Hoy sabemos que si el ser humano no contase con una memoria selectiva, si no fuese porque es capaz de olvidar casi todo lo que aprende (miles de mensajes nuevos diariamente se cuelan por nuestros sentidos), llegaría a tener un cerebro tan atascado de información basura como inservible para su procesamiento. La ciencia llegó a esa conclusión mucho antes de descubrir al nieto de Franco, con el cerebro saturado quizá de leer La Razón, recomendando olvidar la tortura criminal a la que nos sometió su abuelito. Y sin embargo, la memoria, una gran memoria, como el pene en los hombres, la tenemos mitificada.
Igual de mitificada que la verdad. Si el ser humano no fuese capaz de descartar verdades en su vida diaria, la convivencia sería un infierno. Más aún, la cortesía, ese ingrediente imprescindible para las relaciones sociales, consiste en no decir siempre la verdad, en ocultarla estratégicamente, y hasta en mentir si con ello alegramos la vida de los demás. Imaginad por un momento diciendo a nuestro interlocutor, sin pestañear: ¡qué bajito y feo es usted, caballero, y cómo le huele el aliento!
En política, un exceso de verdad es, simplemente, un suicidio. Los descuidos a micrófono abierto y las escuchas policiales a políticos así lo certifican. Quienes reconocen estar en la política “para forrarse” o que llaman hijoputa a su compañero de partido convierten verdades privadas en desastres públicos.
Que se haya sabido que Berlusconi dijo en privado de Angela Merkel que tiene un “culo grasiento que no hay quien se lo tire” podría acarrear la ruina de Italia. Aunque nadie pone en duda que Berlusconi entiende mucho más de culos que de gobernar un país.
El pánico al extranjero crece y engorda en tiempos de inestabilidad económica y social. El Gadafi, consciente de ello, amenaza a Europa con enviarnos ejércitos invasores de inmigrantes subsaharianos, presuntamente retenidos por él a cambio de que Occidente no se cuestione su autoridad. Benito Berlusconi exige dinero a Europa a cambio de sujetar a los inmigrantes africanos y mantenerlos confinados en esa inmensa cárcel en que se ha convertido la isla de Lampedusa. Utilizan a los inmigrantes como una plaga de la marabunta que amenaza con devorar la riqueza de los países que parasita.
Solo falta que la extrema derecha amplifique la amenaza sembrando el miedo al invasor y obtener así una abundante cosecha de votos. Algunos partidos nazis ya tienen asiento en los parlamentos europeos, y todos ellos enarbolan el fantasma del extranjero que viene a robar los puestos de trabajo de los nativos. Unas veces es la invasión turca, otras la invasión rumana, y ahora, con el horizonte cercano de las revueltas en el norte de África, hordas hambrientas de gente de color que ha visto por televisión que hay otra vida, que está en ésta, y que vienen a exigir su parte del pastel del bienestar y de la libertad.
En Francia, la hija xenófoba del nazi Le Pen compite (incluso manipulando encuestas) en la carrera presidencial con un Sarkozy que ya tiene aprobada con nota la carrera de la xenofobia. Entre los dos podrían llevarse casi la mitad del electorado. En España los del PP hace ya tiempo que cursan esa carrera vinculando la inmigración al aumento de delitos. El miedo es el granero de los votos. Y el voto, como el dinero negro, es secreto. Por eso creo que se van a forrar con el secreto e inconfesable voto del miedo.
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Las mujeres italianas acaban de emular a los egipcios extendiendo sus protestas por toda Italia, su particular Tharir, contra esa anomalía democrática llamada Silvio Berlusconi que no sabe distinguir con claridad un consejo de ministros de un prostíbulo de lujo. Bueno, o quizá sí, con lo cual nos hallaríamos ante un doble problema. Como diría el filósofo del PP González Pons, “el pueblo cuando quiere, puede”, y las mujeres italianas quieren no ser gobernadas por un empresario rijoso que ha tomado a la mujer como un objeto y a su país como una de sus empresas particulares.
La buena noticia es que una mujer de entre todas ellas, juez de Milán para más señas, ha decidido sentarle en el banquillo por un supuesto delito de incitación a la prostitución de menores y abuso de poder. Es un magnífico ejemplo de hasta dónde puede llegar la doctrina González Pons cuando los pueblos se hartan de los corruptos y de los gobernantes con tics dictatoriales.
Tiene Pons en su partido a un imputado por cohecho -el más infamante delito que puede cometer un gobernante-, como candidato a la presidencia de la Generalitat valenciana. Lejos de retirarse de la contienda, y ante las dudas de la dirección nacional sobre su moralidad, Camps se hace investir precipitadamente candidato para demostrar a Rajoy que para chulo, él, porque el dossier que tiene en su poder sobre la trama Gürtel de financiación ilegal del partido pesa mucho más que el cohecho de unos cuantos trajes que, por cierto, le sentaban divinos de la muerte, oyes.
No consigo imaginar cómo será la noche de los sms rotos (pásalo) cuando en Valencia conozcan que desde Madrid han confirmado a su Berlusconi valenciano como candidato a las autonómicas. Aunque Pons ya nos avisó de que él sí lo sabe.
A lo mejor esa risita tonta suya es de eso.
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Ser pobre es un pésimo negocio. Por eso los estudiantes, los parados y los que se quedaron sin casa en el terremoto de L’Aquila de 2009 salieron a la calle para exigir violentamente a Benito Berlusconi parte del pastel del estado de bienestar, no tanto como representante del poder político como por lo que él supone de símbolo de la riqueza insultante que sólo se puede acumular a costa de la desigualdad social.
Pobre Italia. No pongo en duda que en todo régimen democrático se compran las voluntades de los políticos, como ha quedado de manifiesto en el apoyo de PNV y CiU a los Presupuestos Generales del Estado. Pero en Italia todo es excesivo: allí el presidente/empresario se libró de una moción de censura bajo la sospecha de haber comprado con dinero el voto de unos pobres parlamentarios de la oposición. Se abrió paso hacia el triunfo haciendo caridad, talón en mano, como es norma en el mundo empresarial. Sin necesidad de maquiavélicas negociaciones políticas, con la más desvergonzada manera de confundir el bienestar público con el particular.
Y en esa Italia de los excesos, una aldea de irreductibles curas resiste al invasor. El Vaticanix, la casa refugio de los desheredados, ha salido al rescate de esos indigentes que el más genuino representante del capitalismo desvergonzado va dejando tirados en el camino. El Papa, vestido informalmente de seda salvaje de color blanco, botonadura de nácar, y calzado de zapatos burdeos de Prada, anuncia que va a compartir su almuerzo navideño con un grupo elegido de menesterosos. De postre, una bendición papal confitada en salsa de avemarías y espuma de orapronobis.
En estos casos es cuando más lamento ser rico, no vivir en una tienda de campaña en L’Aquila, y perderme por ello la experiencia mística de ser invitado a almorzar un bocadillo de caviar bajo el techo dorado de aquel monumento a la riqueza y al poder.
Si el dios de Berlusconi y Ratzinger existiese les juzgaría por el sentido de sus limosnas. Hasta en eso tienen suerte.
La prueba del gitano, como la del algodón, no engaña. Si quieres conocer el grado de tolerancia de una sociedad, interroga por ahí a la gente si no le importaría tener de vecinos a una familia gitana. No falla.
El otro día lo preguntaban en televisión, para ilustrar la noticia sobre las medidas del presidente francés Sarkozy, hijo de inmigrante húngaro, contra los inmigrantes rumanos de etnia gitana, y las contestaciones resultaban estremecedoras. Se lo preguntaban a gente de la tercera edad que, como los niños, siempre dicen la verdad. Un temor al estereotipo del gitano pluridelincuente, marrullero, y sucio rezumaba en sus contestaciones con una naturalidad escalofriante.
Malos tiempos para las etnias minoritarias. Aunque de ellas salgan toreros, bailarines o cantaores adorados por la industria y por payos incondicionales. Malos tiempos, porque en los momentos de crisis los discursos del populismo de derechas y de todos los regímenes totalitarios, presentes y pasados, el recurso a la demonización de las etnias funciona como los buenos gusanos, como un cebo con el que pescar votos, o como el pegamento con el que cohesionar a los votantes en torno a ese líder y su bandera que les salvarán de la invasión silenciosa de la inmigración.
Hace ya dos años que Benito Berlusconi, cuya popularidad sigue bajando en picado, promulgó una ley que otorgaba a la policía poderes especiales para “censar, realojar, alejar o expulsar” a los gitanos del territorio italiano. Entonces la UE protestó con la boca pequeña, y a otra cosa, mariposa. Ahora Sarkozy, en horas tan bajas como las del Duce entonces, resucita el fantasma del gitano para amalgamar a la derecha con la ultraderecha y juntar los votos necesarios para subsistir en el sillón presidencial. Y me temo que su necesidad es tanta que no le importará dejar en ridículo a las instituciones europeas, poniendo en peligro la Unión, si es necesario, con su actitud de desobediencia civil. Que no civilizada.
Tres reuniones cruciales. Una de ellas terminaba a las seis de la madrugada, entre la patronal y los sindicatos, sin que los contendientes alcanzasen acuerdo alguno. Uno piensa que tantos días y tanta reunión y tantos litros de café a horas incómodas sólo se mantienen porque existe una lejana posibilidad de pacto. Eso me pasa por pensar. Todos querían aparentar su esfuerzo negociador ante la opinión pública a fuerza de consumir horas y café, pero vistos los resultados, lo que ahora parece traslucir es que ninguno tenía el valor de jugarse el liderazgo ante sus votantes en momentos tan delicados.
La patronal respira aliviada con el resultado, y pasa la pelota al gobierno, quien no tiene más remedio que hacerle el trabajo sucio ateniéndose milimétricamente al guión marcado por Europa. ¡Yo no he sido, ha sido el Gobierno!, se oye ya por la CEOE, mientras los empresarios corretean por los pasillos como chiquillos traviesos.
Los representantes sindicales, que no pasan por su mejor momento de popularidad, no estaban en situación de negociar facilidades de despido y abaratamiento de indemnizaciones. Así que unos y otros salieron de esta operación de marketing político sin desgaste ante sus bases.
Zapatero, mientras, volaba hacia la irrealidad, hacia una reunión con el primer patrón italiano, Silvio Berlusconi, quien acaba de avisar que la Constitución de su país está plagada de excesivos derechos de los trabajadores. Miedo me dan las consecuencias de esta visita. Es tan seductor el duce Benito Berlusconi…
Y como remate del viaje, una reunión con el jefe de la patronal religiosa, el Papa Ratzinger, que tiene con Zapatero las cuentas pendientes de la Ley del Aborto, el matrimonio gay y, sobre todo, la Ley de Libertad Religiosa. Una ley pendiente que podría colocar al resto de las religiones en igualdad de derechos de las muchas prerrogativas que goza la religión católica.
Creo que Zapatero acudió al encuentro con el vicediós con la intención de cambiar cromos, y aquí paz y después Gloria, y nunca mejor dicho: yo no te toco ese Concordato vergonzante que perpetúa los privilegios de la Iglesia Católica, y tú no me tocas mis avances sociales, las únicas reformas de las que puedo presumir en tiempos de tanta tribulación.
Las consecuencias de todo ello las veremos los próximos días.