Fue un mes de agosto atípico. Los dioses repartían la sequía por Galicia, el país de la lluvia, y desataban el diluvio en media España seca. Y como las desgracias no vienen solas, enviaban a su representante en la Tierra, el vicediós, aupado por las asociaciones cristianas más ultraconservadoras, en viaje de placer a costa del contribuyente español, paralizaban Madrid y llenaban de ponzoña religiosa las calles y las televisiones ociosas.
La policía se dejaba de “mariconadas” (en palabras de uno de sus mandos) y desenvainaba las porras contra los participantes en las manifestaciones laicas en protesta por la visita de alguien que, supuestamente con las facultades mentales intactas, se hace llamar Su Santidad. Claro que los políticos españoles, que también presumen de cordura, acudieron a besarle el anillo (el del dedo, por ahora, aunque todo se andará) a tan atrabiliario personaje que asegura ser infalible y poseer la extraña facultad de que todo lo que ate en la Tierra atado quedará en el Cielo, como si los dioses también fuesen sus vasallos. Toda la representación de un Estado soberano, el Jefe del Estado, el presidente del gobierno, los presidentes de ambas cámaras legislativas, presidentes autonómicos, magistrados, ministros… se humillaron ante un farsante que dice tener hilo directo con el más allá, como la bruja Lola, pero en zapatillas de Prada.
Por lo que se ve, aquí manda todo dios menos nosotros. Un papa inmoral nos dicta sus normas morales, y pretende sustituirlas por la leyes votadas en nuestro parlamento democrático sobre el aborto, la muerte digna, el matrimonio entre homosexuales, el divorcio, la enseñanza… Mientras otros dos farsantes, Angela Merckel y Sarkozy, que se creen enviados por el dios mercado, tan perverso como el de Ratzinger, nos dicen cómo y cuando hay que reformar la Constitución. España es al fin la casa de Tócame Roque.
Entramos en la Semana Santa, tiempo de recogimiento y meditación. Es la traca final de la Cuaresma, cuando los fieles tienen prohibido comer carne los viernes y deben ayunar el Miércoles de ceniza y el Viernes Santo. A las religiones les encanta prohibir como medio de control y como muestra de su poder sobre sus fieles adictos. Si hubiese sido el gobierno del PSOE el que hubiese propuesto leyes tan extravagantes (“Mirusté, los filetes que yo tengo o no tengo que comer déjeme que los coma tranquilamente”) el PP ya hubiera salido en manifestación a la calle arropando al gremio de carniceros y restauradores porque peligran un sinfín de puestos de trabajo.
Jamás se sabrá por qué los dioses nos prohíben el consumo de carne, pero sí se sabe por qué el gobierno prohibió circular a más de 110 kilómetros por hora en autopista. Y sin embargo, millones de personas están gustosamente dispuestas al sacrificio de sustituir cada viernes la carne de la barbacoa por un par de docenas de ostras y una centollita de las Rías, pero eso de que les impidan pasar de 110 kilómetros por hora les parece un prohibicionismo tonto e insufrible.
En vista de que en la semana pasada durante dos días seguidos no murió nadie en la carretera, sé de buena tinta que entre las huestes de la derecha se ha dado orden general de que, en lugar de recogerse en las iglesias a orar por la conversión de los socialistas, se pongan todos al volante en busca de las playas, para consumir una gasolina cada vez más cara, reventando radares a 180 kilómetros por hora, si es posible.
Porque ahora que ETA no mata, sólo faltaría que se quedaran sin la munición de los muertos, y que no se les muriera nadie en la carretera antes de las elecciones.
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Meditación para hoy:
Franco Frattini, el ministro de exteriores del Gobierno de Berlusconi, ha intentado aliviar la presión de esa olla en que se ha convertido para Italia el aumento de la inmigración, sobre todo la proveniente de Túnez, con el otorgamiento masivo de visados para Europa. Alertado el gobierno de Sarkozy, como si se tratase de una invasión, ha cerrado la frontera durante varias horas para evitar lo que temían que podría acabar en una oleada migratoria incontrolable.
Las vueltas que da la vida. Frattini, del partido Forza Italia, de la derecha ultraliberal al estilo del Tea Party, pasaría inadvertido en el partido de derechas que sostiene a Sarkozy en Francia. La xenofobia, la seña de identidad de ambos y de toda derecha que pretenda ganar unas elecciones, en sus manos funciona como los polos del mismo signo, que se repelen.
Ha sido un incidente diplomático que podríamos calificar de fuego amigo. Como este blog, mismamente, algunos días.
El pánico al extranjero crece y engorda en tiempos de inestabilidad económica y social. El Gadafi, consciente de ello, amenaza a Europa con enviarnos ejércitos invasores de inmigrantes subsaharianos, presuntamente retenidos por él a cambio de que Occidente no se cuestione su autoridad. Benito Berlusconi exige dinero a Europa a cambio de sujetar a los inmigrantes africanos y mantenerlos confinados en esa inmensa cárcel en que se ha convertido la isla de Lampedusa. Utilizan a los inmigrantes como una plaga de la marabunta que amenaza con devorar la riqueza de los países que parasita.
Solo falta que la extrema derecha amplifique la amenaza sembrando el miedo al invasor y obtener así una abundante cosecha de votos. Algunos partidos nazis ya tienen asiento en los parlamentos europeos, y todos ellos enarbolan el fantasma del extranjero que viene a robar los puestos de trabajo de los nativos. Unas veces es la invasión turca, otras la invasión rumana, y ahora, con el horizonte cercano de las revueltas en el norte de África, hordas hambrientas de gente de color que ha visto por televisión que hay otra vida, que está en ésta, y que vienen a exigir su parte del pastel del bienestar y de la libertad.
En Francia, la hija xenófoba del nazi Le Pen compite (incluso manipulando encuestas) en la carrera presidencial con un Sarkozy que ya tiene aprobada con nota la carrera de la xenofobia. Entre los dos podrían llevarse casi la mitad del electorado. En España los del PP hace ya tiempo que cursan esa carrera vinculando la inmigración al aumento de delitos. El miedo es el granero de los votos. Y el voto, como el dinero negro, es secreto. Por eso creo que se van a forrar con el secreto e inconfesable voto del miedo.
Muchas ciudades europeas, entre las que se cuentan algunas españolas, como Valencia o Zaragoza, están haciendo el ensayo de establecer en 30 kilómetros/hora la velocidad máxima para circular por alguna de sus calles, generalmente entornos muy sensibles al deterioro ambiental, como los cascos históricos.
Ahora, Bruselas estudia proponer la extensión de esta medida a todas las ciudades europeas, como medio eficaz de lucha contra los accidentes mortales y para favorecer la calidad de la movilidad ciudadana.
Treinta kilómetros por hora es mucho o poco, dependiendo de para qué. Sobre todo si lo preguntamos en un país como el nuestro en el que buena parte de los conductores considera que la limitación actual en autopista es de una lentitud desesperante. Porque el automóvil es la extensión de nuestro ego, como bien conoce la rama de “psicología del tráfico”, la que estudia la conducta de la gente al volante. El conductor llega a perder la conciencia de que lleva entre manos dos toneladas de metal, y se convierte en un todo, como caballo y caballero, con el vehículo que gobierna.
Antes del automóvil se decía que el carácter de la gente se demuestra en el juego y en la cama. Hoy sabemos que el coche arranca de nosotros más información que el sillón del psiquiatra… y que también sirve para juegos placenteros de cama.
¿De qué podemos presumir a30 kilómetros por hora? El coche hace del tonto un sabio, del cobarde, un valiente, del acomplejado, un siete machos. Pero 30 kilómetros por hora son poca chicha para mantener la ilusión. Ya veréis cómo acabamos trasladando el atasco de las ciudades a la puerta de la consulta del psicólogo.
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Meditación para hoy:
El asunto de los gitanos continúa con el guión previsto, dejando al aire las miserias políticas comunitarias. Sarkozy gana el pulso al “gobierno” europeo, con un Barroso a la cabeza con poder pero sin autoridad. La comisaria de Justicia, a la que el mismísimo Zapatero regañó, tachando sus valientes declaraciones de “inconvenientes”, “inapropiadas” y “fuera de lugar”, se ha visto obligada a pedir disculpas. Y Mariano Rajoy, que se echa la mano a la cartera cuando oye hablar de inmigrantes, dice comprender las razones por las que Francia adopta medidas xenófobas contra ciudadanos comunitarios. Todo un poco asqueroso.
Sin duda el zar Sarkozy ha hecho valer su ayuda decisiva para que Zapatero pudiera entrar en su día en el club de los 20, y la entusiástica colaboración policial francesa contra la banda ETA. Y Zapatero ha pagado peaje y rendido pleitesía, con una sobreactuación que seguramente nadie, ni Sarkozy, le exigía. Una vez más se demuestra que gobernar es el arte de lo posible. Aunque a veces parezca completamente imposible.
La prueba del gitano, como la del algodón, no engaña. Si quieres conocer el grado de tolerancia de una sociedad, interroga por ahí a la gente si no le importaría tener de vecinos a una familia gitana. No falla.
El otro día lo preguntaban en televisión, para ilustrar la noticia sobre las medidas del presidente francés Sarkozy, hijo de inmigrante húngaro, contra los inmigrantes rumanos de etnia gitana, y las contestaciones resultaban estremecedoras. Se lo preguntaban a gente de la tercera edad que, como los niños, siempre dicen la verdad. Un temor al estereotipo del gitano pluridelincuente, marrullero, y sucio rezumaba en sus contestaciones con una naturalidad escalofriante.
Malos tiempos para las etnias minoritarias. Aunque de ellas salgan toreros, bailarines o cantaores adorados por la industria y por payos incondicionales. Malos tiempos, porque en los momentos de crisis los discursos del populismo de derechas y de todos los regímenes totalitarios, presentes y pasados, el recurso a la demonización de las etnias funciona como los buenos gusanos, como un cebo con el que pescar votos, o como el pegamento con el que cohesionar a los votantes en torno a ese líder y su bandera que les salvarán de la invasión silenciosa de la inmigración.
Hace ya dos años que Benito Berlusconi, cuya popularidad sigue bajando en picado, promulgó una ley que otorgaba a la policía poderes especiales para “censar, realojar, alejar o expulsar” a los gitanos del territorio italiano. Entonces la UE protestó con la boca pequeña, y a otra cosa, mariposa. Ahora Sarkozy, en horas tan bajas como las del Duce entonces, resucita el fantasma del gitano para amalgamar a la derecha con la ultraderecha y juntar los votos necesarios para subsistir en el sillón presidencial. Y me temo que su necesidad es tanta que no le importará dejar en ridículo a las instituciones europeas, poniendo en peligro la Unión, si es necesario, con su actitud de desobediencia civil. Que no civilizada.