Cuando el sindicalismo del XIX conquistó sus derechos y métodos definitivos de lucha, con la huelga como instrumento, apenas existía una clase media. Los frentes estaban entonces perfectamente delimitados entre patronos y obreros. Con la sociedad de consumo, un tercer actor entró en escena, la clase media, que trastocó el paisaje del campo de batalla.
Ser sindicalista hoy es una labor de encaje, pues el tercero en discordia exige también sus derechos, no siempre en sintonía con los de los trabajadores en huelga. El caso más llamativo es el de las huelgas en el transporte público, donde las patadas dirigidas al patrón van a parar inevitablemente al culo de los usuarios del servicio.
En el caso de la huelga anunciada por los sindicatos de AENA, en lucha contra una privatización parcial de la empresa que podría alterar las condiciones de trabajo de sus empleados, subsiste un motivo añadido: el criterio utilizado por el gobierno para deshacerse, una vez más, de las joyas de la corona del Estado, la venta de empresas públicas, como sucedió con ENDESA, Tabacalera, REPSOL, Telefónica y Argentaria.
En las conversaciones comenzadas ayer, los sindicatos exigen que se respeten las actuales condiciones laborales y salariales de los trabajadores. Todavía no hay acuerdo, pero ni el gobierno puede permitirse el colapso de la industria turística en las fechas clave del comienzo de las vacaciones de Semana Santa y de verano, ni los sindicatos pueden pagarse el tener en su contra a toda la opinión pública. Cuando se pongan de acuerdo en las condiciones de trabajo, que lo harán, no me cabe duda, ¿abandonarán entonces el otro frente, el de la defensa de la empresa pública?
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Meditación para hoy:
Ayer hablábamos de expertos. Por ejemplo, de Ana Botella, concejala de Medio Ambiente del ayuntamiento de Madrid, que tiene una idea lejana del problema del calentamiento global provocado por los gases de efecto invernadero. Pero lo mejor estaba por venir.
Ayer, en la Asamblea de Madrid, el Consejero de Transportes (a ver, que estáis un poco dispersos, repito: el Consejero de Transportes, no el de Deportes o de Sanidad) ¡no sabía que en Madrid existe un abono de diez viajes conocido como Metrobús! Para mayor torpeza se mofaba del socialista Modesto Nolla, que se había quejado de la negativa de la Comunidad a abaratar un 5% el precio del abono. En un estilo que debió de parecerle ingenioso, a juzgar por el tono de chanza que empleó, se oyó la voz del experto en aquel inmenso templo de la política: “¿Qué título utiliza usted para coger el transporte público? Creo que no lo coge nunca porque el Metrobús yo creo que no existe, y entonces, si usted tiene el título del Metrobús… ¡Pues nos vamos todos!… ¡Qué no existe!”
Lo más tremendo (del latín, que hace temblar de miedo) es que sus compañeros de escaño, en lugar de avisarle disimuladamente con tosecitas nerviosas, pataditas en la espinilla o alguna chuleta oportuna de que estaba metiendo la pata hasta el corvejón, optaron por reírse a grandes carcajadas y celebrarlo a palmetazos en la espalda y aplausos toreros. Una fiesta, vamos. El club de la comedia en plena ebullición. Quizá la mejor representación de la conjura de los necios. Entre los que más celebraban la ocurrencia bochornosa estaba la élite del gobierno regional, el vicepresidente Ignacio González, el consejero de Presidencia, Justicia e Interior, Francisco Granados, y la presidenta, Esperanza Aguirre. ¡Ninguno de ellos conocía el Metrobús! ¿Cómo van a rebajar, se preguntaban ellos entre risotadas, lo que no existe?
Definitivamente, los expertos nos tienen rodeados. Como decía el marxista Groucho, si nos encuentran estamos perdidos. Pero, ¿cómo vamos a estar perdidos si nos encuentran?
En el espinoso asunto de los sueldos estratosféricos de algunos colectivos, como el de los controladores aéreos, como venimos denunciando estos días, la discusión que verdaderamente subyace da vueltas y más vueltas en torno a los requisitos exigidos para pertenecer a la clase obrera. Parece que el baremo de riqueza no vale.
Así que, aunque parezca incongruente, hay una parte de la izquierda que está dispuesta a justificar, por ejemplo, el contrato multimillonario del futbolista Cristiano Ronaldo por el simple hecho de que es “un asalariado”, porque poner en duda el derecho a cobrar semejante pastoriza haría que se le viniese abajo, como un castillo de naipes, toda la estructura sobre la que está construida la teoría de la lucha de clases: patronos y asalariados.
El adagio de mi amigo que decía aquello de “tengo ganas de ser rico para dejar de ser rojo” ha quedado definitivamente obsoleto, porque en esto de los sueldos, como en el amor, el tamaño no importa. No tenemos escapatoria.
Y en estas, aparece, como elefante en cacharrería, el Partido Popular, que propone la restricción del derecho a huelga, con medidas abiertamente inconstitucionales, sin distinguir entre obrero rico o pobre, pidiendo, entre otras lindezas, que no se pueda hacer huelga mientras se está negociando un convenio colectivo.
Debo reconocer que he recibido la noticia con alegría; no por nada, sino porque al fin se ha puesto en claro quién es el enemigo. Para los que pensaban que el gobierno de Zapatero no podía girar más a la derecha ahí tenéis parte del programa oculto del PP. El programa que tanto intenta disimular, por vergonzoso y vergonzante.
Esa es la cruda derecha.
Lo que esa derecha (que algún día gobernará, porque no hay ningún dios que remedie nada) esconde tras el epígrafe de Reforma del Mercado Laboral puede helarnos el corazón.
La revista Forbes establece cada año una clasificación de las personas más ricas del planeta, y hace público el glamour de sus cuentas corrientes con gran aparato mediático. No elaboran lista alguna de las más pobres porque cuando las han localizado resulta que ya han muerto por inanición. En la España rural de la Edad Media, como no existía la prensa económica en papel cuché, los ricos se publicitaban dejándose las migas de pan sobre la pechera, para que así el hambriento pueblo llano conociese que habían comido opíparamente.
No hay conceptos más relativos que los de riqueza y pobreza. Los cristianos ricos creen estar a salvo de la maldición de Jesús porque siempre encuentran a su lado a otro más rico, como un pararrayos que atraerá las iras de su dios. Hay pobres en España que serían la envidia de los habitantes de los barrios marginales de Calcuta, y ricos a los que no dejarían pasar de la puerta en ciertos clubes financieros de Nueva York. Y más de un miserable de Calcuta daría gracias a sus dioses por no tener que comer de los restos pútridos del basurero nicaragüense de La Chureca.
(Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.)
Y aunque parece difícil encontrar a alguien de la clase obrera que gane más de 700.000 euros anuales, como algunos controladores aéreos, alguien me recordaba ayer la sublime simplificación de que “tengan el sueldo que tengan, son trabajadores”. Menos mal, estaba preocupado: ser rico ya no es pecado.
Los autónomos endeudados, hoy legión, esos monstruos sociales en estado larvario que ya han abandonado el capullo obrero pero que todavía no han alcanzado el estado morfológico de señorito, pueden morirse de hambre. Por suerte, cualquier empleado por cuenta ajena, por el mero hecho de serlo, ya puede lucir en la solapa la etiqueta de calidad que lo certifica como obrero, aunque algunos ganen anualmente el sueldo de 15 años de un conductor de Metro, o el de 25 años de una trabajadora del servicio de limpieza. Sólo por ser empleados disfrutamos de la suerte de pertenecer a esa clase obrera que irá al paraíso, “tengamos el sueldo que tengamos”. Es un razonamiento fantástico, tan simple como el mecanismo de un chupete, y transmite parecida tranquilidad.
Porque en algún sitio que desconozco está escrito que más vale obrero rico que autónomo embargado.
Pienso, luego insisto.
Decía el otro día que el derecho a la huelga es sagrado. Y como sagrado que es, tiene fieles, entre los que no faltan los fundamentalistas, capaces de elaborar toda una teología sobre el derecho inalienable del trabajador a la huelga, sean cuales sean los efectos colaterales y sus métodos.
Es lo bueno de las religiones en las que la conducta está reglada en un libro. Así, los principios allí revelados nos liberan a todos los creyentes de la penosa tarea de pensar. Yo no sabía que existía tanto teólogo de la huelga, pero he recibido tantas cartas desde el otro día que con todas ellas se podría elaborar el manual del buen huelguista. Uno de los teólogos sintetizaba así el pensamiento colectivo: “Una huelga no es nada si no tiene impacto”.
O sea, no es que esté permitido importunar al resto de la población, sino que es obligatorio, es el primer mandato divino que hay que satisfacer: las huelgas deben hacerse de tal manera que incomoden al mayor número posible de ciudadanos. Así, los transportistas están obligados a colapsar las carreteras justo el día de salida de vacaciones. Y los pilotos de aviación, y los controladores, y los conductores de RENFE…
Teniendo en cuenta que los comienzos de vacaciones son escasos en el calendario laboral de los españoles, pero muchos los colectivos que se reservan esos días para “tener el necesario impacto”, y considerando, además, que ya tengo bastantes problemas con los fundamentalistas de las religiones del libro, pregunto: ¿sería pecado quedarme en casa por temor a que me dejen en tierra o a que me secuestren durante horas en la carretera? ¿Soy un revientahuelgas insolidario si no acudo generosamente a hacer bulto para servir de atrezzo al éxito de su huelga? ¿Seré un cobarde si no sacrifico abnegadamente mi tiempo y mi dinero destrozando parte de las vacaciones de mis familia para ayudar al sagrado principio de la huelga… de los demás?
Ya que por mandato divino formo parte de su protesta, ¿sería mucho pedir que antes de convocarla me consultaran sobre los términos de su reivindicación, por si no me apetece? Ya que me van a joder de todas formas, ¿podría votar, al menos?
La huelga está consagrada como un derecho fundamental por el Artículo 28.2 de nuestra Constitución. Es el último instrumento de los trabajadores para conseguir mejoras salariales y de condiciones de trabajo. En puridad, es una pieza clave en la larga conquista de los derechos sociales, la primera libertad, después de la de expresión, que las dictaduras de toda laya suprimen a sangre y fuego.
Al igual que en las guerras la munición utilizada debería apuntar a los objetivos militares, las huelgas son como misiles inteligentes que deberían hacer explosión tan sólo en el patrón al que pretenden doblegar.
Así debería ser. Pero por desgracia, en la sociedad de la información, los contendientes saben que los efectos del intercambio de disparos se multiplican cuanto mayor sea el llamado efecto colateral, las bajas civiles.
Una huelga de pilotos o controladores de aviación -pongamos apenas un centenar de huelguistas- puede paralizar todo un país y tomar como rehenes no sólo a sus patronos (curiosamente los que menos sufren, porque siempre terminan cobrando las pérdidas) sino a cientos de miles de ciudadanos a quienes dejan sin vacaciones en los momentos clave del año.
A esa socialización del sufrimiento le llaman falsamente efectos secundarios de la huelga, cuando en realidad se han convertido en el objetivo prioritario de los huelguistas. Algunos sindicatos minoritarios, como ahora la CGT en RENFE, que ha dejado en tierra a miles de ciudadanos que creían haber merecido unas vacaciones, le han tomado gusto a atacar a sus patronos dándoles patadas únicamente en nuestros culos.
Y aunque corre la especie de que el derecho a la huelga es sagrado, creo que algunas de ellas no hay dios que las justifique.
Recuerdo aquel extraño día en que veíamos por televisión a los pilotos de Iberia paseando sus pancartas de diseño por los pasillos de los aeropuertos, imágenes no menos extravagantes que las de los obispos pancarteros en la plaza de Colón de Madrid. Estaban en huelga más de 500 señoritos de esa extraña clase obrera que gana el doble que un presidente de gobierno, y en sus pancartas pretendían explicar a los sufridos pasajeros, que les miraban con odio, las razones por las que los habían dejado tirados en tierra.
Era la imagen de un piloto menesteroso, en traje de primera comunión, valiente como pocos, expuesto a que un pasajero de nervios incontrolados le partiera la cara y le descolocara los rizos de los lolailos de un manotazo. Una escena tan absurda que no sabías si estaban rodando una película surrealista o habían llegado los carnavales anticipados.
Como llevan uniforme de capitán de yate se les ve más. Pero por entonces apenas se conocía que otros obreros que trabajan en su torre (dorada) de control, conocidos como controladores aéreos, duplican, triplican y cuadruplican sus ingresos, hasta los 900.000 euros al año alguno de ellos, a golpe de horas extraordinarias. Jamás se supo de horas más extraordinarias, vive dios (es un decir).
Nos lo ha desvelado ahora el ministro de Fomento, que conoce sus nóminas porque les paga AENA, indignado por la reciente huelga de celo que tantas molestias acarreó a los ciudadanos durante las pasadas fiestas.
Para ahondar en el surrealismo, en algún momento coincidieron en el tiempo dos huelgas bien distintas: la de la activista saharaui Haidar y la de los controladores aéreos. La primera, en huelga de hambre. Los otros, en huelga de hartazgo. Eso nos pasa por pagar tan bien a los obreros.