No sé quién estará más incómodo en lo que resta de legislatura, si Zapatero o Rubalcaba. El primero, obligado a mantener la ficción de que su acción de gobierno es autónoma del programa del candidato; y el segundo, debiendo explicar por qué el gobierno del que era vicepresidente deja para más tarde todas esas recetas que dice conocer para enfrentarse a la crisis.
No es que sea una situación muy nueva, es tan vieja como el propio juego político democrático. Quizá resulte más fácil para un candidato como Rubalcaba, que tiene ante sí la posibilidad de oro de “matar al padre”, algo imposible para los presidentes que se presentan a una reelección, que o se matan a sí mismos (¿sería un suicidio político?), o invierten su tiempo en justificar el pasado, más que vestir y embellecer el futuro. Las reelecciones son un trabajo de exaltación del ego, y las elecciones ex novo, cuestión de capacidad de crear ilusión.
Rubalcaba hizo un impecable discurso de candidato, como un recogepelotas que fue acumulando los balones perdidos, los fracasos del gobierno recién abandonado, las ilusiones fallidas de sus votantes defraudados. Curiosamente él, que siempre ha tenido fama de ministro centrado, cuya máxima ha sido la política como el arte de lo posible, más que de lo deseable, esboza un discurso de presentación, un avance de campaña electoral, virado a la izquierda, con una nebulosa propuesta de reforma de un sistema electoral que penaliza a la otra izquierda, y el aviso a la banca voraz de que deberá pagar parte de sus culpas en la crisis económica.
Todo muy bonito, pero, como decíamos el otro día, creo que solo la fe podrá salvar al candidato.
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Meditación para hoy:
La derecha dice estar muy contenta con el posicionamiento del nuevo Rubalcaba, porque su corrimiento (con perdón) deja despejado el centro sociológico donde hasta ahora se libraba la batalla de los votos más decisivos. Llamazares (IU), a pesar de que considera el discurso de Rubalcaba como “una moción de censura a Zapatero” por incumplir el programa de izquierdas, cree que tan solo se trata de un disfraz.
Unos, ante el enemigo que se radicaliza y que huye del centro, le ponen un puente de plata. Otros temen una invasión peligrosa de Rubalcaba en los territorios de esa izquierda que se cree la guardiana exclusiva de las esencias. Unos quieren creérselo y otros no se lo creen ni borrachos. Tengo ganas de que empiece el partido de una vez.
El secretario general del PP de Madrid, Francisco Granados, añora los tiempos en que Fraga Iribarne, siendo ministro del Interior, se declaraba propietario único de la calle. El homo antecessor de la derecha era consciente de que las revoluciones empiezan siempre en las calles, y no en los escaños de los parlamentos. Fue a raíz de los altercados de Lavapiés, ese emblema del Madrid zarzuelero, tomado hoy literalmente por población inmigrante que prefiere un trabajo remunerado y un trato de ciudadano de primera a ser carne de tonadilleras, chulapos y emperatrices, chulona mía.
A Francisco Granados, el Bautista encargado de preparar el camino de Esperanza Aguirre hacia Génova 13, ya empieza a inquietarle que los ciudadanos ejerzan la desobediencia civil para impedir desahucios o la identificación indiscriminada de inmigrantes sospechosos por su acento o su color de piel. Le gustaría encontrarse con que Zapatero ha hecho el trabajo sucio y con que Rubalcaba ha apaciguado los brotes de democracia callejera que tan nerviosos les pone.
Lo de Lavapiés, donde cientos de personas echaron de sus calles a una policía de comportamiento racista, ha sido para él un “ensayo o entrenamiento” para “el día en que Mariano Rajoy sea presidente del Gobierno”. Con ello ya insinúa la estrategia de su partido: Rubalcaba, el candidato socialista, no solo es corresponsable del paro galopante, el lema de los próximos meses, sino también de hacer dejación de su labor de ministro del Interior, dejando “la calle en manos de personas que están incumpliendo la ley”.
Juro que yo no pertenezco, ni por asomo, al gabinete de imagen y estrategia de Rubalcaba. Pero ahora que se descubre como un rojazo agazapado en el Consejo de Ministros, el terror de los banqueros, vamos, parece apremiante que cierre con su dimisión inmediata ese frente, ese trastorno bipolar en el que está sumido desde que es candidato de los socialistas a las próximas, muy próximas, elecciones. Porque él sabe que los ministerios de Interior se han gobernado siempre con la mano derecha, con o sin permiso de la mano izquierda.
Debería haber aprendido de Fraga que la calle es material inflamable, y que se acercan meses de alto riesgo de incendio.
El debate político está centrado en torno a dos grandes cuestiones: cómo y cuándo elegir al sucesor de Zapatero como candidato a la presidencia del gobierno, y si deberían adelantarse las elecciones generales.
En cuanto a la primera cuestión, el que dé un paso al frente, llámese Rubalcaba o Chacón, dispuesto a recomponer los restos del naufragio electoral, con la tarea por delante de borrar de las listas del paro a millones de españoles, de reconstruir el entramado económico maltrecho… quien dé ese paso, digo, debe atesorar grandes dosis de pasión por el poder, esa droga dura que te empuja a consumirla aunque sientas que está acabando con tu salud.
A Chacón últimamente se le ha petrificado el gesto, como si fuese la viva representación del chiste de aquel a quien se le pone cara de mala leche con tan solo probarse ante el espejo el tricornio de guardia civil. Tanto tiempo bregando entre militares te militariza la mirada, te afila el mentón, te endurece el tono de voz. O quizá es que, como en las tragedias griegas, sabe que el destino le empuja a la batalla contra su voluntad.
Rubalcaba, acostumbrado a manejar la lengua como una navaja barbera, lleva desde el día 22 destemplado, con alguna cana de más y algún kilo de menos, rehuyendo preguntas de los periodistas, con la mirada huidiza y la voz quebrada.
Dos candidatos que deben ponerse a punto con urgencia, pues el adelanto de las elecciones ya no solo depende de Zapatero, porque el panorama de estrategias ha cambiado sensiblemente. Primero fue CiU quien insinuó que no descarta apoyar una moción de censura, y a continuación, como un resorte, Josu Erkoreka, del PNV, dio a entender también que, tras unos días de reflexión, su partido no desecha la idea de exigir elecciones anticipadas. Este es el recado: PP+CiU+PNV suman 170 diputados, uno más que el PSOE.
Quizá las formaciones nacionalistas solo estén a la espera de que el padrino Rajoy les haga una oferta de esas que no se pueden rechazar.
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Meditación para hoy:
En el caso de que ambos den el paso adelante, y vistos los resultados del 22M, pondrían en manos del PP una mayoría absoluta segura. Y ya sabemos, por las dos legislaturas de Aznar, cuán distinto es el talante de la derecha cuando tiene que pactar que cuando saborea las mieles del poder absoluto. Un PP con mayoría absoluta enviaría a CiU y PNV a la marginalidad en la política nacional. Así que, ¿cómo de grande tendría que ser la oferta para que ambos partidos acepten irse al ostracismo durante cuatro años?
A los del PP les ha pasado lo que al del chiste: ahora que habían aprendido a decir penícola resulta que se dice flim. O lo que es lo mismo: ahora que habían aprendido a decir ¡váyase, señor Zapatero! tienen que entrenarse a decir ¡váyase, señor Rubalcaba!… o señora Chacón, o señor Bono ¿Cómo tiene la desfachatez el señor Zapatero de cambiarnos el muñeco de vudú en mitad de la sesión de espiritismo?
En los últimos meses, sobre todo desde la remodelación del gobierno, la incógnita no era si Zapatero renunciaría a ser candidato en las generales, sino cuándo lo anunciaría, cuál sería el momento estratégicamente más oportuno. En el propio partido existían dos bandos enfrentados: los que preferían dilatar el anuncio a una fecha cercana a las elecciones generales del año que viene, para que Zapatero funcionase mientras tanto como un imán de toda bofetada que se perdiese desde la izquierda y la derecha (desde arriba, dios ya se la tiene sentenciada), y sobre todo, para mantener al tapado sucesor como en un capullo, al abrigo del desgaste de la brega diaria; y en el otro lado estaban los que exigían despejar inmediatamente la duda, sobre todo los llamados barones y los candidatos a las elecciones locales y autonómicas, con la esperanza de que así los debates se centrarían en la política local, en los déficits y corrupciones, lejos del lastre de la figura de un presidente gastado y aferrado al poder.
Ganó esta segunda opción, y vista la reacción desmesurada, rozando lo cómico, del Partido Popular, creo que han acertado en la estrategia. Como reconocía ayer Javier Arenas, el experto en perder elecciones en Andalucía, “íbamos a votar el 22 de mayo contra la política de Zapatero, y resulta que no sigue”. Así, sin disimulo. Se les viene abajo toda una estrategia electoral montada contra un presidente de gobierno que no se presentaba a las elecciones, y les deja desnudos, sin contenido, ante el electorado. ¡Pues no van a tener que hablar ahora de política municipal y autonómica, de autonomías como la valenciana, podrida de corrupción; o de ayuntamientos, como el de Madrid, que él solito tiene un déficit que casi triplica la deuda pública… de Holanda!
González Pons, el jefe del club de la comedia de Génova 13, ya le llama a Zapatero “el pato cojo”, apelativo utilizado en los EE.UU. para referirse al presidente en su segundo mandato, es decir, a alguien debilitado para el mando, con fecha de caducidad. Un ave desvalida, fácil presa de los depredadores. Olvida Pons (¡son de memoria tan frágil!) que Aznar fue nuestro pato cojo desde el día en que renunció a presentarse a la reelección, y que no fue precisamente Rajoy quien lo cazó. No me preguntéis por qué, pero mientras Aznar se comportaba como un valiente demócrata por renunciar a la tercera elección, Zapatero apenas alcanza a ser un pato cojo y cobarde. No un palomo cojo, como propalaban por el foro madrileño sobre Mariano Rajoy lenguas maledicentes de su propio partido.
Se empeñan obsesivamente en dar a entender que les da lo mismo quien sea el candidato, si Rubalcaba, Bono o Chacón. Pero si da lo mismo, ¿por qué ese afán de desplumar al pato antes de tiempo en las cocinas mediáticas de la ultraderecha? ¿Será que el pato cojo es más fácil de digerir que un correoso sucesor como Rubalcaba, una serpiente como Bono, o una mujer que se ha ganado el respeto de unas Fuerzas Armadas enfermas de machismo?
No sé quién está más nervioso en el asunto de la decisión de Zapatero, en esa determinación, ya tomada en su fuero interno y en un pequeño comité de unos miles de militantes, incluidas las señoras de la limpieza de palacio: si marcharse o irse. Hay una tercera posibilidad: la de abandonar; y hasta hay profetas que aventuran una cuarta: que Zapatero no se presentará como candidato a las elecciones generales. Una amplia y variada gama de probabilidades cuyo resultado nos tiene a todos más en vilo que el reactor 3 de Fukushima.
Desde la supresión del mitin en la plaza de toros de Vistalegre, todo un emblema de la campaña electoral socialista, parece quedar claro en los estrategas de Ferraz que el reactor 3 de Zapatero es una fuente potencial de contaminación, por lo que es aconsejable mantener a los militantes alejados de él en un radio de unos cuantos kilómetros cuadrados.
Los barones socialistas que han de competir en las urnas el próximo 22 de mayo necesitan presentarse ante sus electores como candidatos descontaminados de isótopos neoliberales, con sus ingredientes de izquierda todavía intactos y prestos para su consumo. Sólo disienten en si hay que matar al líder en campaña electoral o al día siguiente, si es necesario desmontar con urgencia el argumento estrella del Partido Popular antes de las elecciones (¡váyase, señor Zapatero!) o no mover ficha para evitar que acusen al presidente de abandonar el barco en pleno naufragio.
Pero, eso sí, quien de verdad padece un ataque de ansiedad es la gente del PP. Sus barones… y sus hembras. Para mejor definir su estrategia, se mueren de ganas por saber si el sucesor de Zapatero será Rubalcaba o Pérez Rubalcaba. Lo que se dice un sinvivir, vamos.
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Hace tiempo que me hago la misma pregunta que ayer inquietaba a Rubalcaba: “averiguar el número de desempleados que podíamos haber contratado en España” si los implicados del PP en la trama Gürtel no hubieran presuntamente robado. Estando como está de enredado el sumario, todavía es pronto para saber a cuánto asciende lo defraudado. Las estimaciones van desde cientos de millones a los 6.000, lo que elevaría el expolio a la categoría de obra de arte.
Cierto que los parados son el hambre de hoy, y el buen gobierno aconseja socorrer las vidas de los más necesitados en tiempos de zozobra. Pero si yo fuese Rubalcaba, y consiguiera rescatar de los paraísos fiscales de la Gürtel el dinero robado, pensaría más en el hambre de mañana, intentando mitigar la del presente.
El hambre de mañana es el recorte de miles de plazas, provocado por la crisis, en la convocatoria de oposiciones de profesores de enseñanza primaria de toda España. Ya se sabe que la visión de futuro de los gobernantes queda mejor plasmada en cómo utilizan la tijera de recortar gastos que en los criterios de inversión, porque gestionar la escasez requiere más astucia y habilidad que el reparto de la abundancia. Y a mí se me ocurre que apostar en la formación de los futuros ciudadanos es asegurarse la cosecha.
En los casos más extremos de hambruna, a ningún campesino se le ocurriría ahorrar en semillas para sembrar. Intentará optimizar el uso de agua y fertilizantes, pero sabe que si no hay siembra no habrá cosecha al año siguiente.
En el caso del expolio de la Gürtel, la venganza podría alcanzar, además, proporciones colosales (digo coloxales): invertir el dinero incautado en más profesores que impartan esa asignatura de Educación para la Ciudadanía que tanto aterroriza al PP, esa asignatura repugnante donde, por ejemplo, se enseña a los niños que el robo de las arcas públicas empobrece a los países y prostituye las democracias.
Algo así como hacemos en la lucha contra el narcotráfico, cuando destinamos el dinero incautado a los narcotraficantes para financiar programas de desintoxicación de drogadictos. Porque lo de estos patriotas no es que sea maldad; en cierto modo no es más que pura adicción.
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Algo se mueve en las conversaciones entre gobierno y sindicatos para la reforma de las pensiones, a tenor de la rebaja en el tono de las declaraciones de los representantes de cada bando. El gobierno ya deja entrever que la jubilación a los 67 años no es café para todos, sino una medida flexible; es decir, que habrá que considerar las circunstancias de cada puesto de trabajo (no es lógico que un minero se jubile a la misma edad que un profesor de latín… con lo durísima que es la profesión de profesor de latín). Los sindicatos, aunque siguen poniendo ese alargamiento de la fecha de jubilación como la línea roja que no se puede traspasar, siguen trabajando, sin levantarse de la mesa, por lo que consideran “un pacto global” que incluya, por ejemplo, la negociación colectiva o las políticas activas de las que tanto hablamos y que nadie sabe concretar.
Rubalcaba, que cada día tiene más cara de sucesor, seguía invocando ayer la cifra mágica de 67 años, como si se tratase de un compromiso irrenunciable, para que los que pujan por nuestra deuda soberana comprueben que estamos cocinando nuestra crisis con las recetas neoliberales que nos han impuesto los mismos que han provocado nuestra crisis.
Decía Rubalcaba que “saldremos de la crisis pero no haciendo lo mismo ni de la misma manera”. Los sindicatos se preguntan quién pagará la nueva estrategia. Temen que los gobiernos, en lugar de hacer cosas distintas, como por ejemplo, impedir que el dinero especulativo siga huido de la economía real y provoque en todo el mundo, con el alza de los precios, la muerte por hambre de miles de personas al día, lo verdaderamente distinto que terminen haciendo sea acabar con el Estado del bienestar.
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El Partido Popular anuncia que hoy va a pedir en la Cámara explicaciones al gobierno de por qué en el conflicto de los controladores aéreos salió a dar la cara el vicepresidente Rubalcaba, y no el presidente Zapatero. En esos niveles está el papel de la oposición, más bajo que el del agua en las inundaciones de Andalucía, que quizá sí merecería un debate nacional sobre la gestión del territorio y el cambio climático.
Es una pregunta tan oportuna como inútil. Oportuna, porque somos muchos los que estamos intrigados; e inútil, porque es la clásica pregunta que puede tener cualquier respuesta. Entre otras, “porque el gobierno así lo consideró oportuno”.
A mí, como cotilla irredento, sí me gustaría despejar una duda, o dos: porque, o bien Rubalcaba es definitivamente el sucesor, y se encuentra en período de prácticas de liderazgo; o bien es verdad que desea retirarse de la política y ha decidido quemarse él con las naves del no retorno en las venideras e impopulares tareas de las reformas pendientes que nos exigen tanto Europa como los poderosos mercados invisibles.
Ayer declaraba en RTVE que lleva “pensando en la salida desde hace tiempo (…) sé que estoy corriendo los últimos metros”, algo que en otro dirigente sonaría a despedida, casi a muerte política, pero que en el caso de Rubalcaba más parece que necesita muchos metros para aterrizar o despegar (con permiso de los controladores). Así como Aznar juega a volver, Rubalcaba parece que juega a marcharse.
Días antes de las pasadas elecciones generales, a preguntas de los periodistas sobre su futuro inmediato, contestaba esto: “Ya tengo muchos años, muchas campañas electorales, muchos trienios, y tengo que pensarlo”. Casi tres años pensando, para acabar de vicepresidente primero.
No sé si Zapatero jugaba con encuestas de opinión escondidas en la manga, pero el caso es que a los pocos días de designar a Rubalcaba como delfín, la diferencia de intención de voto entre el PP y el PSOE se acortaba en cinco puntos. Los sociólogos lo interpretaron como un guiño, una salida airosa a los votantes socialistas que se encontraban incómodos con la perspectiva de tener que votar nuevamente a ZP en las próximas elecciones. Las encuestas de los populares debían de apuntar también en el mismo sentido porque salieron en tromba, maestros y monosabios, para desprestigiarlo y mentarle el GAL, y la primera comunión si fuese menester.
Desde lo ocurrido ayer a Obama, que había entrado en el gobierno para hacer frente a una recesión que había sido provocada por las malas prácticas financieras de los ultraliberales… que precisamente acaban de ganarle la partida en el Congreso, Zapatero tiene que aprender a resignarse: los votantes necesitan nombres nuevos, caras de refresco, experimentan compulsivamente el método prueba/error, y castigan a sus gobiernos, ya sea porque no vieron venir la crisis, ya sea porque no saben salir de ella.
El bello durmiente Rajoy dio un respingo cuando le preguntaron si temía a Rubalcaba como contrincante en las próximas generales (¡qué bien suena esto de “generales” en democracia!). Pero Mariano no le teme a nadie y menos a Rubalcaba, porque no le ve “con poso y suficiente sentido del Estado y conocimiento de lo que es el mundo en que vivimos.” Lo dice quien en medio de la mayor tragedia medioambiental española, el vertido de petróleo del Prestige, llegó a ser famoso como el Señor de los Hilillos (de plastilina), mientras algún compañero suyo de gabinete se encontraba cazando osos en Rumanía, el mismo Rajoy que intentaba minimizar el calentamiento global y el desastre ecológico que se avecina con un chascarrillo de su primo. Entre la niña de los chuches y el primo científico anda el juego. Eso sí que es sentido de estado (cataléptico) y conocimiento del mundo en que vivimos.
Según este futuro estadista, dos años de ministro de Educación y Ciencia, tres años como ministro de la Presidencia, y cuatro como ministro de Interior no han dejado suficiente poso en Pérez Rubalcaba. Lo cierto es que más bien parece que, presa de un ataque de pánico, Mariano no supo improvisar otra tontería. Aunque seguro que con el tiempo la mejora. Siempre se supera a sí mismo.
Brujitas contra santitos
Ayer, cientos de miles de niños celebraron la fiesta pagana del Halloween (jálogüin, en cristiano). Vestidos y pintarrajeados de brujas y seres de ultratumba, con sus calabazas con forma de calavera, iluminadas por dentro con velas, revivieron el ya clásico “trick or treat” (broma o regalo) para arrancar alguna chuche a los más roñosos vecinos del barrio, como la versión pagana de ir a cantar los Reyes, de casa en casa, por Navidad.
La Conferencia Episcopal Española está muy preocupada con esta costumbre, extraña a nuestras tradiciones, y pedía hace unos días a los niños un plan mucho más divertido: disfrazarse de santos para que, de paso, les sirviera “de estímulo para seguir con su vida cristiana”. Porque eso es lo que significa en inglés medieval Halloween: Víspera de todos los santos.
La Iglesia, siempre preocupada por su futuro, conoce la erosión que pueden ejercer en sus finanzas las costumbres paganas, capaces de distraer excesiva clientela de su negocio, como bien sabe por la guerra sin cuartel que mantienen los Reyes Magos con Papá Noel. Un obispo inglés recordaba hace unos días que el Halloween ya es “la mayor fiesta comercial después de la Navidad”. Y la Iglesia es capaz de aceptar pederastas en sus filas, pero de ninguna manera que le toquen el negocio.
El presidente de su Consejo de Administración está a punto de llegar a Santiago y Barcelona, y dicen que su juerga mística nos costará más de seis millones de euros. Así que hay que seguir promoviendo el Halloween para que próximas generaciones de brujitas hagan imposible que los Papas del futuro vuelvan a encontrar en España santitos ingenuos que les sigan sufragando el culto a su inmenso ego.
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Meditación para hoy:
Rubalcaba contaba ayer en un mitin que Mariano Rajoy calla su plan de gobierno por miedo a perder las elecciones. Pero en una entrevista publicada en el dominical del diario El País se fue de la lengua (¡viva el vino!) y dejó traslucir lo que nos espera si la izquierda y la sensatez no lo remedian en las urnas.
- Piensa cambiar la actual ley del aborto, por estar “en absoluto desacuerdo” con ella.
- Va a subir la edad de jubilación en España y aumentar el período de cálculo para jubilarse.
- No piensa mantener la ley del matrimonio homosexual, aunque la avale el Tribunal Constitucional.
- Y lo más bonito, el compendio de todos los misterios que rodean su agenda oculta: el plan de ajuste de David Cameron en Reino Unido le parece estupendo, incluida la próxima supresión de los 500.000 empleos públicos. Rajoy aclara que él no lo haría en España, pero sí en el Reino Unido. ¿Quizá aquí sería suficiente con poner en la calle tan solo a 400.000?