Los viejos zorros de la política tienen siempre presente el axioma de que jamás deben hacer preguntas de las que no conozcan previamente las respuestas. De esta manera se evitan resultados desconcertantes y pasan siempre por sabios. Los sindicatos y el movimiento 15M olvidaron hacerse la pregunta de cuánta gente podrían reunir en la calle en el caso de que nos convocaran para exigir ese referéndum para la reforma de la Constitución que PSOE y PP nos han hurtado a la ciudadanía.
Quizá no se hicieron la pregunta porque no sabían la respuesta, una respuesta decepcionante que se ha traducido en “unos miles” de manifestantes, según las más optimistas e imprecisas contabilidades. Desde la última huelga general (las huelgas generales ya no son lo que eran) los sindicatos deberían haber aprendido que es más fácil movilizar a la gente para celebrar un triunfo futbolístico que para exigir los derechos fundamentales.
Un paso en falso en esta guerra de nervios, donde la exhibición de fuerza, como en las antiguas batallas a campo descubierto, debe formar parte de la estrategia intimidatoria, descorazona, sobre todo, a las propias filas, siembra en ellas el desencanto, y crea el desconcierto al comprobar que somos menos de los que nos creíamos, y que nuestra guerra no le importa ni siquiera a las propias víctimas.
Eso es solo lo malo.
Lo peor es que el fracaso de la convocatoria deja al descubierto, presuntamente, cuánta gente está interesada en exigir un referéndum. Imagino a los cuarteles generales del PP y PSOE tranquilizados con esa lectura, tras llegar a la conclusión de que, efectivamente, ese referéndum era innecesario porque apenas le interesaba a “unos miles” de conciudadanos.
Tres reuniones cruciales. Una de ellas terminaba a las seis de la madrugada, entre la patronal y los sindicatos, sin que los contendientes alcanzasen acuerdo alguno. Uno piensa que tantos días y tanta reunión y tantos litros de café a horas incómodas sólo se mantienen porque existe una lejana posibilidad de pacto. Eso me pasa por pensar. Todos querían aparentar su esfuerzo negociador ante la opinión pública a fuerza de consumir horas y café, pero vistos los resultados, lo que ahora parece traslucir es que ninguno tenía el valor de jugarse el liderazgo ante sus votantes en momentos tan delicados.
La patronal respira aliviada con el resultado, y pasa la pelota al gobierno, quien no tiene más remedio que hacerle el trabajo sucio ateniéndose milimétricamente al guión marcado por Europa. ¡Yo no he sido, ha sido el Gobierno!, se oye ya por la CEOE, mientras los empresarios corretean por los pasillos como chiquillos traviesos.
Los representantes sindicales, que no pasan por su mejor momento de popularidad, no estaban en situación de negociar facilidades de despido y abaratamiento de indemnizaciones. Así que unos y otros salieron de esta operación de marketing político sin desgaste ante sus bases.
Zapatero, mientras, volaba hacia la irrealidad, hacia una reunión con el primer patrón italiano, Silvio Berlusconi, quien acaba de avisar que la Constitución de su país está plagada de excesivos derechos de los trabajadores. Miedo me dan las consecuencias de esta visita. Es tan seductor el duce Benito Berlusconi…
Y como remate del viaje, una reunión con el jefe de la patronal religiosa, el Papa Ratzinger, que tiene con Zapatero las cuentas pendientes de la Ley del Aborto, el matrimonio gay y, sobre todo, la Ley de Libertad Religiosa. Una ley pendiente que podría colocar al resto de las religiones en igualdad de derechos de las muchas prerrogativas que goza la religión católica.
Creo que Zapatero acudió al encuentro con el vicediós con la intención de cambiar cromos, y aquí paz y después Gloria, y nunca mejor dicho: yo no te toco ese Concordato vergonzante que perpetúa los privilegios de la Iglesia Católica, y tú no me tocas mis avances sociales, las únicas reformas de las que puedo presumir en tiempos de tanta tribulación.
Las consecuencias de todo ello las veremos los próximos días.
Me refería ayer a la jornada vivida en España con la huelga general de los funcionarios públicos, en la que todo el país parecía haber vivido bajo un síndrome extraño, un trastorno de personalidad cuyo nombre desconocía. Gente haciendo una huelga que no deseaba. Sindicatos “de clase” apropiándose con desgana de una huelga promovida por el sindicato “profesional e independiente” de funcionarios, que, tras sentirse utilizado, acusa ahora a UGT y a Comisiones del fracaso de la convocatoria.
Pues bueno, nuestra amiga Rosanna me apunta que a ese problema de convivencia de dos personalidades contradictorias en un mismo cuerpo se le llama trastorno de identidad disociativo, también conocido como trastorno de personalidad múltiple.
No es una esquizofrenia, pero es muy útil en política. Consistiría en una cierta habilidad para separar los propios recuerdos o percepciones, según los momentos y conveniencia. De esta manera sabemos que lo del Partido Popular, nostálgico del franquismo, y su oposición a la Memoria Histórica o a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, no es esquizofrenia, sino un síndrome que lleva el bonito y elegante nombre de trastorno de personalidad múltiple. Demócrata de día, facha de noche.
Así, en el PP los gays se casan con personas del sexo contrario, abortan en Londres, mantienen en los estatutos de otras Comunidades Autónomas párrafos idénticos a los que denuncian como inconstitucionales en el de Cataluña, o defienden en Europa las medidas contra el déficit que condenan para España.
No es que sean unos sinvergüenzas, sino que están malitos, contagiados de la enfermedad nacional.
Las palabras son armas que carga el diablo. Quizá por ello los políticos hablan tan despacio cuando no leen un discurso previamente escrito, a tientas con las palabras, como si fuesen jarrones chinos de porcelana. Es una de las primeras lecciones que aprendió Rodríguez Zapatero. Todavía recuerdo sus comienzos de aprendiz de líder, mitinero, impetuoso, hablando de corrido como cuando yo era joven.
Cuando se alcanza mi edad, en cambio, las palabras salen despacio porque primero tenemos que buscarlas en el almacén de la memoria, encontrarlas, porque no vienen solas como cuando tienes las neuronas nuevecitas. En el caso de Zapatero no es que se haya hecho mayor, como yo, sino que sus palabras parecen recorrer varias tuberías, perderse por un entramado de cables, alcanzar un filtro, sufrir una descodificación y salir a continuación, pulidas y políticamente correctas, listas para su consumo.
Entre las palabras que más les cuesta encontrar y expresar a todos ellos están las que definen a las famosas “reformas estructurales” de nuestra economía, que nadie se atreve a pronunciar en su crudeza, y que siempre se quedan atrancadas en el maldito filtro.
Al hilo de las nuevas tablas de la ley económica que nos serán desveladas el viernes tras el Consejo de ministros, en horas veinticuatro hemos oído hablar de las famosas reformas estructurales a Zapatero, a Rajoy, a Elena Salgado, a Joaquín Almunia, al gobernador del Banco de España, Fernández Ordóñez, y al presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet.
Y hasta los sindicatos parecen estar dispuestos a discutir eso de la flexibilidad laboral que a todos los políticos se les atasca en el filtro de palabras políticamente correctas.
Algo se mueve. Ergo, alguien va a ser despedido.