta cristiana Comunión y Liberación cómo muchos de los proyectos nuevos los han puesto “en manos de religiosos laicos” para que “muchos más niños puedan recibir la educación católica”.
Los profesores de enseñanza primaria de Madrid ya tuvieron que soportar el alarde de ignorancia de la presidenta Aguirre y sus planes de ahorro en la educación. En un pueblo de Ourense, Pereiro de Aguiar, se suprime la plaza pública de un profesor que cuesta 30.000 euros al año para subvencionar dos escuelas privadas por más del doble de dinero.
Recortando en la pública y financiando a las sectas que imparten su doctrina desde la escuela privada, en unos años habremos conseguido una generación de niños perfectamente preparados para enfrentarse a los problemas… del siglo diecinueve.
Los viejos zorros de la política tienen siempre presente el axioma de que jamás deben hacer preguntas de las que no conozcan previamente las respuestas. De esta manera se evitan resultados desconcertantes y pasan siempre por sabios. Los sindicatos y el movimiento 15M olvidaron hacerse la pregunta de cuánta gente podrían reunir en la calle en el caso de que nos convocaran para exigir ese referéndum para la reforma de la Constitución que PSOE y PP nos han hurtado a la ciudadanía.
Quizá no se hicieron la pregunta porque no sabían la respuesta, una respuesta decepcionante que se ha traducido en “unos miles” de manifestantes, según las más optimistas e imprecisas contabilidades. Desde la última huelga general (las huelgas generales ya no son lo que eran) los sindicatos deberían haber aprendido que es más fácil movilizar a la gente para celebrar un triunfo futbolístico que para exigir los derechos fundamentales.
Un paso en falso en esta guerra de nervios, donde la exhibición de fuerza, como en las antiguas batallas a campo descubierto, debe formar parte de la estrategia intimidatoria, descorazona, sobre todo, a las propias filas, siembra en ellas el desencanto, y crea el desconcierto al comprobar que somos menos de los que nos creíamos, y que nuestra guerra no le importa ni siquiera a las propias víctimas.
Eso es solo lo malo.
Lo peor es que el fracaso de la convocatoria deja al descubierto, presuntamente, cuánta gente está interesada en exigir un referéndum. Imagino a los cuarteles generales del PP y PSOE tranquilizados con esa lectura, tras llegar a la conclusión de que, efectivamente, ese referéndum era innecesario porque apenas le interesaba a “unos miles” de conciudadanos.
Todavía no está establecido científicamente cuántas veces es necesario que un acontecimiento social se repita para que alcance la categoría de tradición. Generalmente depende de los que la disfrutan o viven de ella. Lo que es incuestionable es que cuando una actividad humana obtiene ese marchamo, cualquier aberración queda amparada por el escudo de la tradición.
En el pueblo zamorano de Manganeses de la Polvorosa todavía discuten hoy cuántas cabras hay que continuar despeñando desde el campanario para conseguir que su fiesta salvaje obtenga el buen crédito que otorga la tradición. La ya secular fiesta de los toros se ganó a pulso el reconocimiento internacional y el apoyo de los artistas, hasta lograr que el lanceado, tortura, mareo, desangrado y muerte violenta del toro en la plaza escapara expresamente a la Ley de Protección Animal. Pero si haces algo parecido con un perro o un caballo puedes acabar con tus huesos a la sombra.
La “tomatina” de Buñol (Valencia), una fiesta que ya empieza a tener el crédito internacional de los sanfermines, apenas ha cumplido medio siglo, pero ha creado a su alrededor toda una industria turística próspera y una liturgia como solo las buenas tradiciones saben construir. Ciento veinte toneladas de tomates sirven como proyectiles para una batalla campal sin heridos. Imagino a esa gente del tercer mundo que nos espía a través de sus parabólicas hechas a mano, contemplando con estupor el despilfarro, mientras arañan de la olla común los últimos granos de arroz blanco.
Ignorantes. No saben que esos tomates redondos que caben justo en un puño, en su punto exacto de maduración, jugosos, de racial color sangre, se cultivan expresamente para esa fiesta, al igual que se cría el toro bravo tan solo para la lidia. A ellos posiblemente les parece una salvajada, un despilfarro, quizá un insulto o una forma necia de divertirse, porque ignoran que, si no fuese por la tradición, los humanos acabaríamos con la biodiversidad en una generación. Sin ella, por ejemplo, desaparecería para siempre el tomate proyectil.
Ahora que los toros bravos y los tomates proyectiles tienen de esta manera el futuro asegurado, propongo que vayamos a torturar linces a Doñana, que creo que están en peligro de extinción.